sábado, 14 de marzo de 2015

DE CULTURA Y OTRAS GOLFERÍAS


Motivados por las buenas temperaturas, Nora y yo salimos a pasear. Ya se ansían los días soleados, la luz, más luz, que decía Goethe. Y es que la falta de luz es como morir un poco. En cambio en primavera y verano, la vida estalla en todo su esplendor. Los animales sabios hibernan, se aletargan en invierno, y dejan que la naturaleza se recobre a sí misma, se renueve y se presente otra vez ante nosotros con la cara lavada,  sonriente y feliz para volver a ser el escenario de nuestras vidas. En invierno todo es tristeza, aletargamiento, agonía. En verano la vida corre bullanguera por todas partes haciendo del vivir la máxima expresión de la alegría.  Uno sale al campo y entre gorjeos de pájaros, conejos que corren, cantos de chicharras, hormigas afanadas en llenar la despensa, frutos que cuelgan de los árboles, insectos de todas clases recibiendo su ración de sol, como personajes que son por derecho propio de este teatro de la existencia, uno se llena de gloria, se deja acariciar por el bendito sol, respira el aire denso y caliente y se llena de vida. Ah, la vida. Qué gran misterio y gran milagro es la vida.
Pues bien, disfrutando de nuestro paseo habitual, nos encontramos, oh cielos, con nuestro buen amigo el maestro. Ya se jubiló, y anda el hombre medio perdido, caminando aún entre el todo y la nada, la sombra y la luz, intentando encontrarse en este  su nuevo mundo. Y es que no hay nada como levantarse y tener algo que hacer. Cuando la vida no te da trabajo, la vida se convierte en un trabajo en  sí misma, además agónico y desesperante. Y ahí anda nuestro hombre, que nada más vernos se une a nosotros, previas caricias a Nora en el pasear por las calas de esta Torrevieja cada vez más fría e impersonal. Esto ya no es un pueblo, ni una ciudad. Es un negocio.
Una persona que es alma y carne de maestro no tiene otra cosa en qué pensar y cada vez que encuentra un artículo sobre educación, sobre enseñanza, sobre cultura, sobre cómo ha ido cayendo todo esto en España (este país), se le desatan los demonios. Y en cuanto encuentra a alguien dispuesto a escuchar, como nosotros, pues allá que va, a fustigarnos con el látigo de su indignación.
Y nos cuenta que, enfrentados a la realidad de nuestra tradicional incultura, no por culpa congénita de falta de inteligencia sino por esa cosa indecente que llamamos política, todo el mundo busca recetas maravillosas. Acá unos que descubren un nuevo Mediterráneo imponiendo en la clase tal o cual pensamiento o filosofía. Ya saben, la escuela como empresa. Otros que no imponen nada y dejan, oh maravilla de las maravillas, que cada niño se cultive a su antojo para no coartar la libertad, verdadero paradigma que lo justifica todo. Unos hablan de educar para la libertad, otros para la felicidad, otros para el trabajo, otros para… Estamos artos de tanta palabra y filosofía barata. Pero siempre sale alguien vendiéndonos por nuevos los zapatos viejos, solo porque le cambia el nombre, el color o le pone un lacito.
Lo hacen mucho —nos cuenta—, los colegios privados, que gustan de ser los más modernos y avanzados,  habiendo entre ellos una competencia  y corriendo delante del toro de la incultura hasta dejar al pobre animal perdido en las intrincadas callejuelas de su fantasía pedagógica. Pero no importa, a esa fantasía se le añadirá otra, y luego otra, porque la consigna es «marica el último» y el que no innove que se vaya. La cuestión es moverse, sonar. Aparentar vida donde no hay más que muerte cerebral e incultura generalizada. Es una competición a ver quién inventa más y es más innovador y original. Pero el caso es que a la sociedad no llega nada de eso. Hoy, los alumnos universitarios también se pirran por ver «Sálvame».  Cada día se cierran más librerías, y así estamos, a salvo de la cultura, inmersos en una mediocridad gozosa y cómoda que espanta. Que no nos extrañe que nos roben, nos mientan, nos salgan golfos por todas partes, filósofos de la novedad en cada esquina o líderes políticos con recetas que no quisiéramos oír ya y las dejan caer cada día, convencidos — ellos también son ignorantes con título—, de que presentan la gran receta de nuestra salvación.
Nuestro amigo no tiene bastante con los cambios y la nueva condición que se producen en su mente y sigue empeñado en gritar, pero sólo a nosotros, que estamos todos locos. Tal vez no tontos, pero sí locos.
Se empeña el hombre en contarnos que la educación debe ser un pacto de estado, tan importante y capital, que absolutamente toda la sociedad debe conocer sus términos y concertarlo. Y mantenerlo en el tiempo. Nos urge, más que el comer, resucitar de entre los muertos de la incultura y recuperar la vida del conocimiento. Y en eso, toda la sociedad debe implicarse. Desde los reyes, hasta  el último en nacer. Sin cultura no hay edificio social que levantar. No hay más que ruina económica, moral y golfería. Mucha golfería. Solo en un mundo de incultos y golfos pueden darse los abundantes personajes que todos conocemos y que salen a diario en la prensa.
Así que a esta sardina todo el mundo debe arrimarse: la corona, los medios de comunicación, los profesionales de la pluma, de la azada o la tiza, de la mesa, el carro, la  camilla o el deporte. Esto es una misión de todos. Pero los que tienen en su mano  el mango de la sartén del poder, deben poner en marcha, con urgencia, todo ese mecanismo.  Eso sí es una revolución. Pero falta la grandeza y dignidad suficientes para ello. Nuestros políticos son como todos nosotros;  cultural y gozosamente apáticos y egoístas.
Se entiende muy bien aquel lema del famoso Mayo francés: la imaginación al poder. Y añadimos, y la voluntad, honradez y valentía para hacerlo.

Voto a quien lo proponga —dice.

domingo, 15 de febrero de 2015

HAGAN SU CONCILIO, POR FAVOR.



Ya no tenemos patria, si acaso la tuvimos alguna vez. Resulta chocante, y cansina, esa expresión generalizada en nuestro políticos: «en este país…»
No creo que esa expresión la diga un francés, o un alemán, o un italiano, o un británico, o… Cuando los políticos hablan de su país dicen su nombre propio: Francia, Alemania, Italia… etc.
¿De dónde nos viene a nosotros esta expresión? Indudablemente es una forma de evitar decir el nombre, conscientemente, por tanto debemos contar para la respuesta con los dos pilares que han conformado nuestro desaguisado interior: la izquierda, que es quien  propone palabras y conceptos y les da marcha, y la derecha que es quien las asume. Pero la voz cantante en estas cuestiones, como en casi todo, la lleva la izquierda. La izquierda, en España, crea escuela para todo. La derecha ni crea ni se destruye, solo se transforma… en una izquierda pequeñita, con miedos y rubores infantiles.
Que todos somos hijos de la historia, desde luego es una perogrullada, pero, incluso aquellos países cuya historia es infinitamente más intrincada que la nuestra asumen su nombre y por tanto su historia. Lo contrario sería perder la memoria, y sin pasado no hay presente claro ni futuro predecible. Así sabremos que vamos del punto A al C, pero que no debemos pasar por B, porque la vez que lo hicimos nos salió mal y pasaron muchas y malas cosas. El pasado es una lección permanente que, bien asumido, sirve para corregir el rumbo y enmendar errores. Hay que mirar al frente, apechugar con lo que hay y seguir escribiendo la historia sin borrar nada, porque queda ahí como referente histórico. Pero en España, en “este país”, no sucede así. Ahora queremos borrar nombres del pasado en las calles y cosas por el estilo. Es un intento constante de borrar de nuestra memoria sucesos que no gustaron o no fueron provechosos para un determinado sector político. Eso es algo muy de la izquierda, que entiende que el único mundo posible y permitido es el suyo. Es el maniqueísmo puro y duro que les es tan propio. Ellos son los buenos y todo lo demás es malo por sí mismo. Porque de la maldad no puede salir más que el mal. En cambio de la bondad… La bondad les pertenece, la justicia y el amor al prójimo les pertenece desde el origen. En la escenita de Adán, Eva y la serpiente, adivinen a qué grupo político pertenecía cada uno de ellos. ¿Quién creen ustedes que hizo el paraíso? No sean ingenuos, por Dios.
En este afán por borrar la memoria de los españoles, de “resetearla”, como se dice ahora, suceden cosas verdaderamente repugnantes. En tiempos de Aznar, por ejemplo, aún con sus enormes fallos,  España vivió tiempos de bonanza económica y también en política internacional como no los había vivido desde hacía… uf, ni se sabe. Eso, naturalmente, no podía quedar en la memoria colectiva.  De ninguna manera. Hay que destruirlo como sea. Y ahí llevan, desde entonces, sacudiéndole por todas partes, y así seguirán hasta que se muera, y entonces le harán un epitafio poniéndolo de fascista y nazi a tope, para enterrarlo bien enterrado y si quedara algún recuerdo, que sea bañado en el odio suficiente. El muerto enterrado boca abajo y una enorme losa de piedra encima. Por si acaso. Aún recuerdo los chistes en las series de TV más populares: “eres más feo que el bigotillo de Aznar”, y cosas por el estilo. A nadie se le ocurrió jamás decir…”eres más mentiroso que Felipe González”, pongo por caso.
Es un empecinamiento que siempre ha llamado la atención. Es una querencia del tiempo pasado y una negación del tiempo presente. Ningún avance es posible, más que por el camino que ellos marquen. Y así es, así hemos vivido muchos años y así continuamos, de modo que las puertas del siglo XXI siguen cerradas para nosotros, que queremos cerrar todavía el XX pero… «de otra manera».  De modo que estrenado ya el siglo, continuamos en muchos aspectos, influidos por nuestros dirigentes políticos, caminando con las zapatillas de esparto atadas con cintas de otras épocas. Y resulta ya ridículo. La gente en general, y la gente joven en particular, desea ya una España  moderna, que mire al frente. Necesitamos como el comer un proyecto claro de futuro, basado en una relación entre los españoles y España, con otros aires.
Pero esto no sucederá mientras la izquierda no asuma la historia, buena y/o mala. Incluso se advierte un deseo en volver atrás, a determinados momentos. Como si el tiempo no hubiese pasado. Y la derecha, vacía de ideas e ideales, asume esas posturas y no aporta nada. Habla floja, cayéndosele las palabras de la boca, como muertas y sin ánimo. Con semejante actitud no convencen a nadie. Un líder debe creer en sí mismo y en lo que dice. Eso la izquierda lo sabe y aprende muy bien en la primera lección. Otra cosa es que la creencia sea correcta.
¿Se imaginan un programa de Televisión como el del pequeño Wyoming, pero dedicado a sacudirle a la izquierda y levantarle todas las falsedades e hipocresías? Yo no.
De modo que entre la cobardía, falta de espíritu e ideas de la derecha, la izquierda juega sola todos los partidos y lleva la voz cantante en tantas y tantas cosas…
Y entre tanto, el gallego que sonríe sin dientes, ocupado, y hace bien, en la economía, y sólo en la economía. Pero… ¿no hay nadie más para hacer política? ¿No hay nadie que diga algo más de tantas y tantas cosas?
Están acohonaditos, porque saben que cualquier batalla que se plantee, por insignificante que parezca, se verá sometida a un bombardeo intensivo de las fuerzas armadas de la izquierda, desde todos los frentes, que son muchos, y entre su fiel infantería y la artillería que viene detrás (piensen y verán periodistas y grupos de comunicación), asegura que ninguna batalla sea perdida, por pequeña que sea. Ellos no desechan nada. Todas las ideas les pertenecen, de modo que cualquier idea, plan educativo, económico o de lo que sea que salga de la derecha, debe ser atacado, ridiculizado y destruido. Y claro, el mundo se llenó de cobardes, aunque de vez en cuando algún héroe se deja ver, aun a sabiendas que será vapuleado y vilipendiado diaria y constantemente. Ministro Wert, por ejemplo. Así que los demás andan escondidos.

En política, las izquierdas se pasaron tres pueblos, y la derecha no llegó a ninguno. Y así estamos. Está claro que una revisión de los ideales, las maneras y las formas de los partidos políticos sería muy beneficiosa para todos. Nuestra entrada en el siglo XXI pasa por ahí. De modo que cada uno haga su concilio, por favor.

sábado, 3 de enero de 2015

PERO QUÉ COÑO SE CELEBRA EN NAVIDAD

«A mucha gente, entre los que me encuentro, no les gusta la Navidad; no encaja con el cristianismo de pobreza que dicen que predicó Jesús de Nazaret  y resulta una fiesta de lujo artificioso, excesivo y sensiblero. Por no hablar de las comidas, que a estas alturas parece que sea la última vez que vayamos a comer. Es por tanto una fiesta incoherente, infantilona, llena de apariencias y falsas ingenuidades. Demasiado espumillón, demasiadas bolitas de colores, demasiadas luces. Los portalitos de Belén parecen gasolineras anunciando rebajas, o tienda del ahora moderno “Outlet” y los arbolitos, un pirulí hortera ocultando su belleza natural en un abrigo de faralaes artificioso. Con lo hermosos que son en sí, los árboles. De pronto, el mensaje cristiano de la pobreza se convierte en un mensaje derrochón pero a la manera tonta, pueril, con mucha apariencia, artificio y engaño. Todo lo que debiera ser auténtico se convierte en artificio. En Navidad la gente se pone blandita porque es lo que toca. Por cierto, los adornos vienen todos de China, y allí no saben nada de la Navidad.  
Parece pues que llenándonos de luces, brillos y cantos vayamos a ser más felices o ser mejores. Es un autoengaño, el mejor “selfi” que los humanos de acá nos hacemos juntos cada ciclo. Es el sistema aquel del avestruz que esconde la cabeza para no ver el peligro. El peligro somos nosotros, pues acabada la Navidad aparcamos los buenos propósitos, descubriendo así la falsedad del asunto, el amor al prójimo se nos funde como la mantequilla y volvemos a donde estábamos, o peor.
Es asombroso que a la orden de “ha llegado la Navidad”, la gente, que vivimos como vivimos, sentimos como sentimos,  donde cada hijo de vecino va a la suyo sin importar lo más mínimo los demás, y si puedo te engaño, miento o estafo, sienta la repentina necesidad de amar a su prójimo cercano, el familiar, en una noche de empalagosa fiestorra llena de comida, con el fin de no hablar de nada, de no pensar en nada, de olvidar lo pésimos que hemos sido y seguiremos siendo con el prójimo el resto del año, acallando las conciencias entre comidas,  dulces y cantos.  El gran negocio de la fiesta ha convertido  el asunto en una obligación social, que no moral, y todo el mundo corre a refugiarse en la familia. Vuelve a casa por Navidad. Es como si una niebla tragapersonas se dispersara esa noche en busca de almas perdidas en la soledad y cada uno buscara refugio en el grupo familiar. Aquel, a quien la niebla alcance solo… se verá perdido en la bruma para siempre. Simplemente desaparecerá de la memoria del tiempo.  Es aquello del ángel exterminador, sólo que en esta ocasión no hay que pintar una estrella en la puerta de las casas, sino que cuando la niebla oscura de la noche alcance a sentir los olores, las risas, los cantos, las luces… pasará de largo en busca de almas en soledad.
La Navidad es una fiesta cruel. A cuánta gente, encallecida el alma para sobrevivir en la dureza de la vida, doblegará esta falsa ternura y le hará recordar que está solo, que es frágil y que no tiene nada que comer, ni qué compartir, ni qué celebrar. La Navidad, pienso, en la cárcel debe ser una cosa terrible para muchos. La Navidad en los asilos, en los enfermos terminales, en la pobreza, en los que duermen en la calle… la Navidad de los solitarios olvidados por el tiempo. Es un día que te recuerda que has sido un perdedor y que la vida no te ha tratado bien. No tienes nada que celebrar, y encima te lo conmemoran.
La Navidad es una aburrida concatenación de días previsibles regidos por horarios y costumbres antinaturales. Las cenas y comidas excesivas, acompañadas de todo tipo de bebidas son una amenaza real para la salud física y mental. Aquello de las cenas copiosas y los cementerios entra en fácil olvido a una gente que se lanza al río de la fiesta familiar con toda la sinrazón, pero toda la emoción del mundo. Pobres gentes que necesitan del abrigo de una noche de calor humano. La Navidad deja en evidencia nuestro desánimo por la vida, por eso tanta gente reprueba la Navidad…»

Oyó ladrar al perro. Interrumpió la escritura y dejó el papel sobre la mesa. Después corregiría el texto. Siempre hay una coma de más, un adjetivo excesivo, una cacofonía evitable o una pésima relación entre tiempos verbales. Oyó por la ventana el ladrido insistente de aquel perro que conocía. Era Charlie, el perro grandón del vecino, sin raza determinada y que acabó sus días de vagabundeo cuando la familia le adoptó. Se pasaba el día solo, en la terraza de la casa. Por la noche, no sabía por qué, ya con los dueños en el hogar, se dedicaba a ladrar de forma intermitente. A veces aullaba. A Mateo le parecía que el pobre perro expresaba algo; tal vez una protesta. Quién sabe. Había observado en este y otros perros, que ladran cuando se sienten solos o abandonados en la casa, o advierten peligro, pero cuando están los dueños los perros se sienten seguros en su manada y ya no lo hacen. Charlie no era así. Se pasaba el día solo, ladraba muy rara vez si pasaba por la puerta algún perro, pero ahora, de noche, con los dueños dentro sí lo hacía. Mateo pensaba que el pobre animal seguía sintiéndose solo en la terraza, sin poder entrar y disfrutar de la compañía de sus amos. Y era de noche, hacía frío, el cielo estaba cuajado del gélido resplandor de las estrellas y en el suelo relucían las baldosas a causa de la humedad que traía el mar cercano. Pensó Mateo que si al pobre perro le ofreciera una golosina… le ayudaría a pasar el tiempo hasta que los dueños, ya tarde, se decidieran a dejarle entrar y él, como cada noche, lo hiciera agradecido y sumiso, rota la voluntad de lucha, vencida la noble rebeldía que le caracterizó de joven,  desanimado por la larga soledad pero agradecido por aquellas horas de cálida acogida en el hogar. Calor, comida y cama, el mejor trío de ases que se pueda dar en las noches frías. Aunque si le añadía compañía, el póker estaba completo. Al menos, eso.
Mateo cogió unos trozos de jamón york. Llevaba  seis lonchas en la mano que sin duda serían un buen bocado para el perro. Esperaba que los dueños no le descubriesen así que, sin hacer ruido, se acercó a la valla. Las ventanas tenían las cortinas echadas y a su través la luz iluminaba tenuemente la terraza, prisión del perro, día a día, hora a hora. Toda una vida en unos pocos metros, esperando la noche bien entrada,  para unirse al grupo humano, comer y echarse en un gurruño de trapos calientes.
El perro lo olió, irguió las orejas dispuesto a cumplir fielmente su papel de guardián de no se sabe muy bien qué, pero… le olió a él, le reconoció y olió el jamón york que Mateo le acercaba. No estando seguro de su reacción Mateo prefirió echarle el jamón al suelo, como a medio metro de la valla a través de los barrotes de hierro de la puerta. Y allí acudió ansioso el perro que comenzó a devorar con avidez la carne olorosa y tierna. Sin apenas masticar, Charlie tragaba ansioso.  Mateo le contempló todo ese tiempo, que fue poco, fascinado por el hambre del perro, casi glotonería.
—Qué, hay apetito, ¿eh?
El perro le devolvió en silencio una mirada amistosa y por primera vez, durante largos segundos, sus ojos se cruzaron y se vieron. Y mantuvieron la mirada. Nunca antes el perro había hecho algo así.
—¿Qué haces aquí? ¿No tienes casa, comida y cama?
—Oye, ¿desde cuándo los perros hablan?
—Los perros no hablamos. Eres tú quien lee en tu mente lo que pienso.
— ¿Por qué ladras tanto todas las noches? Incluso aúllas.
—Los perros ladramos para expresar emociones fuertes y urgentes: peligro, atención, aviso… En cambio aullamos para expresar emociones complejas: nostalgias de otros tiempos o llamadas lejanas a cualquier otro perro que, lejos, lo escuche y quiera responder. Es la búsqueda de la compañía en la distancia. Encontrar  a alguien que como tú, sepa, comprenda y responda. También aúllo a las estrellas para decirles que son hermosas; aúllo al viento para que lleve mi voz cargada de nostalgias y preguntas y me devuelva la voz cargada de recuerdos y noticias; aúllo a veces  para salir de mí e irme muy lejos y conocer otro mundo; aúllo para expresarme, para decirme que estoy aquí. Y mi aullido es también, a veces, vuestro llanto.
— ¿Los perros lloráis?
—Lloramos, sí. Llorar es bueno para no ahogar las penas en lágrimas.
— ¿Las penas? ¿Tú tienes penas? ¡Si lo tienes todo!
—Eso que tú llamas todo, en el fondo no es nada. Es totalmente prescindible. Pero lo que más alimenta, lo que más viste, lo que más cobija, lo que más alegra, lo que os ha hecho fuertes siempre es tener un grupo de personas unidos por lazos de familia y amistad con la que podéis compartir vuestra vida, vuestras esperanzas, vuestras alegrías, vuestros fracasos, vuestra salud y enfermedad. De la cuna a la tumba estáis acompañados. No estáis solos jamás. Los humanos no estáis hechos para estar solos. En cambio nosotros… vivimos en permanente soledad, aun con los amos que te quieren y cuidan... La vida  no es tener, es ser con los demás, es compartir con los demás, es sentirse unido a otras personas. Esa sensación familiar los perros  que vivimos con humanos la tenemos confusa o no la tenemos. Un día nos arrancaron de nuestra verdadera familia y nos adoptaron para vivir en otra muy diferente.
—Comparto contigo algunas de tus opiniones. Pero entonces… aullar también sirve para liberarse del desánimo interior.
—Así es. Y también la alegría.
—Los humanos no aullamos.
—No se te oye, pero sí aúllas. Antes aullabas.
— ¿Yo? No.
—Aullabas dentro de ti contra la Navidad, aullabas contra la soledad, aullabas contra la monotonía de una fiesta estúpida, aullabas contra la incoherencia de unas fiestas de riqueza para conmemorar un nacimiento en la penuria… Según tus palabras…
—Escribía… para mi periódico. Pero… ¿cómo sabes tú lo que escribía?
—El viento, que está en todas partes, me cuenta cosas. Ya te he dicho que aúllo al viento para contarle… y que me cuente. Y me ha contado que tú criticabas la Navidad. Me cuenta cosa tuyas de vez en cuando.
—No sé si creerte. Esto debe ser un sueño. Lo que me cuentas no es cierto. Es increíble.
— ¿Quieres hacer una prueba? ¿Quieres ser un rato perro? ¿Qué tal perro por esta noche?… Es esa que vosotros llamáis… Nochebuena.
— ¿Es eso posible?
—Sí lo deseas sí —contestó Charlie sin dejar de mirarle.
Mateo no contestó. Hipnotizado por la insistente mirada del perro, de pronto, sin dejar de tener sus ojos en los suyos se percató que estaba al otro lado de la valla. Y ante él, con los ojos muy abiertos, le miraba un ser… ¡con su propio cuerpo!
— ¡Dios mío estoy aquí!  Y tú… tú… ¡tú eres yo!
—Y yo soy tú. Ahora podrás comprobar qué tal sentimos los perros y podrás tener una visión de la Navidad desde la otra parte. Por esta noche despídete de tu odiosa Navidad.
Un ruido en la puerta de la casa puso en aviso a Mateo, ahora perro. No supo qué hacer. Miró la puerta de la casa que parecía abrirse en cualquier momento y miró también la puerta de la terraza. Charlie, el ahora humano Charlie, no estaba. El corazón le latía con fuerza y rapidez. ¿Qué iba a pasar? ¿Se darían cuenta? ¿Qué tenía que hacer?
La puerta se abrió y quedó abierta. El humano Charlie no supo qué hacer y se mantuvo a cierta distancia. Se acercó a oler…a mirar con la nariz. Y olió a caliente, a tibieza…
Ante sus dudas, una voz se oyó:
— ¡Charlie! ¿No entras?
Se decidió al fin y entró. Nunca había estado allí y no conocía la casa. Oyó ruidos en una habitación y allí se dirigió, siempre despacio y receloso y descubrió la cocina. La mujer y una de las hijas preparaban la cena. Olía a sabroso, hacía un calor agradable y la luz lo llenaba todo. Como no  le hacían mucho caso se dirigió a otra parte de la casa aún más iluminada. El padre, un fornido carpintero, colocaba los últimos adornos al árbol de Navidad. Las bolitas de colores relucían y una guirnalda de luces envolvía todo el árbol. Cerca de allí, una mesa con un gran mantel rojo, velas encendidas, platos vasos y cubiertos relucientes… La fiesta. La Nochebuena.
Todo el tiempo estuvo inquieto, no sabiendo cómo hacer, dónde estar. La mano de la hija más joven de la pareja, que ayudaba a su padre con los adornos del árbol le pasó por el lomo.
— ¡Charlie, estás frío! ¡Tiene el lomo helado, papá!
Y sin esperar ninguna respuesta  la niña cogió una mantita y se la puso en el lomo. Luego acercó una cama redonda, donde seguramente se acostaría Charlie y la puso cerca de la estufa.
—Ven aquí, Charlie, acuéstate un ratito.
El enorme placer de la cama, acostado cerca de la estufa y el calorcillo seco de la mantita le parecieron a Charlie de una calidez humana extraordinaria con un perro. Es más, todo el que pasaba por allí, madre, padre o hijas, tenían para él una caricia, unas palabras cariñosas e incluso, de vez en cuando, una golosina arrebatada a los guisos de aquella noche.
Y de pronto un timbre, unas voces, un ruido de coches. Charlie pensó que debía ponerse en perro guardián, pero no supo ladrar, y cuando quiso levantarse las hijas, alborozadas, ya habían hecho pasar a un grupo de personas que, entre abrazos, besos y risas, hicieron su aparición en aquel comedor tan reluciente. Pensó Charlie que debían ser familiares o amigos, y que venían a cenar juntos, según tradición. Eso sí, todos hablaban raro. No era la lengua común en el lugar. Entonces recordó que sus vecinos eran sudamericanos y entendió que aquellos no eran familiares, tan lejanos, sino que como ellos, debían ser del mismo país y hacían piña, formaban una pequeña familia en aquella noche.
Lo pasmoso fue que cuando todo volvió a serenarse, uno a uno, los amigos de la familia pasaron a saludarle a él, y cada uno le trajo un regalo. El niño pequeño le trajo un juguete, un muñeco de perritos que al morderlo pitaba, la señora le había tejido una mantita, y el padre un jugoso filete de carne que, sin saber cómo, comenzó a hacerle la boca agua. Iba ya a morderle cuando la niña menor de la casa le dijo:
—Ahora no Charlie, espera a que cenemos todos juntos.
La reunión familiar se hizo prolija. Sentados alrededor de la mesa se contaban cosas de la vida, de sus costumbres, de su país. El padre tocó el acordeón, las hijas las guitarras y los demás cantaban. Nunca Charlie había visto una reunión de personas tan alegre. La luz, el calor, la comida deliciosa… le mantuvo despierto todo el tiempo excitado por aquellas voces, aquellas risas, aquellas expresiones, aquellas muestras de cariño. Pero lo que más le emocionó fue la cena. Nunca había visto una cena de Nochebuena igual. Consideraban ellos, que el nacimiento de Jesús entre los pobres y gentes sencillas, era una clara invitación a la vida sin excesos, que todo lujo es vergonzosamente superfluo cuando hay quien no tiene para comer o vestir. De modo que comenzaron a sacar tortitas de maíz, legumbres y verduras que chocaban con los langostinos, jamones y champanes que él conocía. Era todo sencillo, como si fuera comida de los pastores que según la Biblia, fueron a adorar a Jesús. Aquella cena de Nochebuena, no tenía tanto de cena, sino que lo que primaba en el asunto era la reunión. El no saberse solos, el saberse queridos por otras personas, el añorar juntos y recordar sus cosas de allá… Todo tan diferente de las cosas de acá.
Fue emocionante cuando el padre, con su acordeón, acompañados por las hijas, entonaron canciones de sus tierra, viejos villancicos en aquel lenguaje recio y sabio que han sabido conservar.

Doña María, le ruego
en nombre de la fortuna,
me deje ver a su niño
que me van a dar la una.

Doña María, yo vine
a ver el niñito ’e Dios.
Usted déme la licencia
que me van a dar las dos.

Pregúntele, Mariquita,
a su esposo don José.
Deje mirar al niñito
que me van a dar la tres.

Tome en cuenta, Mariquita,
casi gasté los zapatos
por ver a su manuelito;
ya me va a dar las cuatro.

De Ñuble vine, Señora,
de los campos de Niblinto,
por saludar a su niño
antes que me den las cinco.

Y esta otra muy popular también, por lo visto:

Buenas noches, San José,
y en compaña de su esposa,
aquí estoy en su presencia
si sirvo de alguna cosa.

¿Dónde está San José?
¿Dónde está San José?
Con el niño y María, los tres.


Señora doña María,
aquí nos mandó mi maire
a cantarle nueve días,
nosotros, los de Pomaire.

Señora doña María,
cogollito de cedrón,
a su niñito le traigo
dos metros de coletón.

Cómo reían, cómo cantaban, cómo se alegraban con las letras…Qué de recuerdos les traía de su hermosa tierra, de su cultura americana y española…
Mateo comenzó a comprender la felicidad del encuentro, de la nostalgia por la tierra madre lejana, de sus parientes allá, tan lejos. Su reunión les había servido para mitigar las penas, además de celebrar la Nochebuena al estilo que la Biblia quiso seguramente transmitir, con absoluta sencillez.
No podía llorar. Efectivamente los perros no lloran. Por eso, sin saber cómo, en medio de un villancico, no pudo resistir más y se dejó ir con un aullido largo e intenso, que admiró a todos, luego le rieron, e incluso los pequeños le abrazaron. El niño se sentó junto a él, en la camita, abrazado a él, y Charlie-Mateo volvió a aullar feliz en la noche más cálida de su vida, donde lo de menos, había sido la comida, y lo demás, la simple reunión de alegría.
«Tenía razón Charlie perro. Los humanos hemos nacido para vivir juntos. Es, ha sido y será, nuestro mejor secreto para la supervivencia, la mejor arma, la mejor respuesta a los retos de la vida.»

Una voz interior le llevó a levantarse y dirigirse a la puerta. La niña mayor, y el niño, entendieron que Charlie quería salir a hacer sus cosas. Además era ya tarde. Así que puesto el collar, abrieron la puerta de la terraza y salieron a la calle. En la acera, una sombra se acercaba caminando despacio hacia ellos. En la noche fría, reluciente de estrellas, aquella persona pasó a su lado. Charlie-Mateo se le quedó mirando. Los ojos se cruzaron en el camino.
—Buenas noches vecinas. ¿Vais de paseíto con Charlie?
—A que haga sus cositas, como cada noche, don Mateo.
—Muy bien. Ha tenido mucha suerte este perro al encontrarse con vosotros. Su vida cambió para siempre.
—Sí —contestó la niña— con Charlie la Navidad es todo el año.
Y el niño le preguntó entonces:
—¿Usted no celebra la Nochebuena?
—Pues… hijo… a mí se me murió la Navidad. Se la comió el aislamiento.
—¿Y por qué no viene usted con nosotros? ¿Sabe cantar villancicos?
La expresión de la niña afirmaba los propósitos de su compañerito, y la verdad…
—Pero hijos…es una reunión familiar… y no creo que…
—Ah, no vecino. Es una reunión familiar pero de vocación, como dice mi padre. No hay relación de sangre pero la hay de cariño. Ande, véngase con nosotros.
Cuando Mateo, ahora humano, entró en la casa, que ya conocía, vio la camita de Charlie, las luces, las comidas, y, sobre todo, las sonrisas de recibimiento cordial de todos los presentes; no tuvo más que sentarse, coger una guitarra y cantar:
—Este villancico es popular andaluz, y se llama María Zambullo, y dice así.

A Belén camina
María Zambullo,
dos pares de bueyes
le tiran del culo.
Y dicen los majos
con mucha alegría:
"¡Qué culo más gordo
que tiene María!".

Ni que decir tiene que las risas inundaron la casa, Charlie aulló, y los turrones y el anís comenzaron a correr cuando ya todos se pusieron a cantar a la vez.
       Y Mateo oyó en su cabeza:
¿Ves? La soledad, amigo Mateo, es mala consejera.
Pero yo he dicho antes… He escrito…
Escribiste desde tu experiencia, basada en el resentimiento. Ahora tienes otra.
Pero el periódico… mi columna…
Ya corregirás. Tienes tiempo.  Recuerda siempre que el mundo necesita gente de calidad todos los días, sea Nochebuena o no.
Feliz Nochebuena, Charlie.
Feliz Nochebuena, Mateo.



jueves, 11 de diciembre de 2014

EL ARTE DE MENTIR

En un mundo donde las relaciones  entre la gente, estimulados por las redes sociales y los medios de comunicación, son tan poderosos e intensos, en ese mundo, digo, predomina como nunca la mentira como una forma natural de existencia. Desde luego que siempre se ha mentido. Apareció esto que llamamos homo sapiens, y nació la mentira. Porque la mentira es muy útil, tiene muchas aplicaciones. El hombre que se disfrazaba de ciervo, se movía como un ciervo y berreaba como un ciervo le permitía cazar ciervos.  Hoy se sigue usando la mentira en todas sus formas y de manera constante; tanto ya, que es materialmente imposible distinguir verdad y mentira. Y además van apareciendo formas nuevas. Por ejemplo en bancos, instituciones etc.  Allá donde pensábamos que la cosa era muy, muy, muy sería, y que no nos mentirían jamás, porque… cómo va a ser posible eso… pues nos han mentido muy, muy, muy mucho. Pienso en política y en religión. Y todo es política y todo es religión.
Son dos aspectos de la vida humana donde más y más fácilmente nos han mentido.  Desde políticos que gustaban contar su propia biografía, poniéndose por las nubes, claro, hasta quien hace desaparecer del mapa a cualquiera que le pueda hacer sombra en la historia, hasta quien nos roba porque lo público no es de nadie;  y también quien dice conocer a Dios tanto que se permite hablar en su nombre y contar todos los disparates posibles, y con pretexto de su favor especial y muy particular, nombrar reyes y emperadores o escribir leyes extrañas y contra natura. Y a ver quién es el guapo que no cree. Siempre hay, en política o en religión, una Inquisición dispuesta a castigar a los no creyentes.  
Es fácil y explicable que sea en política y religión donde más se mienta, por la sencilla razón de que ambas penetran mucho en el corazón, en los sentimientos de las gentes y poco en la razón. Pero si tuviésemos la posibilidad de pensar seriamente sobre asuntos religiosos y/o políticos, tantas veces de la mano, durante un buen rato, seguramente sentiríamos un escalofrío, una vergüenza que nos llevaría a huir de nosotros mismos, espantados por el ridículo, y nos invitaría a correr a refugiarnos en las cálidas y acogedoras aguas de la mentira. Nuestra madre acogedora.
  Vivir en la mentira es ya una necesidad. Es tan gorda la cosa, el montaje es tan soberbio, con tantas tradiciones que forman ya parte de nuestra cultura  que destruyéndolas nos destruiríamos a nosotros mismos. Mentir es ya tan necesario como respirar. Los humanos hemos construido un imperio mundial basado en la mentira. De ahí la necesidad de que sigamos en ello, porque de lo contrario el edificio podría caerse y sería peor. Por eso ahora… es incluso mucho más fácil, y ya nos colocan todas las facilidades para que desde bien pequeñitos practiquemos la mentira como una base normal, fundamental, de nuestra relación con los demás y la vida toda. Aprender a mentir es fundamental.
¡Es tan fácil!...  Según vamos tejiendo el intrincado mapa de las relaciones humanas, incrementado por los conocimientos científicos y tecnología, vamos también tejiendo, de forma paralela el mundo de la mentira pero ahora con bordados y puntillas. Incluso las verdades a medias, hay que recordar, son mentiras. Internet, por ejemplo, da muchísimas oportunidades de mentir, dado que el anonimato, o al menos el no verse las caras, no nos delata. Ya saben, a veces los ojos nos descubren. Pero ojos que no ven…
Es normal mentir en la biografía de uno mismo en internet. Incluso en el currículum lo hacen algunas personalidades políticas de alto rango. Sin ningún rubor. Cosa no increíble, porque desde siempre los altos cargos de la administración nos han mentido. Desde la prehistoria. De manera que cuando creíamos que la profusión de medios de comunicación nos iba a librar de ese componente maligno de la sangre, resulta que no ha hecho más que vacunarnos contra su dolor y hacernos adictos a ella.
Así que instalados en la mentira, no nos queda más remedio que mentir…. y   asumir las mentiras de los demás. El mundo es pues muy falso, una tramoya que esconde oscuros intereses, egoísmos increíbles y ansias de poder y control de los demás.
E aquí tres frases sobre la mentira que, bien meditadas, aclaran mucho la situación que producen:
-«Lo que más me preocupa no es que me hayas mentido, sino que, de ahora en adelante, ya no podré creer más en ti.»  Friedrich Nietzsche.
-«El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera.» Alexander Pope.
-«Con una mentira suele irse lejos, pero sin esperanzas de volver.» Proverbio judío.
Y así estamos, sin poder dar marcha atrás, inventando más y más mentiras para sostener el edificio cultural y sin posibilidad alguna de volver a creer en nada ni nadie.
En la nueva película de ciencia ficción posible,  Interstellar, magnífica, por cierto, la humanidad se ve en la necesidad de buscar otro planeta para que el homo sapiens no se extinga. Que la humanidad se salve, aunque sea en otro planeta, porque el lugar donde nació ya se ha hecho inhabitable. Lo que no cuenta la película es si el hombre viajará a otros planetas con su misma capacidad de mentir, de hacer el mal, de estafar y engañar. Entonces es más de lo mismo. Allí se podrá vivir, se construirá un nuevo mundo de mentiras, hasta que la nueva humanidad vuelva a joder el planeta y tenga que volver a buscar otro, y así no se sabe cuántos más. Todo, menos cambiar lo fundamental: la humanidad.
¿Pero… acaso podríamos vivir sin mentir? Sospecho que ya no seríamos nosotros. Sería otro ser. Tal vez esos extraños que aparecen en las películas, a veces con vestidos conventuales y voz pacífica y sabia. Esos seres para quienes la vida sigue siendo un misterio sin resolver, pero que más vale que no se resuelva antes que fabular principios extraños, ideas que llaman políticas, o convertidos en religiones extrañas, que solo buscan la manipulación y la uniformidad.

La mentira nos tiene encadenados a un mundo absurdo, donde creemos para sobrevivir, pero sabiendo todos que sólo la verdad nos hará libres. Pero da tanto miedo ser libre…

martes, 25 de noviembre de 2014

HISTORIAS DE HISPANIA

Ya se ha escrito en este blog. El problema de los independentistas catalanes (no confundir con los “catalanes”, ni con “Cataluña”, aunque ellos tienden a apoderarse de todo), son los celos de Madrid. Los independentistas catalanes quieren ser Madrid, en Cataluña. Es decir, Cataluñizar España. Porque ellos son tan maravillosos, son tan de primera línea, tan glamurosos, europeos y avanzados, tan la “locomotora que tira de España”, que no comprenden que tantos méritos y honores no se vean recompensados políticamente con más poder. Si fuera posible todo el poder. Que es inconcebible que la capital de España no sea Barcelona. Esa, y no otra, es la cuestión. Y por ahí van los tiros. Si el gobierno estuviera en Barcelona, si la capital de España fuera Barcelona, si el rey viviera en Barcelona, los independentistas catalanes serían más españoles que nadie, como lo han sido desde siempre. Y con ardor guerrero, además.
Hay un problema de celos, porque las cuentas no les salen. Eso de ser la locomotora y luego una segundona en política… no mola. Quieren poder político. Por eso últimamente ya hablan de cocapitalidad,  y que incluso alguna de las dos cámaras resida en Barcelona. Además, esa cocapitalidad con Madrid, les reportaría una confianza en los mercados, les daría un marchamo de calité, de segurité y fraternité, que les haría subir como la espuma en los rankings de aceptación y seguridad por los analistas económicos. O sea, dinero. El poder atrae el dinero y el dinero atrae al poder. Y ambas cosas van juntas. Por eso lo quieren ellos y por eso actúan así, los llamados independentistas,  que pasean por aquellas tierras  con la impunidad de los nobles y reyes antiguos.
El siguiente paso no sería la independencia, sino la capitalidad absoluta y cataluñizar España. Porque no se quieren marchar. Quieren gobernar. Porque España es su mercado natural. ¿Cómo van ellos a querer perder ese mercado? ¡La pela es la pela! ¿Cómo van a hacerse un hueco a estas alturas en el mundo económico? Es más fácil hacerse aquí con el poder político. Y ahí van.
Han aprovechado que el gobierno de Madrit es poco político y está afanado en otras cosas… Los impuestos, la economía, el paro… Y que sobre estas cosas ni sabe ni quiere saber. Parece que no hay políticos en el PP, y sin embargo todo es política. Qué extraños son.
¿Y cómo hemos llegado a esto en España? Pues los que entienden dicen, y no les falta razón, que, entre otras cosas,  España no tiene cultura nacional.  Lo dice el escritor gallego Suso de Toro. Y es cierto. La que hubo la destruyeron en la transición en ese empeño de destruir la “España de Franco”, considerado el mal de todos los males. Nos hemos preocupado muy mucho desde entonces en alabar y destacar las diferencias. Las lenguas, las costumbres, la televisiones regionales, etc. y no de aquello más general que nos une desde hace siglos. Nos hemos visto por la tele las fiestas de todos los pueblos, hasta las más simplonas. Y somos una de las naciones más antiguas de Europa. En los colegios, por ejemplo, se llega a estudiar el río que pasa por tu pueblo, aunque sea el Sequillo, en vez de estudiar las tres vertientes de la Península. Ya nadie sabe cuál es el rio más largo de España, o el más caudaloso, o los afluentes del Tajo.  Solo sabemos que el Sequillo no lleva agua pero se desborda cuando llueve mucho, porque en realidad es una rambla. Rambla que ha sustituido en la mente y el corazón al Duero, al Tajo, al Guadiana,  Ebro, Guadalquivir…
La cultura nacional es cosa que sí tienen el resto de países europeos. Francia, Alemania, Gran Bretaña, Suecia etc. Cualquier político, del partido que sea, desde la más izquierdosa de las izquierdas a la más derechosa de las derechas, es alemán, francés, sueco, italiano… y luego de la ideología que quieras. Allí, aunque con ideas diferentes, todo el mundo rema en la misma dirección. Y todos saben que son una comunidad, un país, una nación, una patria, una cultura. Aunque tenga diferencias, que siempre las hay, como en todas partes.
En cambio en España se ha favorecido mucho el conocimiento propio y el desconocimiento de los demás. Nos hemos ido convirtiendo en islas. España es ya un archipiélago. Una vez más nuestros políticos no han estado a la altura. Bueno sí, a su altura. A la que ellos querían. Por la torpeza de unos y el odio e insidia de otros. Ya decía Alfonso Guerra: «a España no la va a conocer ni la madre que la parió».  Y como ellos consideraban que Franco inventó España… pues había que destruir los cimientos. Europa, por ejemplo, ha sido es y será una  buena excusa. Diluirse en Europa es la mejor forma de que España vaya deshaciéndose poco a poco, como un azucarillo en el café. A eso añadimos los cambios culturales, alejados de la tradición, que se abrazan con pretexto de modernidad. Ejemplo la fiesta de Halloween. Y al mismo tiempo destruyendo las fiestas que nos definían tradicionalmente como pueblo ante los demás: los toros. En toda Sudamérica se celebran corridas de toros y en Francia también. Pero…
Todos estos cambios van produciéndose lenta pero inexorablemente, con pretexto de sustituir historias caducas, modernizar pensamientos retrógrados… Lo que hay detrás de todo eso ya sabemos lo que es. 
Y naturalmente esto no quiere decir que no hay que cambiar. Claro que sí. Pero los cambios deben venir de forma natural.  Como ha hecho siempre la vida. El turismo y el bikini han hecho más por modernizar España que otras muchas novedades artificiosas, que no buscan cambios, sino borrar la historia.

No nos extrañe pues que tengamos independentistas de todos los tamaños, colores y formas. Estaba previsto. Teníamos la ecuación X+ Y+ Z = E. Es decir: historia común, más costumbres comunes, más cultura común igual a España. Y ahora tenemos la ecuación X – Y – Z = 0. Es decir: historia común, menos costumbres comunes, menos cultura común igual a cero. Se veía venir y veremos más, mucho más.

domingo, 9 de noviembre de 2014

ESPAÑA EN LA ENCRUCIJADA

Que España era, y es, una encrucijada de caminos, lo ha demostrado la historia. La cantidad de pueblos que han pasado por aquí es extraordinaria y todos han dejado su huella. No hay más que ver un mapa del mundo y comprobar dónde está situada España: en el centro. Lo que no esperábamos los españoles era que esa particular situación, aparentemente ventajosa (seguramente para cualquier otro pueblo), nos sirviera para bien poco y sólo para situarnos una y otra vez, por nuestros propios méritos fuera del centro, e incluso, si pudiéramos, del mapa del mundo. Por nuestros propios meritos, repito. Aquí, cualquiera que maldiga, hablando, escribiendo o cinematografiando a España, la ridiculice, la maltrate o la escupa, entre nosotros, digo, es tomado en seguida por sabio, ponderado, liberal, liberador, libertador y no sé cuantas cosas más, todas buenas y positivas. Y legión de seguidores dispuestos a repetir la hazaña, al instante. Y así siempre. Con esos mimbres, tejer una cesta es difícil, o imposible. Llega un momento en que ya no da más de sí. Se llega a una encrucijada. O la acabas, o acabas con ella. La encrucijada llegó.
Llegó, tal vez cuando menos se le esperaba, pero la encrucijada ya está aquí. Tenía que venir dado el cariz que tomaban las cosas:
-Exceso de política, falta de democracia, demagogia, populismo, cobardía, personalismos, exceso de dominio mediático por parte de ideologías, exceso de dominio de iglesia católica, independentismos, picaresca, falta de educación, incultura generalizada, falta de honradez, no justicia, codicia, envidia, egoísmos, etc. etc.
Que los peores enemigos de España y los españoles somos nosotros mismos no le cabe duda a nadie. No hay mayor enemigo, ni más encarnizado, ni más persistente que nosotros mismos. Llevamos persiguiéndonos y derrotándonos siglos y siglos. Vamos a reírnos de las derrotas famosas: Trafalgar, la Invencible, la pérdida del imperio, las colonias y demás. Batallitas. Solo hemos perdido batallitas. La gran guerra la hemos tenido siempre aquí y hemos sido nosotros contra nosotros y el resultado no puede ser otro más que la derrota. Una y otra vez. Si por un tiempo se vislumbra el horizonte… no tardamos en cargarnos la visión con toda la carga de nuestra historia fantaseada y traicionada, traída hasta el presente para confusión eterna. Y si alguien pudiera destacar en algún sospecho progreso, a ojos de los adversarios políticos, hay que destrozarlo cada día, ridiculizarlo y maldecirlo, para que no cale en la gente, en la memoria social, que España pueda tener arreglo. Y menos que venga de fulano o mengano. España no tiene arreglo. Si acaso otra: llámese entonces Conjunto de Países Ibéricos. CPI.  O Jamón Ibérico. Pero imagino que gente habrá que ni siquiera lo de Ibérico le huela bien. De modo que nos dan la historia que quieren inventándosela, y haciéndonos a todos extraños unos de otros como recién llegados a este mundo. Poco a poco vamos siendo gente sin historia, sin presente, sin futuro y, si hubiera menester, hasta sin sombra.  No se quiere. Nosotros no queremos. Y los que nos manejan están felices de esa situación. Véanse nuestros políticos. Todos.
¿Qué se puede decir de un país cuyos hijos han aprendido a odiarla desde pequeños? Aprender a odiar a España ha sido el pasatiempo favorito de los institutos y universidades desde que en España se instauró la educación pública. Aún recuerdo a los profesores de historia poniendo a parir a los llamados Reyes Católicos, porque se les supone el origen de la maldita España, que luego recoge y continua Franco, por lo visto el sucesor. Menudo salto. Franco, el sucesor de aquellos reyes nefastos, ese monstruoso dictador con el que España, extrañamente, prosperó más que nunca, al decir de entendidos, es el monstruo alentador de odios contra España más grande de la historia moderna. No se acuerda tanto la gente de Stalin, Hitler y gente así, como aquí de Franco.  Extraño dictador. Que lo fue. Pero extraño.
Que si la reina Isabel, decían, era una cochina y no se cambiaba de camiseta hasta que Granada no fuera cristiana. Y cosas así de peregrinas.  Acuérdense de la historia negra de España, la Santa Inquisición, que llamaban… Todo agrandado por los de siempre con el propósito de siempre. Como si en Inglaterra, Francia y demás países de Europa no hubiese habido inquisidores, quemado en la hoguera y hechas cosas terribles hasta épocas recientes. Parece que no tan malas como las de aquí. Si los ingleses colonizan América y acaban casi con los indios, no ocurre nada. Ningún inglés va por ahí contando lo malos que fueron sus antepasados. Pero si los españoles descubren y conquistan América, las historias sobre el desastre, las injusticias y crímenes corren como la pólvora. Disparates así, en un país de incultos eran, son, el pan nuestro de cada día. Y adivinen de dónde salen esas historias negras. Adivinen. Al resto de países se lo pusimos fácil. Y ellos no hacen más que recoger lo que nosotros producimos. ¿Cómo voy yo a respetar la casa de mi vecino si él es el primero en cagarse en ella? Así, los innumerables personajes (que hay muchos) que intentaron engrandecer España, y lo hicieron han sido borrados de la memoria histórica. Ningún españolito recuerda nada. Los niños desconocen su historia y sus héroes. La amnesia es general. No conviene darle a España grandezas.
Ahora nos vemos en una nueva situación, alimentada por decenios de pésimos políticos, que faltos de la grandeza y la cultura, por no decir del amor a su patria (suena hasta cursi), han provocado la aparición de locos excesivos, que huyen, como no, de España, bien para estar solos, bien para volver a ella como los parientes ricos vuelven al pueblo, distinguidos y diferentes. España es la historia del desencuentro permanente.
Una encrucijada, digo. ¿Qué camino tomar? ¿O acaso es mejor el suicidio colectivo?
Mientras nosotros tratamos de destruirnos una y otra vez, nuestros niños siguen odiando España, aprendiendo a odiar España. Y los políticos mirando para otro lado. Nadie que ponga freno a esto. Se perdió la grandeza, la generosidad, el concepto de patria. Y el amor a España suena a rancio. La patria común es una idea nefasta. Una grave encrucijada.
Una frase: «España es el país más fuerte del mundo, los españoles llevan siglos intentado destruirlo y no lo han conseguido.»
 Bismarck
Pero ahora parece que llevamos mejor camino. Cosas de la vida moderna; que grandes personajes no lo consiguieran, y que personajillos sin chicha ni limoná lleguen a donde han llegado… ya es todo un paso al frente importante.
Nos quedan dos pelás para ser ciudadanos… galácticos, porque ya estamos casi fuera del mapa del mundo, nuestro mundo.

Una muestra: http://gaceta.es/entrevistas/desastre-gran-armada-grave-07112014-1151


martes, 4 de noviembre de 2014

TÉ, ESCUELA Y TECNOLOGÍA

He hecho una visita a mi amigo el maestro. Válgame dios, si lo sé no vengo, como decía el cómico. La casa de mi amigo es un remanso de paz, solo roto por los vecinos pesados que cortan sus céspedes, o el que hace bricolaje en la terraza de su casa sin importar una higa el ruido que pueda hacer. O sea, es un remanso pero menos. Al menos lo suficiente para que mi amigo deje escapar el vapor de la presión acumulada por años de colegio. Menos mal que la ceremonia del té, aunque sea a las cinco y media, nos reconcilia con la civilización. Estas costumbres inglesas, que nos parecen tan ñoñas y teatrales, en realidad dan un cierto orden a la vida y, bien hechas, son causa de buenas relaciones y agradables charlas. A mi amigo se las recomendó un psicólogo. El té de las cinco lo hace él un poco después, pero sigue las normas a rajatabla. Y le va bien. El espíritu se le serena, el alma se le esponja y de la mente surgen ideas que dan pie a desarrollar la fluidez verbal, tan necesaria para él.  Hoy, como no, la conversación, casi monólogo, porque el necesitado de hablar es él y no yo, transcurre por las nuevas tecnologías que «amenazan», según sus palabras, a la escuela. Y cuenta:

«Cuando no se sabe muy bien por dónde echar, aparecen como una novedad, dispuestas a solucionarlo todo, las nuevas tecnologías. Cualquier cosa que delante lleve la palabra «nuevo» se convierte en magia pura, oye. Y así, hay personas, siempre desde despachos, que quieren descubrir una y otra vez el Mediterráneo, simplemente mirándolo desde ángulos distintos, poniéndole la etiqueta de «nuevo» para que cuele bien. Y el mar ya estaba ahí, no digo que inmutable, pero siendo él mismo desde hace millones de años.»  —Yo me limito a asentir y dar un sorbo a mi té.

«Planes y más planes, estadísticas, pruebas nacionales e internacionales, exámenes, cambios y más cambios, cursos, cursillos, cursitos, títulos y más títulos, inventos e inventitos, aportaciones extrañas, complejos montajes intelectuales, filosofías mil, estrategias, proyectos, objetivos cortos y largos... Educar para vivir, para la vida, para la libertad, para…  La educación parece un mar revuelto, una marejada siempre en continuo sube y baja, un ven y vas, que tiene a sus navegantes mareados de tanto pensamiento, ideología, filosofía, intención, estrategia e invento. Y detrás de una ola no se espera más que otra. Y nunca la mar calma. La verdad es que lo único que consiguen es que los profesionales de la enseñanza nos cansemos, nos hartemos, y como no nos acostumbramos a estos movimientos constantes aprendemos a subsistir sin creer ya en nada, vacíos de todo, simplemente agarrándonos a lo que podemos ante el embate de las olas de ordenanzas, planes, estrategias, supuestas calidades y un sinfín de cosas más. Y del  meollo de la cuestión no se sabe, no se quiere o no se puede saber. O todo a la vez.  Todavía no hay nadie que se dé cuenta de que toda la modernidad de pizarras electrónicas, ordenadores y tabletas en clase, que programaciones, transversalidades y demás interminables zarandajas no llevan a ninguna parte, y no son más que olas en el mar revuelto que marean al personal y que nos hacen vomitar de cansancio entre una y otra. Pasa el tiempo y una y otra vez los resultados son los mismos. Todo eso está hueco, aporta tan poco que se convierte en un fin en sí mismo. Apariencia de eficacia y modernidad. La política es así. Si quieres pasar a la historia de la modernidad y los cambios gástate mucho dinero, aunque no sirva para nada.» —Nuevo asentimiento. Nuevo sorbo.

«Con lo fácil que es comprender que la escuela es el reflejo de la sociedad. Lo tenemos dicho en otras ocasiones. Nada de eso soluciona nada si los valores en juego son los mismos. Hay países con grandes éxitos en educación sin tener que acudir a tanta burocracia, tanta tecnología, tanta calidad, tanta norma nueve mil… no se qué y tanto barro en las ruedas para avanzar con éxito».  —Suelta un taco mientras yo asiento nuevamente.

«Quiere usted cambiar la escuela? ¿Quiere usted tener gente con valores sociales indispensables de honradez, seriedad en el trabajo, responsabilidad y respeto en la vida? ¿Con interés por la ciencia y la investigación? ¿Quiere usted que la cultura sea un bien deseable por todos, admirada y valorada por todos? ¿Quiere que la gente lea, sepa hablar y escribir, escuchar, pensar, crear, inventar o descubrir? ¿Quiere una sociedad dinámica en todos los sentidos? Pues empiece por la sociedad, oiga. Repito —me dice—: no es la escuela quien cambia la sociedad, sino la sociedad la que tiene la escuela que quiere, según los modelos que le transmiten, los valores que le dan como buenos, que le fluye, o que le han hecho fluir. La sociedad es el espejo donde se mira la escuela.»

«Y es muy fácil manejar la sociedad. Los gobiernos y partidos populistas lo hacen constantemente. La gente se mueve, nos movemos, por emociones y sentimientos. Nadie analiza nada objetivamente. Y menos si tiene que ver con la política. Y todo es política, oye. Si es gratis, si habla de igualdad y esas cosas, es bueno. Luego descubrimos que nada es gratis y que la igualdad es por abajo, no por arriba, matando a todos los que la naturaleza o las circunstancias ha hecho emprendedores, o tienen madera de líderes, o saben ser más eficaces… O son más honrados. Tantas cosas. Cosas muertas actualmente. No solo no destacamos en nada, además nos salen gusanos podridos por todas partes —Ríe—. Por algo será. No es que las madres españolas pongan huevos podridos. Los bebés al nacer eran  buenos y bonitos, faltaría más. Pero después, fueron absorbiendo ese aceitillo social espeso que nos unta todo y…»

«Esa sí sería la gran revolución en España. El gran cambio. Todo lo demás… olas que pasan, una y otra vez, una tras otra, años y años, generaciones y generaciones. Y mientras discutimos si llamamos educación comprensiva, significativa, si galgos o podencos, o lo que quieran llamar, nos vamos quedando irremediablemente detrás en la historia, anclándonos en la mediocridad, cuando no directamente en la indigencia cultural y en la otra, que todo va junto. Mientras los maestros nos dedicamos al papeleo y más papeleo, mientras la escuela es una cascara de nuez sometida a los embates de la hipocresía, la demagogia y el populismo, todo será siempre un fiestorro del tipo botellón, pero muy caro, eso sí. Porque es propio de los que no saben qué hacer, o no quieren, gastar mucho dinero para que la incultura por lo menos se adorne de oropeles y nos parezca un avance cuando no es nada. Y entre tanto, dineros que se pierden, que de esto sí sabemos mucho. Y así una y otra vez. Los romanos lo inventaron, ya sabes, con su «pan y circo». A las pruebas me remito.» —Un sorbo de té me acompaña después del afirmativo gesto de cabeza.

«En los años ‘franquistas’ —prosigue—, cuando la miseria era general en España, de la que fuimos saliendo poco a poco, y no existían ninguna, ninguna de las tecnologías con las que hoy se adorna la escuela, y las corrientes pedagógicas —que las había porque las ha habido siempre—, estaban guardadas en el bahúl de los recuerdos, la gente, que tenía ganas de aprender, que consideraba la escuela como un lugar para educarse, adquirir conocimientos y salir de la miseria sabían mucho más que ahora. Socialmente, aún en la miseria, era de dominio público que la educación era, es, un bien necesario. De dominio público. Las matemáticas que resolvíamos aquellos niños son ahora cosa de ingenieros. Los problemas matemáticos tenían enjundia, las operaciones, la lectura y la escritura tenían enjundia. Y todo era un estuche de madera, unos cuantos lápices, goma, sacapuntas o cuchilla y… el gran secreto, la esencia de todo esto: ganas e ilusión.»

Hicimos una breve pausa para tomar unas galletas, como manda la tradición. Y entre tanto mi amigo vuelve a cargar de munición su razonamiento apasionado.

Me cuenta mi amigo que hay niños que hoy, solo en estuches, lleva más de dos kilos en la mochila. «Con todo tipo de maravillas: rotuladores, plastidecores, fluorescentes, lápices de colores, ceras… Nunca aprender tan poco ha costado tanto —dice—. «Y a eso añádele las aportaciones del colegio: pizarra electrónica, ordenadores, tabletas, etc. etc. Y a eso añádele también las florituras ortopédico-pedagógicas, papeleos mil…
Y la sustancia… en otra parte.»

«Los mareantes de turno proponen planes similares a tal o cual país. Como si los seres humanos no fuésemos iguales en todas partes. No es el modelo sueco, americano, alemán, inglés, finlandés o coreano.  Que no es eso, señores. El modelo de escuela responde al modelo social. Cambie usted el modelo social, y deje de copiar, hombre. Y copiar mal, además. Hemos seguido sistemas americanos, japoneses… Ahora estamos funcionando como si fuésemos una fábrica de coches. ¿Pero… es que somos coches? ¿Somos herramientas? ¿Se fabrican coches en el colegio? ¿Productos cárnicos tal vez? Entonces por qué y para qué tanto papeleo, tanta norma nueve mil, tanto tiempo perdido en tantas cosas?»

«Empiece usted por introducir los valores necesarios, que se perdieron por el camino. Recupérelos. Comprometa usted a las televisiones y los medios de comunicación que son realmente los educadores, los transmisores de los lemas de la propaganda política; los que crean conciencia, moda y costumbre.  Consensue usted con todo lo consensuable. Dígales que no todo vale. Libere a la justicia. Muestre a la juventud situaciones de grandeza de espíritu, de entrega, de sacrificio, de honor, de libertad, de saber, de honradez, de conocimiento, de sed de saber, de investigación, de progreso, de altruismo, de… Proponga hombre, proponga. Ponga usted de moda la cultura, la educación, la honradez y el respeto. Y luego, de todo eso, saldrá la escuela que perpetúe esos valores. Verá usted como no somos los más tontos del patio común europeo ni nada de eso. Sea usted generoso con su país, hombre de dios… Pero no nos engañen con las tecnologías, como si estas fuesen la panacea que nos cura todos los males.»

—¿Otra taza de té?