domingo, 7 de junio de 2015

PEDAGOGÍA POLÍTICA


Por fin acabaron las elecciones. Con todo el torrente de imágenes, palabras, promesas, datos, mensajes, porcentajes y toda la parafernalia que lleva consigo la situación, uno viene a concluir lo pésimos comunicadores que son, en general, los políticos españoles. Algunos, sobre todo. Otros, con voces de sirena, han sabido pescar en el mar revuelto de la crisis para sacar provecho en ese caladero generoso, formado como siempre por gente con la poca sustancia para entender el proceso y que se dejan llevar fácilmente por la bilis, siendo presa fácil del descontento y toda la mala leche acumulada en estos años. Son más las ganas de convencerse que la capacidad de convencer. Entre crisis económica y crisis de valores humanos (la gran crisis), hay mucha gente que le tiene ganas a mucha otra, de distintos partidos tradicionales, de izquierda o derecha, aunque en estas cuestiones, desde luego, la izquierda tiene muchísima más tradición, facilidad y gancho.

De modo que, de entre todos, y a mi parecer, los más lamentables son los de la derecha. La derecha todavía no sabe, no entiende o no puede entender qué es la política. Al final venimos a creer que no gana elecciones sino que las pierde la izquierda.

La política, y eso lo sabe muy bien la izquierda, es comunicación, y los partidos de derecha no consiguen, porque no pueden o no saben, comunicar con los ciudadanos. Quienes les votan es porque simplemente no quieren votar a la izquierda, pero no porque el partido del gobierno (todavía) les sea atractivo. No conocemos las ideas del gobierno prácticamente en nada relacionado con la vida de la ciudadanía…  Y lo que se supo no se cumplió. No sabemos qué quieren hacer y para qué con la educación, con la agricultura, con el turismo, la industria, la sanidad…  No explican el por qué y para qué de sus políticas. No sabemos qué quieren en nada, porque ellos tampoco lo saben. No sabemos qué modelo de sociedad quieren desarrollar. Parece que solo les preocupa la economía, dejando el terreno de la política a sus adversarios, y ahí se las dan todas.

En España, votar derecha es huir de la izquierda, y eso es una decisión personal de los votantes de la derecha. Naturalmente también votar izquierda es huir de la derecha, y también es una decisión de la ciudadanía; pero además es una convicción inducida por los políticos de izquierda, que en eso de comunicar, ya digo, supera ampliamente a la derecha, a pesar de que también en la izquierda la comunicación ha estado muy floja. Comienzan a dar pena y sus votantes son fácil presa de las nuevas generaciones de políticos, con poco complejo, sin historia reciente, mucho más demagogos porque no han tenido experiencia de gobierno y hoy por hoy están «libres de pecado» En fin, que ya no hay políticos con verbo y emoción, como lo fueron Felipe González o Manuel Fraga, por ejemplo.  Los políticos españoles actuales son en general muy malos comunicadores pero especialmente malos los de la derecha, empezando por su jefe político. Qué mal comunicador es el presidente Rajoy. Aunque se le escuche una hora hablando, uno tiene la sensación de que no ha dicho nada. Los antiguos vendedores de mantas lo hacían muchísimo mejor con su verbo encendido.

Ya hemos comentado en este blog que para estar en política, hay que hacer política, ser hombre político y tener ideas políticas. Por tanto debemos saber de dónde partimos y a dónde vamos, y así tendrá sentido el camino que queramos recorrer. Hay que tener una ideología, aunque sea pequeñita, suave y tímida, Pero los ciudadanos queremos saber cuáles son las fuentes en las que se bebe culturalmente, porque será más comprensible saber cuál es la propuesta a la que se  nos quiere llevar. Es entonces cuando la política tiene sentido y el lenguaje se hace claro; es cuando la política se descubre sin cartas escondidas en la manga, y el mundo de las ideas, y por tanto de las palabras, la oratoria, los gestos tienen su sentido. Salir en público, sin papeles, emocionarse con el discurso, convencer con la emoción, de pronto una subida de tono de voz, un gesto de firmeza, o de rechazo, luego un silencio para que las palabras calen en las almas y de nuevo un tono suave que recoge la idea principal y la eleva a la razón. Para ser político hay que querer y aprender a hablar con la gente, y la gente, toda, es emoción. Nos gusta emocionarnos. Qué sería de una novela, una película, una música, un teatro, una pintura, una poesía, sin que nos transmitiera emociones. Ese es precisamente su éxito. Si no fuera así… sería pura nada. La vida toda es emoción. Sin emociones no hay buena comprensión, y sí apatía y desinterés, como la política que transmite la derecha. Da pena ver hablar al presidente Rajoy, con esa monotonía de voz, sin apenas gestos, sin más emoción que los fríos datos de la economía, con ese molesto y permanente tono agudo. Me recuerda lo que aquel director decía del joven Clint Estwood: «tiene dos expresiones, con sombrero y sin sombrero».

La política, como todo lo referente al ser humano, no es toda razón, no es sólo economía.  Somos también, y sobre todo, emoción y sentimientos. Ya lo recordaba Cervantes en el Quijote: «el corazón tiene razones que la razón no entiende».

Por eso para ser político uno debe prepararse, llenarse de razones, pero también de emociones y sentimientos. Tiene uno que leer, y no poco, porque se trata de alimentar la emoción de las ideas, del proyecto político, de los sentimientos, claro está. A dios rogando y con el mazo, dando, dice el refrán, pero cualquier persona que se dedique a la política debiera tener un cierto bagaje cultural en el que la oratoria y la sabia transmisión de emociones y sentimientos formara parte ineludible. La política no es solo economía, la política es la vida de la gente, y la gente somos sentimientos.

Un político debe hablar con la gente, toda clase de gente, y contarle sus ideales de vida  resumidos en el programa que presenta a la sociedad y que le dan sentido. Un político tiene que convencer a la gente, por eso debe hablar, constantemente, salir del palacio y frecuentar las calles, las bibliotecas, los bares, lo teatros, todo aquello donde late el pulso vital de la ciudadanía. Visitar la bolsa y las fábricas, los colegios y hospitales… Tiene que dar la sensación de que todo aquello lo tiene presente en su cabeza y que desea reflejarlo en su programa y su esfuerzo.  Y hay que convencer, y explicarse. Constantemente. Sin bajar la guardia. Porque cada vez que tú no lo haces, lo hará el otro y en sentido contrario al que tú deseas.

Y eso sabiendo que somos un país con una acusada tendencia anárquica. Ya recordaba Marañón que hemos sido el único país con un partido organizado de anarquistas. Y si  hay algo más  irracional, más fuera de un ser humano social como nosotros, cuyo éxito en la lucha por la supervivencia frente a  otras especies ha sido precisamente  la conjunción social, es el anarquismo. Es fácil pues manejar a esta grey si les hablas del fascismo controlador de las derechas, de los explotadores y explotados, de ricos y pobres, de opresores y oprimidos, de  buenos y malos, de represión y dictadura, de corrupciones (no las de ellos, claro), de barcos hundidos, de… todas esas cosas que salen de la boca sin empacho alguno, por más hiriente, falso e irracional que resulte. La izquierda sabe que los motores de la historia también lo forman la envidia, el odio, la soberbia, la vanidad, el ánimo de venganza… Estos son los auténticos protagonistas de los movimientos sociales. Pero… ya se ve que son pura emoción, puro sentimiento. La izquierda lo aprendió ya en su origen, hace mucho tiempo, y lo usa con profusión. No le ha fallado jamás. Y las más de las veces es su única arma de pedagogía política y electoral.

Y la derecha gobernante actual, que no tiene arma ideológica alguna, no sabe responder, no tiene pedagogía con la que contrarrestar ese bombardeo continuo de todos los apesebrados de la izquierda (también los hay en la derecha, pero muchos menos), que son legión, y ocupan  sindicatos, prensa, radio, televisión… Y podemos continuar con los artistas subvencionados…  La pedagogía nace del convencimiento interior y es hija de la ideología. Algo hay que tener, alguna idea sobre la que edificar.

El bueno de Chesterton decía: «el mundo se ha polarizado entre progresistas y conservadores. Los primero juegan a cometer errores, y los segundos a no corregirlos».

Y es justamente lo que sucede, entre una izquierda demagógica en extremo, y una derecha acomplejada también en extremo. Incluso muchas veces, copiando políticas de la izquierda. Pero a la izquierda no le importa que sea su política. No la va a aplaudir por eso. La POLÍTICA,  con mayúsculas, solo la hacen ellos. No vale que otros la hagan igual. Que les copien el programa. Da lo mismo. La izquierda quiere el poder, porque le pertenece por ley divina, y rechazará a la derecha siempre, siempre, siempre. Y estamos hablando de izquierda y derecha española, que no tienen igual en ningún otro país de Europa. Porque una izquierda que se alía con la derecha más extrema, que es la nacionalista, con el fin de no darle ni agua a la otra derecha que representa a tantos millones de españoles… no tiene explicación alguna racional. Hacen bueno aquello de… «el enemigo de mi enemigo es mi amigo». Véanse, si no, los planes para un «cinturón sanitario» para excluir a PP, no pensando que es un partido tan democrático como el que más y que representa a millones de españoles. Semejante irracionalidad, en una democracia, no tiene nombre. ¿En qué país se establece un cinturón sanitario contra otro partido político?

Y entre unos y otros, todos tan singulares ellos, estamos nosotros, viendo encantados a la princesa del pueblo.

En fin, somos un país extraño que hace mucho cruzó la barrera de la incultura para retroceder hasta la insensatez.

O como decía Groucho Marx: «salí de la nada y he llegado a las más altas cotas de la miseria».

jueves, 23 de abril de 2015

GOLFOS GOLFOS GOLFOS

Desde el nacimiento de esta llamada «democracia» hasta ahora, hemos hecho una colección de personajes dedicados a la política que la han convertido en una golfería común. Los habrá honrados, digo yo que sí, aunque saber de la falta de honradez de los demás y no denunciarlo… tampoco redime de los pecados. Y los personajes están en todo eso que se llama el «abanico parlamentario». Hay golfos por todas partes y parece ser que nuestra particular forma de entender la política les alienta a encontrar un sitio en ella desde donde poner en marcha su golfísima afición.
¿Cómo hemos llegado a tener varias generaciones de golfos ininterrumpidamente en la política?
Son varias las causas, porque todos somos hijos de la historia.  Por una tenemos que la picaresca es cosa común en el  alma hispana como es sabido. Lo de Rinconete y Cortadillo nos va mucho, y lo miramos incluso con simpatía. Es cosa de listos, suponemos. De ahí que en cuanto nuestro niño pequeño comienza a hacer trampas ya le decimos a nuestros vecinos muy satisfechos… «Este es más listo…» En España, ser listo significa ser pícaro y golfete. No deja de ser curiosa la cosa. Y encima lo rematamos con dichos como…«de bueno a tonto solo hay un paso». ¿Y quién quiere ser tonto? Pues marica el último.
Otra parte nos viene por las enseñanzas de la iglesia y el régimen político adscrito a ella.  Caramba, dirán algunos, ¿la iglesia enseña a robar? Bueno, la iglesia ha sido muy condescendiente en ciertos aspectos y muy intransigente en otros. Y esa es la cuestión, que elige los valores que quiere transmitir con mayor o menor intensidad. La iglesia ha pasado mucho tiempo hablándonos de los pecados de cintura para abajo (qué obsesión) pero no dejó tan clara y perseguible por los fuegos del infierno cosas tales como la honradez, la sinceridad, la honestidad, el esfuerzo, el valor del trabajo, el respeto a la naturaleza, el amor a los animales, etc. y todas esas cuestiones que empleamos más a menudo. La Iglesia ha elegido lo que quiere perseguir más y lo que menos. Eso hace que los valores sociales tan ampliamente extendidos por el magisterio de la iglesia en el marco del régimen que la amparaba, carezcan ahora de los valores tan necesitados de ellos, como la honradez. Y para más INRI (me salió sin pensar) se encargaron también los progresistas de destruir todo recuerdo, bueno o malo de aquellos viejos valores. Si malo, evidenciarlo, si bueno reducirlo al olvido. Somos como seres sin historia, entes sin sombra o pisada sin huella.
De modo que los valores, mejores o peores,  que antes eran socialmente aceptados y respetados, fueron desmantelados por la izquierda, la tercera causa, que en sus ganas por hacer desaparecer de la memoria colectiva la influencia de la religión y el llamado franquismo —mal de todos los males— para implantar su nuevo orden, destrozaron todo con sus leyes de educación. Esa es la auténtica Fragua de Vulcano donde los progres, a golpes de su interés, forjan los nuevos seres que ellos necesitan: ligeros, flexibles, alegres en su ignorancia, con la alianza de civilizaciones, europeísmo, multiculturalismo y todo lo que suponga diluir una cultura para que desaparezca. «A España no la va a conocer ni la madre que la parió.» Dijo aquel. Y así es.
De ahí nos vienen estos golfos, de aquellos lodos de la historia. En realidad cada uno de nosotros llevamos un golfo dentro. Solo que hay quien llega a su lugar y tiene opciones para desempeñar su querencia, pero todos de una forma u otra la desarrollamos a lo largo de nuestra vida, porque esto es una carrera a ver quién llega más lejos. Cuando no declaras beneficios, cuando mientes para que te den una beca, cuando no pides el IVA en la compra o la obra que acabas de hacer, cuando… etc. Somos un país de pillos (o eso creemos) ergo somos un país de golfos. De modo que no debería extrañarnos esta golfería generalizada. Seguramente, ese que descubre a otro ante los medios, el que lo estigmatiza y somete a la «pena mediática» es tan golfo como aquel. O está en vías de serlo. Ya saben el dicho: dime de qué presumes y te diré de qué careces. Estamos rodeados de ellos por todas partes ocupando todos los colores políticos. Véanse, si no, los recién llegados, con su también recién historia de golferías y engaños previos. Y ahora pretendiendo una “aureola” de intelectualidad revolucionaria que suponen les da la Universidad. Y encima nuestra universidad, que está hecha unos zorros. Ya dice, y dice bien,  el lema de la salmantina… «Quod natura non dat, Salmantica non præstat.»
Pero el ansia de poder, y sus prebendas, son así, un acicate para muchos que les hace no perder tiempo y bien temprano se dedican a ello. No hay más que ver cuánto político ha salido desde el mismísimo instituto, sin haberse curtido antes en trabajos, nutrido de cultura y responsabilidad. Cualquier follonero/a que se aprenda la aguja de marear, será fichado por partidos, sindicatos, etc., y con el tiempo lo veremos ocupando puestos en ayuntamientos, diputaciones, gobiernos autónomos y parlamento nacional. Vaya tela. Total tan solo tienen que hacer lo que se les diga. Y hablar mucho y repetir las consignas y mantras tradicionales.
De modo que menos ayes, menos dolores y más remedios, señor doctor.
Nuestro gran pecado pues, del que no sólo no hemos podido salir sino que todavía hemos profundizado más es el fracaso educativo. De ahí nos viene todo. Es este el pilar fundamental de toda sociedad. Lo vienen diciendo profesores, educadores de todas categorías… y gente apolítica y con sentido común.
 Comenzó, como viene siendo registrado, estudiado y dicho, por las políticas educativas llamadas «progresistas», palabra corrupta que perdió su inocencia bien pronto, como es habitual en estos lares plenos de demagogia. Con gran ánimo destructor, muy propio de la progresía, que considera que solo ella es la poseedora del árbol de la ciencia del bien y del mal, se sustituyó lo mucho o poco, bueno o malo que hubiera para llegar a una nada metafísica e intangible. Se comenzó por desmontar una pieza esencial: el maestro. Ya se le llamó profesor, intentando así que no fuese la persona que educa, sino tan solo que enseña. Pero no se puede enseñar sin educar ni educar sin enseñar. Se desmontó la autoridad del maestro (aquellas tarimas que había en las clases para que el maestro pudiera ver bien y que los progresistas   vieron en ella una forma de endiosamiento del profesor); se llenó de religión laica la escuela para quitar la influencia de la otra (la felicidad ya, aquí y ahora, nada de cielos futuros). Así se le hizo al niño todo fácil, para que no sintiera el más mínimo desasosiego y el cole fuera un lugar divertido, dónde no hay que esforzarse, ni sufrir por aprender, ni nada que moleste al objetivo número uno de la vida que es la felicidad. Los padres despiden a sus hijos en la puerta del cole con un juvenil… ¡pásalo bien! Los padres, siempre niños... Hemos pasado del homo sapiens al hombre feliz, directamente.
Todo fue, pues, puesto como un juego y las modernas pedagogías comenzaron a empujar hacia lo lúdico poniéndolo todo patas arriba.  Todo tenía que ser lúdico-festivo. Esa ha sido la palabra de moda. Se penalizó la memoria, a la que se vio como algo arcaico y primitivo y que hacía sufrir a las criaturas. No hay que memorizar nada. Qué burros. Sin memoria no hay aprendizaje, porque la memoria es parte fundamental. Se parte de lo que sabemos para establecer conexiones y formar en nuestra mente una comprensión del mundo que nos rodea. Sin memoria no hay nada. Entiéndase por qué a los ordenadores lo primero que se les dota es de una memoria, y luego los procesadores que llevan y traen con rapidez las órdenes como un sistema nervioso. Da gusto saber, aunque solo sea por eso,  dónde nace el Ebro, y comprobar, a su paso, que aquella es una de las ciudades por donde discurre (Mirando de Ebro, Haro, Logroño, Calahorra, Tudela, Zaragoza, Pina… etc.) Qué tiempos aquellos en el que el saber no ocupaba lugar. Ahora el lugar permanece vacío, porque no hay saber ni… recuerdo. Se lo llevó el viento de la historia.
Se cambió todo en la escuela, ya desde la escuela primaria. A veces, como dicen los profesores veteranos, solo cambiando palabras usadas y sabidas por otras, con el único fin de darle más relieve a tal o cual acción. Igual que hacía la iglesia. Por ejemplo las programaciones, la motivación, y ahora las transversalidades y mil palabritas más que no llevan a ninguna parte pero que enredan y quieren darle un cierto aire científico a la cosa. Tampoco hay padres ni alumnos, sino clientes.
A los maestros se les ha sumido, y hundido, en el trabajo arduo de papeleo. Hoy los profesores tienen que registrarlo todo. Ya solo falta que hagan análisis de orina al entrar y salir de clase, con un gráfico que demuestre cuales son los momentos del niño en que más han variado su composición química porque eso puede demostrar cuál ha sido el momento de mayor estrés. Para evitarlo claro. Seguro que fueron las tablas de multiplicar, porque ya hay voces por ahí que se preguntan para qué quieren los niños saber las tablas de multiplicar. Para qué. Para qué quieren saber nada, si ya lo tienen todo en la Wikipedia. Ja, Ja. Y ya lo más moderno: no libros, no asignaturas, no exámenes, no horarios, no deberes, no… Qué fácil se lo están poniendo a Iván Illich y su «Sociedad desescolarizada».
Estos niños, padres del futuro, padres ya hoy, no han hecho más que repetir lo que ellos han vivido desde su niñez. Y así, rodando la bola nos encontramos con esto. Y también las nuevas generaciones de maestros, perdón, profesores, han mamado ese sistema, lo que quiere decir que cuando están en clase tienden a repetir lo vivido y estudiado. La bola es pues muy gorda, porque llevamos muchos años, varias generaciones ya, perdidos en el espacio-tiempo terrestre que un día desapareció de nuestros pies y nos encontramos flotando en el limbo de la felicidad. Sin cultura, sin tradiciones, sin creencias y sin memoria, todo es lo mismo: la nada. Flotar en la nada es lo más alto en el nivel nihilista de la progresía.  Pero como hay que creer en algo, cuando las gentes dejan de creer en los valores que sostienen su mundo, comienzan a creer en cualquier chorrada. Es frase del bueno de Chesterton.
No es de extrañar pues que encantados en nuestra nada interior, proliferen los pillos y golfos como los mosquitos a la luz en las noches de verano. En su último libro dice Pérez Reverte en boca de un personaje: «El dinero de los tontos es el patrimonio de los listos.»
Y si la progresía es como la energía, que no se destruye sino que se transforma, los conservadores son autistas, observadores mudos, aunque muchos, como de los otros,  afanados golfetes, que nada tienen que decir de nada, y que les da lo mismo una cosa que la contraria, sumidos en una mediocridad de ideas que deja a la mismísima noche en el lado de la luz de sus miserias.   Como decía aquel periodista: de profesión sus crepúsculos. Así es la derecha.
Pero no se puede montar una sociedad moderna, eficiente, democrática, activa, culta y libre sin una educación que premie el esfuerzo, el interés, el trabajo bien hecho, la honradez, la responsabilidad, las buenas costumbres, etc. etc. etc. En cambio aquí estamos, entre unos y otros.
Chesterton lo decía también: Todo el moderno mundo se ha dividido en conservadores y progresistas. El negocio de los progresistas es ir a cometer errores. El negocio de los conservadores es evitar que los errores sean corregidos. 
Y la casa sin barrer y más golfos que botellines.



lunes, 23 de marzo de 2015

¿AUTONOMÍAS? NO, GRACIAS

Con más de treinta años en el poder, los andaluces han vuelto a dar el mando a los socialistas. Con la inmensa red de clientelismos, favorecidos y choriceo en general, a ver quién es el guapo que no les vota. Es votar sus habichuelas. Cada votación en Andalucía es la continuación de un sistema podrido del que no quieren, unos, y no pueden, otros, salir. Tal es la cosa que el PSOE, y su clientela, se han convertido en la sección conservadora de la sociedad andaluza. Conservadora de sus mamandurrias y su sistema de corruptelas.
Los libros sobre los movimientos sociales que antes manejaba la izquierda lo decían muy claramente.  A mí me examinó el correspondiente profesor de historia, —socialista, naturalmente—, con esa misma pregunta para el examen final, oral.  Cómo hacen los de arriba para que los de abajo no les quiten el poder. Porque los de arriba hacen algo para mantenerse en el poder, y los demás hacen otras cosas para quitárselo. Esa, decían, es la dinámica de la historia. Es decir, que todos los partidos son pues progresistas y/o conservadores según donde se encuentren. ¿En el poder? Conservador. ¿En la oposición? Progresista. Vale. Respetemos ese juego. Pero…que después de más de treinta años en el poder, y con todo lo que sabemos que pasa por ahí, más lo que sospechamos que pasa, que siga existiendo tanto paro y que Andalucía siga estando a la cola de España y Europa… es muy fuerte. El PSOE es, como decían las viejas pero vigentes teorías socialistas, el partido conservador andaluz. Mira tú por dónde.
Un conocido y sesudo comentarista político señalaba que la famosa “franja de Gaza” tiene el mismo porcentaje de parados que Andalucía. Y oigan ustedes, Andalucía está en Europa, no en medio de países en tensión permanente.  Disfruta Andalucía de  una posición aventajadísima para que la vida mejore significativamente. Pero treinta años, y sonrisas, y frases, y palabras, y que malo es el  PP, y que ladrones, y Gürtel, y el otro y el de mas allá…Y la casa sin barrer. A la izquierda, como a los nacionalistas, se le da muy bien desviar balones para que la atención se ponga en otras cosas. La cosa mediática la bordan. Un diez. Igual que en Cataluña ocultan sus trampas tras la cortina de la independencia, los socialistas andaluces ocultan las suyas con el palabreo habitual: los señoritos, la libertad, las tierras, los obreros, la gente que pasa hambre, la infelicidad de los pueblos oprimidos, la tiranía de los otros,  los que se quedan sin casa, etc. etc. etc. Los que no creen en eso pero saben que ahí le van las habichuelas pues…  no tienen empacho en repetirlo y hacerlo suyo, y los demás… pues son gente que se deja convencer por las palabras fáciles, los gestos, los mensajes simples —me recuerdan los mítines enfadados de Hitler, con sus gestos, sus gritos y sus puñetazos al aire que hipnotizaban a la gente—, el puño cerrado, el grito, la convicción de enfado ante tantísima injusticia, y piensan realmente que estos les van a salvar. Pero en más de treinta años no les ha dado tiempo todavía. Pobres andaluces en una Andalucía rica en tantas cosas.
Cuando uno habla con nacionalistas catalanes o vascos, el tema andaluz les escuece mucho e incluso se justifican en él para sus reivindicaciones separatistas. Esa Andalucía que recibe tanto —y que luego lo dedica a eso que sabemos ya, dicen— , y que aporta tan poco, es algo que, justamente, no lo pueden asimilar. Les escuece. Y razón no les falta.
¿Es que acaso el PSOE es incapaz de crear riqueza  —para unos sí, evidentemente—, de hacer avanzar a la sociedad andaluza hacia la modernidad y el verdadero progreso? No hay progreso si no hay trabajo. Nada. Cero patatero de progreso.
Parece ser que no, que no es capaz,  porque pocas izquierdas son tan “especiales” como la izquierda española, todavía con la revancha de la Guerra Civil, encantados de abrir una y otra vez las heridas, porque viven de lamerlas.  Y más aún la andaluza, donde hay tanto millonario de izquierda que habla de repartir, de justicia social, de tantas y tantas palabras de acusación pero… A eso se le llama hipocresía. Y a los que les votan, apesebrados  o ingenuos, que de todo hay.
Así que no nos extrañemos que haya gente que piensa que la verdadera carrera de España hacia el autentico progreso y bienestar, pasa por liberarnos de una Andalucía  acomodada en el derroche, la corrupción y la falsedad.
Tal vez el invento de las comunidades haya sido el más perverso de la transición. Al tener un solo gobierno, un solo poder, es mucho más controlable. Pero cuando se tienen diecisiete nacioncitas, con todos sus gobiernitos, ministerios y ministritos, con todos sus funcionarios, con su política particular en tantas y tantas cosas y que además cada una tira para lo suyo sin querer aceptar muchas veces las reglas de juego generales… ese barro en las ruedas del carro, y no otra cosa,  es lo que nos impide avanzar. No estábamos hechos para esto. La transición no fue más que un apaño de políticos ente políticos para llegar hasta aquí. Nacionalismos, derroches, golfería, mentiras… Felipe González les decía entonces a los vascos… “tranquilos, eso es vuestro”. Supongo que también les diría lo mismo a los catalanes, por eso apenas hicieron oposición en Cataluña como en el País Vasco, y de ahí viene la radicalización de unos y otros. Y pensaría lo mismo de Andalucía. Aquello es lo suyo, lo de ellos. Y tan es así que ahí van, a la cola de la cola.
Y no era tan difícil si se pensara con generosidad y honestidad, valores ambos sobradamente demostrados en estos años de su total ausencia. Algunas condiciones indispensables sin ser más listo que nadie: justicia independiente de partidos; favorecer la creación de pequeñas industrias, que son las que contratan; bajar los impuestos a los autónomos. No más enchufados, no más  funcionarios, no más trampas ni tramposos, justicia rápida e inflexible, cumplir las reglas del juego de todo el país… Y Andalucía subirá. Lentamente, pero subirá. Pero… no es esa la idea del PSOE, y yo diría que de ningún partido político. Se piensa en clave de poder, no en clave de bienestar, de libertad, de auténtico progreso. No se piensa en el ciudadano, ni en el país. Los partidos piensan… si hago este movimiento… ¿nos beneficia como partido?
O bien nos separamos todos de Andalucía, o bien nos quitamos de encima las autonomías, que, como ya decía la película de Rafael Gil, se convirtieron muy rápidamente en “autonosuyas.”   Y Andalucía, a la vista está, después de más de treinta años en la cabeza del paro, es el resultado de esa manera de hacer política.

Quédensela pues. Déjennos libres. 

sábado, 14 de marzo de 2015

DE CULTURA Y OTRAS GOLFERÍAS


Motivados por las buenas temperaturas, Nora y yo salimos a pasear. Ya se ansían los días soleados, la luz, más luz, que decía Goethe. Y es que la falta de luz es como morir un poco. En cambio en primavera y verano, la vida estalla en todo su esplendor. Los animales sabios hibernan, se aletargan en invierno, y dejan que la naturaleza se recobre a sí misma, se renueve y se presente otra vez ante nosotros con la cara lavada,  sonriente y feliz para volver a ser el escenario de nuestras vidas. En invierno todo es tristeza, aletargamiento, agonía. En verano la vida corre bullanguera por todas partes haciendo del vivir la máxima expresión de la alegría.  Uno sale al campo y entre gorjeos de pájaros, conejos que corren, cantos de chicharras, hormigas afanadas en llenar la despensa, frutos que cuelgan de los árboles, insectos de todas clases recibiendo su ración de sol, como personajes que son por derecho propio de este teatro de la existencia, uno se llena de gloria, se deja acariciar por el bendito sol, respira el aire denso y caliente y se llena de vida. Ah, la vida. Qué gran misterio y gran milagro es la vida.
Pues bien, disfrutando de nuestro paseo habitual, nos encontramos, oh cielos, con nuestro buen amigo el maestro. Ya se jubiló, y anda el hombre medio perdido, caminando aún entre el todo y la nada, la sombra y la luz, intentando encontrarse en este  su nuevo mundo. Y es que no hay nada como levantarse y tener algo que hacer. Cuando la vida no te da trabajo, la vida se convierte en un trabajo en  sí misma, además agónico y desesperante. Y ahí anda nuestro hombre, que nada más vernos se une a nosotros, previas caricias a Nora en el pasear por las calas de esta Torrevieja cada vez más fría e impersonal. Esto ya no es un pueblo, ni una ciudad. Es un negocio.
Una persona que es alma y carne de maestro no tiene otra cosa en qué pensar y cada vez que encuentra un artículo sobre educación, sobre enseñanza, sobre cultura, sobre cómo ha ido cayendo todo esto en España (este país), se le desatan los demonios. Y en cuanto encuentra a alguien dispuesto a escuchar, como nosotros, pues allá que va, a fustigarnos con el látigo de su indignación.
Y nos cuenta que, enfrentados a la realidad de nuestra tradicional incultura, no por culpa congénita de falta de inteligencia sino por esa cosa indecente que llamamos política, todo el mundo busca recetas maravillosas. Acá unos que descubren un nuevo Mediterráneo imponiendo en la clase tal o cual pensamiento o filosofía. Ya saben, la escuela como empresa. Otros que no imponen nada y dejan, oh maravilla de las maravillas, que cada niño se cultive a su antojo para no coartar la libertad, verdadero paradigma que lo justifica todo. Unos hablan de educar para la libertad, otros para la felicidad, otros para el trabajo, otros para… Estamos artos de tanta palabra y filosofía barata. Pero siempre sale alguien vendiéndonos por nuevos los zapatos viejos, solo porque le cambia el nombre, el color o le pone un lacito.
Lo hacen mucho —nos cuenta—, los colegios privados, que gustan de ser los más modernos y avanzados,  habiendo entre ellos una competencia  y corriendo delante del toro de la incultura hasta dejar al pobre animal perdido en las intrincadas callejuelas de su fantasía pedagógica. Pero no importa, a esa fantasía se le añadirá otra, y luego otra, porque la consigna es «marica el último» y el que no innove que se vaya. La cuestión es moverse, sonar. Aparentar vida donde no hay más que muerte cerebral e incultura generalizada. Es una competición a ver quién inventa más y es más innovador y original. Pero el caso es que a la sociedad no llega nada de eso. Hoy, los alumnos universitarios también se pirran por ver «Sálvame».  Cada día se cierran más librerías, y así estamos, a salvo de la cultura, inmersos en una mediocridad gozosa y cómoda que espanta. Que no nos extrañe que nos roben, nos mientan, nos salgan golfos por todas partes, filósofos de la novedad en cada esquina o líderes políticos con recetas que no quisiéramos oír ya y las dejan caer cada día, convencidos — ellos también son ignorantes con título—, de que presentan la gran receta de nuestra salvación.
Nuestro amigo no tiene bastante con los cambios y la nueva condición que se producen en su mente y sigue empeñado en gritar, pero sólo a nosotros, que estamos todos locos. Tal vez no tontos, pero sí locos.
Se empeña el hombre en contarnos que la educación debe ser un pacto de estado, tan importante y capital, que absolutamente toda la sociedad debe conocer sus términos y concertarlo. Y mantenerlo en el tiempo. Nos urge, más que el comer, resucitar de entre los muertos de la incultura y recuperar la vida del conocimiento. Y en eso, toda la sociedad debe implicarse. Desde los reyes, hasta  el último en nacer. Sin cultura no hay edificio social que levantar. No hay más que ruina económica, moral y golfería. Mucha golfería. Solo en un mundo de incultos y golfos pueden darse los abundantes personajes que todos conocemos y que salen a diario en la prensa.
Así que a esta sardina todo el mundo debe arrimarse: la corona, los medios de comunicación, los profesionales de la pluma, de la azada o la tiza, de la mesa, el carro, la  camilla o el deporte. Esto es una misión de todos. Pero los que tienen en su mano  el mango de la sartén del poder, deben poner en marcha, con urgencia, todo ese mecanismo.  Eso sí es una revolución. Pero falta la grandeza y dignidad suficientes para ello. Nuestros políticos son como todos nosotros;  cultural y gozosamente apáticos y egoístas.
Se entiende muy bien aquel lema del famoso Mayo francés: la imaginación al poder. Y añadimos, y la voluntad, honradez y valentía para hacerlo.

Voto a quien lo proponga —dice.

domingo, 15 de febrero de 2015

HAGAN SU CONCILIO, POR FAVOR.



Ya no tenemos patria, si acaso la tuvimos alguna vez. Resulta chocante, y cansina, esa expresión generalizada en nuestro políticos: «en este país…»
No creo que esa expresión la diga un francés, o un alemán, o un italiano, o un británico, o… Cuando los políticos hablan de su país dicen su nombre propio: Francia, Alemania, Italia… etc.
¿De dónde nos viene a nosotros esta expresión? Indudablemente es una forma de evitar decir el nombre, conscientemente, por tanto debemos contar para la respuesta con los dos pilares que han conformado nuestro desaguisado interior: la izquierda, que es quien  propone palabras y conceptos y les da marcha, y la derecha que es quien las asume. Pero la voz cantante en estas cuestiones, como en casi todo, la lleva la izquierda. La izquierda, en España, crea escuela para todo. La derecha ni crea ni se destruye, solo se transforma… en una izquierda pequeñita, con miedos y rubores infantiles.
Que todos somos hijos de la historia, desde luego es una perogrullada, pero, incluso aquellos países cuya historia es infinitamente más intrincada que la nuestra asumen su nombre y por tanto su historia. Lo contrario sería perder la memoria, y sin pasado no hay presente claro ni futuro predecible. Así sabremos que vamos del punto A al C, pero que no debemos pasar por B, porque la vez que lo hicimos nos salió mal y pasaron muchas y malas cosas. El pasado es una lección permanente que, bien asumido, sirve para corregir el rumbo y enmendar errores. Hay que mirar al frente, apechugar con lo que hay y seguir escribiendo la historia sin borrar nada, porque queda ahí como referente histórico. Pero en España, en “este país”, no sucede así. Ahora queremos borrar nombres del pasado en las calles y cosas por el estilo. Es un intento constante de borrar de nuestra memoria sucesos que no gustaron o no fueron provechosos para un determinado sector político. Eso es algo muy de la izquierda, que entiende que el único mundo posible y permitido es el suyo. Es el maniqueísmo puro y duro que les es tan propio. Ellos son los buenos y todo lo demás es malo por sí mismo. Porque de la maldad no puede salir más que el mal. En cambio de la bondad… La bondad les pertenece, la justicia y el amor al prójimo les pertenece desde el origen. En la escenita de Adán, Eva y la serpiente, adivinen a qué grupo político pertenecía cada uno de ellos. ¿Quién creen ustedes que hizo el paraíso? No sean ingenuos, por Dios.
En este afán por borrar la memoria de los españoles, de “resetearla”, como se dice ahora, suceden cosas verdaderamente repugnantes. En tiempos de Aznar, por ejemplo, aún con sus enormes fallos,  España vivió tiempos de bonanza económica y también en política internacional como no los había vivido desde hacía… uf, ni se sabe. Eso, naturalmente, no podía quedar en la memoria colectiva.  De ninguna manera. Hay que destruirlo como sea. Y ahí llevan, desde entonces, sacudiéndole por todas partes, y así seguirán hasta que se muera, y entonces le harán un epitafio poniéndolo de fascista y nazi a tope, para enterrarlo bien enterrado y si quedara algún recuerdo, que sea bañado en el odio suficiente. El muerto enterrado boca abajo y una enorme losa de piedra encima. Por si acaso. Aún recuerdo los chistes en las series de TV más populares: “eres más feo que el bigotillo de Aznar”, y cosas por el estilo. A nadie se le ocurrió jamás decir…”eres más mentiroso que Felipe González”, pongo por caso.
Es un empecinamiento que siempre ha llamado la atención. Es una querencia del tiempo pasado y una negación del tiempo presente. Ningún avance es posible, más que por el camino que ellos marquen. Y así es, así hemos vivido muchos años y así continuamos, de modo que las puertas del siglo XXI siguen cerradas para nosotros, que queremos cerrar todavía el XX pero… «de otra manera».  De modo que estrenado ya el siglo, continuamos en muchos aspectos, influidos por nuestros dirigentes políticos, caminando con las zapatillas de esparto atadas con cintas de otras épocas. Y resulta ya ridículo. La gente en general, y la gente joven en particular, desea ya una España  moderna, que mire al frente. Necesitamos como el comer un proyecto claro de futuro, basado en una relación entre los españoles y España, con otros aires.
Pero esto no sucederá mientras la izquierda no asuma la historia, buena y/o mala. Incluso se advierte un deseo en volver atrás, a determinados momentos. Como si el tiempo no hubiese pasado. Y la derecha, vacía de ideas e ideales, asume esas posturas y no aporta nada. Habla floja, cayéndosele las palabras de la boca, como muertas y sin ánimo. Con semejante actitud no convencen a nadie. Un líder debe creer en sí mismo y en lo que dice. Eso la izquierda lo sabe y aprende muy bien en la primera lección. Otra cosa es que la creencia sea correcta.
¿Se imaginan un programa de Televisión como el del pequeño Wyoming, pero dedicado a sacudirle a la izquierda y levantarle todas las falsedades e hipocresías? Yo no.
De modo que entre la cobardía, falta de espíritu e ideas de la derecha, la izquierda juega sola todos los partidos y lleva la voz cantante en tantas y tantas cosas…
Y entre tanto, el gallego que sonríe sin dientes, ocupado, y hace bien, en la economía, y sólo en la economía. Pero… ¿no hay nadie más para hacer política? ¿No hay nadie que diga algo más de tantas y tantas cosas?
Están acohonaditos, porque saben que cualquier batalla que se plantee, por insignificante que parezca, se verá sometida a un bombardeo intensivo de las fuerzas armadas de la izquierda, desde todos los frentes, que son muchos, y entre su fiel infantería y la artillería que viene detrás (piensen y verán periodistas y grupos de comunicación), asegura que ninguna batalla sea perdida, por pequeña que sea. Ellos no desechan nada. Todas las ideas les pertenecen, de modo que cualquier idea, plan educativo, económico o de lo que sea que salga de la derecha, debe ser atacado, ridiculizado y destruido. Y claro, el mundo se llenó de cobardes, aunque de vez en cuando algún héroe se deja ver, aun a sabiendas que será vapuleado y vilipendiado diaria y constantemente. Ministro Wert, por ejemplo. Así que los demás andan escondidos.

En política, las izquierdas se pasaron tres pueblos, y la derecha no llegó a ninguno. Y así estamos. Está claro que una revisión de los ideales, las maneras y las formas de los partidos políticos sería muy beneficiosa para todos. Nuestra entrada en el siglo XXI pasa por ahí. De modo que cada uno haga su concilio, por favor.

sábado, 3 de enero de 2015

PERO QUÉ COÑO SE CELEBRA EN NAVIDAD

«A mucha gente, entre los que me encuentro, no les gusta la Navidad; no encaja con el cristianismo de pobreza que dicen que predicó Jesús de Nazaret  y resulta una fiesta de lujo artificioso, excesivo y sensiblero. Por no hablar de las comidas, que a estas alturas parece que sea la última vez que vayamos a comer. Es por tanto una fiesta incoherente, infantilona, llena de apariencias y falsas ingenuidades. Demasiado espumillón, demasiadas bolitas de colores, demasiadas luces. Los portalitos de Belén parecen gasolineras anunciando rebajas, o tienda del ahora moderno “Outlet” y los arbolitos, un pirulí hortera ocultando su belleza natural en un abrigo de faralaes artificioso. Con lo hermosos que son en sí, los árboles. De pronto, el mensaje cristiano de la pobreza se convierte en un mensaje derrochón pero a la manera tonta, pueril, con mucha apariencia, artificio y engaño. Todo lo que debiera ser auténtico se convierte en artificio. En Navidad la gente se pone blandita porque es lo que toca. Por cierto, los adornos vienen todos de China, y allí no saben nada de la Navidad.  
Parece pues que llenándonos de luces, brillos y cantos vayamos a ser más felices o ser mejores. Es un autoengaño, el mejor “selfi” que los humanos de acá nos hacemos juntos cada ciclo. Es el sistema aquel del avestruz que esconde la cabeza para no ver el peligro. El peligro somos nosotros, pues acabada la Navidad aparcamos los buenos propósitos, descubriendo así la falsedad del asunto, el amor al prójimo se nos funde como la mantequilla y volvemos a donde estábamos, o peor.
Es asombroso que a la orden de “ha llegado la Navidad”, la gente, que vivimos como vivimos, sentimos como sentimos,  donde cada hijo de vecino va a la suyo sin importar lo más mínimo los demás, y si puedo te engaño, miento o estafo, sienta la repentina necesidad de amar a su prójimo cercano, el familiar, en una noche de empalagosa fiestorra llena de comida, con el fin de no hablar de nada, de no pensar en nada, de olvidar lo pésimos que hemos sido y seguiremos siendo con el prójimo el resto del año, acallando las conciencias entre comidas,  dulces y cantos.  El gran negocio de la fiesta ha convertido  el asunto en una obligación social, que no moral, y todo el mundo corre a refugiarse en la familia. Vuelve a casa por Navidad. Es como si una niebla tragapersonas se dispersara esa noche en busca de almas perdidas en la soledad y cada uno buscara refugio en el grupo familiar. Aquel, a quien la niebla alcance solo… se verá perdido en la bruma para siempre. Simplemente desaparecerá de la memoria del tiempo.  Es aquello del ángel exterminador, sólo que en esta ocasión no hay que pintar una estrella en la puerta de las casas, sino que cuando la niebla oscura de la noche alcance a sentir los olores, las risas, los cantos, las luces… pasará de largo en busca de almas en soledad.
La Navidad es una fiesta cruel. A cuánta gente, encallecida el alma para sobrevivir en la dureza de la vida, doblegará esta falsa ternura y le hará recordar que está solo, que es frágil y que no tiene nada que comer, ni qué compartir, ni qué celebrar. La Navidad, pienso, en la cárcel debe ser una cosa terrible para muchos. La Navidad en los asilos, en los enfermos terminales, en la pobreza, en los que duermen en la calle… la Navidad de los solitarios olvidados por el tiempo. Es un día que te recuerda que has sido un perdedor y que la vida no te ha tratado bien. No tienes nada que celebrar, y encima te lo conmemoran.
La Navidad es una aburrida concatenación de días previsibles regidos por horarios y costumbres antinaturales. Las cenas y comidas excesivas, acompañadas de todo tipo de bebidas son una amenaza real para la salud física y mental. Aquello de las cenas copiosas y los cementerios entra en fácil olvido a una gente que se lanza al río de la fiesta familiar con toda la sinrazón, pero toda la emoción del mundo. Pobres gentes que necesitan del abrigo de una noche de calor humano. La Navidad deja en evidencia nuestro desánimo por la vida, por eso tanta gente reprueba la Navidad…»

Oyó ladrar al perro. Interrumpió la escritura y dejó el papel sobre la mesa. Después corregiría el texto. Siempre hay una coma de más, un adjetivo excesivo, una cacofonía evitable o una pésima relación entre tiempos verbales. Oyó por la ventana el ladrido insistente de aquel perro que conocía. Era Charlie, el perro grandón del vecino, sin raza determinada y que acabó sus días de vagabundeo cuando la familia le adoptó. Se pasaba el día solo, en la terraza de la casa. Por la noche, no sabía por qué, ya con los dueños en el hogar, se dedicaba a ladrar de forma intermitente. A veces aullaba. A Mateo le parecía que el pobre perro expresaba algo; tal vez una protesta. Quién sabe. Había observado en este y otros perros, que ladran cuando se sienten solos o abandonados en la casa, o advierten peligro, pero cuando están los dueños los perros se sienten seguros en su manada y ya no lo hacen. Charlie no era así. Se pasaba el día solo, ladraba muy rara vez si pasaba por la puerta algún perro, pero ahora, de noche, con los dueños dentro sí lo hacía. Mateo pensaba que el pobre animal seguía sintiéndose solo en la terraza, sin poder entrar y disfrutar de la compañía de sus amos. Y era de noche, hacía frío, el cielo estaba cuajado del gélido resplandor de las estrellas y en el suelo relucían las baldosas a causa de la humedad que traía el mar cercano. Pensó Mateo que si al pobre perro le ofreciera una golosina… le ayudaría a pasar el tiempo hasta que los dueños, ya tarde, se decidieran a dejarle entrar y él, como cada noche, lo hiciera agradecido y sumiso, rota la voluntad de lucha, vencida la noble rebeldía que le caracterizó de joven,  desanimado por la larga soledad pero agradecido por aquellas horas de cálida acogida en el hogar. Calor, comida y cama, el mejor trío de ases que se pueda dar en las noches frías. Aunque si le añadía compañía, el póker estaba completo. Al menos, eso.
Mateo cogió unos trozos de jamón york. Llevaba  seis lonchas en la mano que sin duda serían un buen bocado para el perro. Esperaba que los dueños no le descubriesen así que, sin hacer ruido, se acercó a la valla. Las ventanas tenían las cortinas echadas y a su través la luz iluminaba tenuemente la terraza, prisión del perro, día a día, hora a hora. Toda una vida en unos pocos metros, esperando la noche bien entrada,  para unirse al grupo humano, comer y echarse en un gurruño de trapos calientes.
El perro lo olió, irguió las orejas dispuesto a cumplir fielmente su papel de guardián de no se sabe muy bien qué, pero… le olió a él, le reconoció y olió el jamón york que Mateo le acercaba. No estando seguro de su reacción Mateo prefirió echarle el jamón al suelo, como a medio metro de la valla a través de los barrotes de hierro de la puerta. Y allí acudió ansioso el perro que comenzó a devorar con avidez la carne olorosa y tierna. Sin apenas masticar, Charlie tragaba ansioso.  Mateo le contempló todo ese tiempo, que fue poco, fascinado por el hambre del perro, casi glotonería.
—Qué, hay apetito, ¿eh?
El perro le devolvió en silencio una mirada amistosa y por primera vez, durante largos segundos, sus ojos se cruzaron y se vieron. Y mantuvieron la mirada. Nunca antes el perro había hecho algo así.
—¿Qué haces aquí? ¿No tienes casa, comida y cama?
—Oye, ¿desde cuándo los perros hablan?
—Los perros no hablamos. Eres tú quien lee en tu mente lo que pienso.
— ¿Por qué ladras tanto todas las noches? Incluso aúllas.
—Los perros ladramos para expresar emociones fuertes y urgentes: peligro, atención, aviso… En cambio aullamos para expresar emociones complejas: nostalgias de otros tiempos o llamadas lejanas a cualquier otro perro que, lejos, lo escuche y quiera responder. Es la búsqueda de la compañía en la distancia. Encontrar  a alguien que como tú, sepa, comprenda y responda. También aúllo a las estrellas para decirles que son hermosas; aúllo al viento para que lleve mi voz cargada de nostalgias y preguntas y me devuelva la voz cargada de recuerdos y noticias; aúllo a veces  para salir de mí e irme muy lejos y conocer otro mundo; aúllo para expresarme, para decirme que estoy aquí. Y mi aullido es también, a veces, vuestro llanto.
— ¿Los perros lloráis?
—Lloramos, sí. Llorar es bueno para no ahogar las penas en lágrimas.
— ¿Las penas? ¿Tú tienes penas? ¡Si lo tienes todo!
—Eso que tú llamas todo, en el fondo no es nada. Es totalmente prescindible. Pero lo que más alimenta, lo que más viste, lo que más cobija, lo que más alegra, lo que os ha hecho fuertes siempre es tener un grupo de personas unidos por lazos de familia y amistad con la que podéis compartir vuestra vida, vuestras esperanzas, vuestras alegrías, vuestros fracasos, vuestra salud y enfermedad. De la cuna a la tumba estáis acompañados. No estáis solos jamás. Los humanos no estáis hechos para estar solos. En cambio nosotros… vivimos en permanente soledad, aun con los amos que te quieren y cuidan... La vida  no es tener, es ser con los demás, es compartir con los demás, es sentirse unido a otras personas. Esa sensación familiar los perros  que vivimos con humanos la tenemos confusa o no la tenemos. Un día nos arrancaron de nuestra verdadera familia y nos adoptaron para vivir en otra muy diferente.
—Comparto contigo algunas de tus opiniones. Pero entonces… aullar también sirve para liberarse del desánimo interior.
—Así es. Y también la alegría.
—Los humanos no aullamos.
—No se te oye, pero sí aúllas. Antes aullabas.
— ¿Yo? No.
—Aullabas dentro de ti contra la Navidad, aullabas contra la soledad, aullabas contra la monotonía de una fiesta estúpida, aullabas contra la incoherencia de unas fiestas de riqueza para conmemorar un nacimiento en la penuria… Según tus palabras…
—Escribía… para mi periódico. Pero… ¿cómo sabes tú lo que escribía?
—El viento, que está en todas partes, me cuenta cosas. Ya te he dicho que aúllo al viento para contarle… y que me cuente. Y me ha contado que tú criticabas la Navidad. Me cuenta cosa tuyas de vez en cuando.
—No sé si creerte. Esto debe ser un sueño. Lo que me cuentas no es cierto. Es increíble.
— ¿Quieres hacer una prueba? ¿Quieres ser un rato perro? ¿Qué tal perro por esta noche?… Es esa que vosotros llamáis… Nochebuena.
— ¿Es eso posible?
—Sí lo deseas sí —contestó Charlie sin dejar de mirarle.
Mateo no contestó. Hipnotizado por la insistente mirada del perro, de pronto, sin dejar de tener sus ojos en los suyos se percató que estaba al otro lado de la valla. Y ante él, con los ojos muy abiertos, le miraba un ser… ¡con su propio cuerpo!
— ¡Dios mío estoy aquí!  Y tú… tú… ¡tú eres yo!
—Y yo soy tú. Ahora podrás comprobar qué tal sentimos los perros y podrás tener una visión de la Navidad desde la otra parte. Por esta noche despídete de tu odiosa Navidad.
Un ruido en la puerta de la casa puso en aviso a Mateo, ahora perro. No supo qué hacer. Miró la puerta de la casa que parecía abrirse en cualquier momento y miró también la puerta de la terraza. Charlie, el ahora humano Charlie, no estaba. El corazón le latía con fuerza y rapidez. ¿Qué iba a pasar? ¿Se darían cuenta? ¿Qué tenía que hacer?
La puerta se abrió y quedó abierta. El humano Charlie no supo qué hacer y se mantuvo a cierta distancia. Se acercó a oler…a mirar con la nariz. Y olió a caliente, a tibieza…
Ante sus dudas, una voz se oyó:
— ¡Charlie! ¿No entras?
Se decidió al fin y entró. Nunca había estado allí y no conocía la casa. Oyó ruidos en una habitación y allí se dirigió, siempre despacio y receloso y descubrió la cocina. La mujer y una de las hijas preparaban la cena. Olía a sabroso, hacía un calor agradable y la luz lo llenaba todo. Como no  le hacían mucho caso se dirigió a otra parte de la casa aún más iluminada. El padre, un fornido carpintero, colocaba los últimos adornos al árbol de Navidad. Las bolitas de colores relucían y una guirnalda de luces envolvía todo el árbol. Cerca de allí, una mesa con un gran mantel rojo, velas encendidas, platos vasos y cubiertos relucientes… La fiesta. La Nochebuena.
Todo el tiempo estuvo inquieto, no sabiendo cómo hacer, dónde estar. La mano de la hija más joven de la pareja, que ayudaba a su padre con los adornos del árbol le pasó por el lomo.
— ¡Charlie, estás frío! ¡Tiene el lomo helado, papá!
Y sin esperar ninguna respuesta  la niña cogió una mantita y se la puso en el lomo. Luego acercó una cama redonda, donde seguramente se acostaría Charlie y la puso cerca de la estufa.
—Ven aquí, Charlie, acuéstate un ratito.
El enorme placer de la cama, acostado cerca de la estufa y el calorcillo seco de la mantita le parecieron a Charlie de una calidez humana extraordinaria con un perro. Es más, todo el que pasaba por allí, madre, padre o hijas, tenían para él una caricia, unas palabras cariñosas e incluso, de vez en cuando, una golosina arrebatada a los guisos de aquella noche.
Y de pronto un timbre, unas voces, un ruido de coches. Charlie pensó que debía ponerse en perro guardián, pero no supo ladrar, y cuando quiso levantarse las hijas, alborozadas, ya habían hecho pasar a un grupo de personas que, entre abrazos, besos y risas, hicieron su aparición en aquel comedor tan reluciente. Pensó Charlie que debían ser familiares o amigos, y que venían a cenar juntos, según tradición. Eso sí, todos hablaban raro. No era la lengua común en el lugar. Entonces recordó que sus vecinos eran sudamericanos y entendió que aquellos no eran familiares, tan lejanos, sino que como ellos, debían ser del mismo país y hacían piña, formaban una pequeña familia en aquella noche.
Lo pasmoso fue que cuando todo volvió a serenarse, uno a uno, los amigos de la familia pasaron a saludarle a él, y cada uno le trajo un regalo. El niño pequeño le trajo un juguete, un muñeco de perritos que al morderlo pitaba, la señora le había tejido una mantita, y el padre un jugoso filete de carne que, sin saber cómo, comenzó a hacerle la boca agua. Iba ya a morderle cuando la niña menor de la casa le dijo:
—Ahora no Charlie, espera a que cenemos todos juntos.
La reunión familiar se hizo prolija. Sentados alrededor de la mesa se contaban cosas de la vida, de sus costumbres, de su país. El padre tocó el acordeón, las hijas las guitarras y los demás cantaban. Nunca Charlie había visto una reunión de personas tan alegre. La luz, el calor, la comida deliciosa… le mantuvo despierto todo el tiempo excitado por aquellas voces, aquellas risas, aquellas expresiones, aquellas muestras de cariño. Pero lo que más le emocionó fue la cena. Nunca había visto una cena de Nochebuena igual. Consideraban ellos, que el nacimiento de Jesús entre los pobres y gentes sencillas, era una clara invitación a la vida sin excesos, que todo lujo es vergonzosamente superfluo cuando hay quien no tiene para comer o vestir. De modo que comenzaron a sacar tortitas de maíz, legumbres y verduras que chocaban con los langostinos, jamones y champanes que él conocía. Era todo sencillo, como si fuera comida de los pastores que según la Biblia, fueron a adorar a Jesús. Aquella cena de Nochebuena, no tenía tanto de cena, sino que lo que primaba en el asunto era la reunión. El no saberse solos, el saberse queridos por otras personas, el añorar juntos y recordar sus cosas de allá… Todo tan diferente de las cosas de acá.
Fue emocionante cuando el padre, con su acordeón, acompañados por las hijas, entonaron canciones de sus tierra, viejos villancicos en aquel lenguaje recio y sabio que han sabido conservar.

Doña María, le ruego
en nombre de la fortuna,
me deje ver a su niño
que me van a dar la una.

Doña María, yo vine
a ver el niñito ’e Dios.
Usted déme la licencia
que me van a dar las dos.

Pregúntele, Mariquita,
a su esposo don José.
Deje mirar al niñito
que me van a dar la tres.

Tome en cuenta, Mariquita,
casi gasté los zapatos
por ver a su manuelito;
ya me va a dar las cuatro.

De Ñuble vine, Señora,
de los campos de Niblinto,
por saludar a su niño
antes que me den las cinco.

Y esta otra muy popular también, por lo visto:

Buenas noches, San José,
y en compaña de su esposa,
aquí estoy en su presencia
si sirvo de alguna cosa.

¿Dónde está San José?
¿Dónde está San José?
Con el niño y María, los tres.


Señora doña María,
aquí nos mandó mi maire
a cantarle nueve días,
nosotros, los de Pomaire.

Señora doña María,
cogollito de cedrón,
a su niñito le traigo
dos metros de coletón.

Cómo reían, cómo cantaban, cómo se alegraban con las letras…Qué de recuerdos les traía de su hermosa tierra, de su cultura americana y española…
Mateo comenzó a comprender la felicidad del encuentro, de la nostalgia por la tierra madre lejana, de sus parientes allá, tan lejos. Su reunión les había servido para mitigar las penas, además de celebrar la Nochebuena al estilo que la Biblia quiso seguramente transmitir, con absoluta sencillez.
No podía llorar. Efectivamente los perros no lloran. Por eso, sin saber cómo, en medio de un villancico, no pudo resistir más y se dejó ir con un aullido largo e intenso, que admiró a todos, luego le rieron, e incluso los pequeños le abrazaron. El niño se sentó junto a él, en la camita, abrazado a él, y Charlie-Mateo volvió a aullar feliz en la noche más cálida de su vida, donde lo de menos, había sido la comida, y lo demás, la simple reunión de alegría.
«Tenía razón Charlie perro. Los humanos hemos nacido para vivir juntos. Es, ha sido y será, nuestro mejor secreto para la supervivencia, la mejor arma, la mejor respuesta a los retos de la vida.»

Una voz interior le llevó a levantarse y dirigirse a la puerta. La niña mayor, y el niño, entendieron que Charlie quería salir a hacer sus cosas. Además era ya tarde. Así que puesto el collar, abrieron la puerta de la terraza y salieron a la calle. En la acera, una sombra se acercaba caminando despacio hacia ellos. En la noche fría, reluciente de estrellas, aquella persona pasó a su lado. Charlie-Mateo se le quedó mirando. Los ojos se cruzaron en el camino.
—Buenas noches vecinas. ¿Vais de paseíto con Charlie?
—A que haga sus cositas, como cada noche, don Mateo.
—Muy bien. Ha tenido mucha suerte este perro al encontrarse con vosotros. Su vida cambió para siempre.
—Sí —contestó la niña— con Charlie la Navidad es todo el año.
Y el niño le preguntó entonces:
—¿Usted no celebra la Nochebuena?
—Pues… hijo… a mí se me murió la Navidad. Se la comió el aislamiento.
—¿Y por qué no viene usted con nosotros? ¿Sabe cantar villancicos?
La expresión de la niña afirmaba los propósitos de su compañerito, y la verdad…
—Pero hijos…es una reunión familiar… y no creo que…
—Ah, no vecino. Es una reunión familiar pero de vocación, como dice mi padre. No hay relación de sangre pero la hay de cariño. Ande, véngase con nosotros.
Cuando Mateo, ahora humano, entró en la casa, que ya conocía, vio la camita de Charlie, las luces, las comidas, y, sobre todo, las sonrisas de recibimiento cordial de todos los presentes; no tuvo más que sentarse, coger una guitarra y cantar:
—Este villancico es popular andaluz, y se llama María Zambullo, y dice así.

A Belén camina
María Zambullo,
dos pares de bueyes
le tiran del culo.
Y dicen los majos
con mucha alegría:
"¡Qué culo más gordo
que tiene María!".

Ni que decir tiene que las risas inundaron la casa, Charlie aulló, y los turrones y el anís comenzaron a correr cuando ya todos se pusieron a cantar a la vez.
       Y Mateo oyó en su cabeza:
—¿Ves? La soledad, amigo Mateo, es mala consejera.
—Pero yo he dicho antes… He escrito…
—Escribiste desde tu experiencia, basada en el resentimiento. Ahora tienes otra.
—Pero el periódico… mi columna…
—Ya corregirás. Tienes tiempo.  Recuerda siempre que el mundo necesita gente de calidad todos los días, sea Nochebuena o no.
—Feliz Nochebuena, Charlie.
—Feliz Nochebuena, Mateo.



jueves, 11 de diciembre de 2014

EL ARTE DE MENTIR

En un mundo donde las relaciones  entre la gente, estimulados por las redes sociales y los medios de comunicación, son tan poderosos e intensos, en ese mundo, digo, predomina como nunca la mentira como una forma natural de existencia. Desde luego que siempre se ha mentido. Apareció esto que llamamos homo sapiens, y nació la mentira. Porque la mentira es muy útil, tiene muchas aplicaciones. El hombre que se disfrazaba de ciervo, se movía como un ciervo y berreaba como un ciervo le permitía cazar ciervos.  Hoy se sigue usando la mentira en todas sus formas y de manera constante; tanto ya, que es materialmente imposible distinguir verdad y mentira. Y además van apareciendo formas nuevas. Por ejemplo en bancos, instituciones etc.  Allá donde pensábamos que la cosa era muy, muy, muy sería, y que no nos mentirían jamás, porque… cómo va a ser posible eso… pues nos han mentido muy, muy, muy mucho. Pienso en política y en religión. Y todo es política y todo es religión.
Son dos aspectos de la vida humana donde más y más fácilmente nos han mentido.  Desde políticos que gustaban contar su propia biografía, poniéndose por las nubes, claro, hasta quien hace desaparecer del mapa a cualquiera que le pueda hacer sombra en la historia, hasta quien nos roba porque lo público no es de nadie;  y también quien dice conocer a Dios tanto que se permite hablar en su nombre y contar todos los disparates posibles, y con pretexto de su favor especial y muy particular, nombrar reyes y emperadores o escribir leyes extrañas y contra natura. Y a ver quién es el guapo que no cree. Siempre hay, en política o en religión, una Inquisición dispuesta a castigar a los no creyentes.  
Es fácil y explicable que sea en política y religión donde más se mienta, por la sencilla razón de que ambas penetran mucho en el corazón, en los sentimientos de las gentes y poco en la razón. Pero si tuviésemos la posibilidad de pensar seriamente sobre asuntos religiosos y/o políticos, tantas veces de la mano, durante un buen rato, seguramente sentiríamos un escalofrío, una vergüenza que nos llevaría a huir de nosotros mismos, espantados por el ridículo, y nos invitaría a correr a refugiarnos en las cálidas y acogedoras aguas de la mentira. Nuestra madre acogedora.
  Vivir en la mentira es ya una necesidad. Es tan gorda la cosa, el montaje es tan soberbio, con tantas tradiciones que forman ya parte de nuestra cultura  que destruyéndolas nos destruiríamos a nosotros mismos. Mentir es ya tan necesario como respirar. Los humanos hemos construido un imperio mundial basado en la mentira. De ahí la necesidad de que sigamos en ello, porque de lo contrario el edificio podría caerse y sería peor. Por eso ahora… es incluso mucho más fácil, y ya nos colocan todas las facilidades para que desde bien pequeñitos practiquemos la mentira como una base normal, fundamental, de nuestra relación con los demás y la vida toda. Aprender a mentir es fundamental.
¡Es tan fácil!...  Según vamos tejiendo el intrincado mapa de las relaciones humanas, incrementado por los conocimientos científicos y tecnología, vamos también tejiendo, de forma paralela el mundo de la mentira pero ahora con bordados y puntillas. Incluso las verdades a medias, hay que recordar, son mentiras. Internet, por ejemplo, da muchísimas oportunidades de mentir, dado que el anonimato, o al menos el no verse las caras, no nos delata. Ya saben, a veces los ojos nos descubren. Pero ojos que no ven…
Es normal mentir en la biografía de uno mismo en internet. Incluso en el currículum lo hacen algunas personalidades políticas de alto rango. Sin ningún rubor. Cosa no increíble, porque desde siempre los altos cargos de la administración nos han mentido. Desde la prehistoria. De manera que cuando creíamos que la profusión de medios de comunicación nos iba a librar de ese componente maligno de la sangre, resulta que no ha hecho más que vacunarnos contra su dolor y hacernos adictos a ella.
Así que instalados en la mentira, no nos queda más remedio que mentir…. y   asumir las mentiras de los demás. El mundo es pues muy falso, una tramoya que esconde oscuros intereses, egoísmos increíbles y ansias de poder y control de los demás.
E aquí tres frases sobre la mentira que, bien meditadas, aclaran mucho la situación que producen:
-«Lo que más me preocupa no es que me hayas mentido, sino que, de ahora en adelante, ya no podré creer más en ti.»  Friedrich Nietzsche.
-«El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera.» Alexander Pope.
-«Con una mentira suele irse lejos, pero sin esperanzas de volver.» Proverbio judío.
Y así estamos, sin poder dar marcha atrás, inventando más y más mentiras para sostener el edificio cultural y sin posibilidad alguna de volver a creer en nada ni nadie.
En la nueva película de ciencia ficción posible,  Interstellar, magnífica, por cierto, la humanidad se ve en la necesidad de buscar otro planeta para que el homo sapiens no se extinga. Que la humanidad se salve, aunque sea en otro planeta, porque el lugar donde nació ya se ha hecho inhabitable. Lo que no cuenta la película es si el hombre viajará a otros planetas con su misma capacidad de mentir, de hacer el mal, de estafar y engañar. Entonces es más de lo mismo. Allí se podrá vivir, se construirá un nuevo mundo de mentiras, hasta que la nueva humanidad vuelva a joder el planeta y tenga que volver a buscar otro, y así no se sabe cuántos más. Todo, menos cambiar lo fundamental: la humanidad.
¿Pero… acaso podríamos vivir sin mentir? Sospecho que ya no seríamos nosotros. Sería otro ser. Tal vez esos extraños que aparecen en las películas, a veces con vestidos conventuales y voz pacífica y sabia. Esos seres para quienes la vida sigue siendo un misterio sin resolver, pero que más vale que no se resuelva antes que fabular principios extraños, ideas que llaman políticas, o convertidos en religiones extrañas, que solo buscan la manipulación y la uniformidad.

La mentira nos tiene encadenados a un mundo absurdo, donde creemos para sobrevivir, pero sabiendo todos que sólo la verdad nos hará libres. Pero da tanto miedo ser libre…