domingo, 9 de agosto de 2015

GRACIAS, PERDÓN, POR FAVOR







 
Un niño, vecino de casa, llama a su abuela desde el piso superior de la vivienda por la ventana. La abuela estaba sentada abajo, en la terraza, tomando el escaso fresco de la noche del verano. Y la voz tajante, urgente y autoritaria: ¡abuela, agua!
Dos palabras. Una orden.
La abuela, en primer lugar, y dado que lo habíamos oído algunos vecinos, se hizo la fuerte contestando que bajara a por ella, que no creería que iba a subir. Pero finalmente hubo un acercamiento mutuo y la abuela se levantó a ponerle agua. A un niño de once años.
Pero no solamente eso. Luego que la abuela se marchó con una vecina a pasear, el niño, que estaba viendo la tele en el piso superior, le ordenó al abuelo que le hiciese un colacao. ¡En tazón! Le gritó. Y el abuelo, que no había preparado nada de eso en su vida estuvo luchando por preparar lo que el jefe de la casa le ordenaba. Y para más inri, viendo que no sabía, se levantó el niño, bajó y estuvo junto a su abuelo conduciéndole todo el proceso. Once años, repito.
 Le contaba yo esto a mi viejo amigo, el maestro, y en su cara se notaba que podría contarme anécdotas mil de este tipo. Como tantas veces, paseábamos con los perros por la orilla del mar, entre las calas de esta Babilonia de nuestros pecados que es Torrevieja, de la que los dos esperamos que no  sea el espejo donde la Cuba del futuro se mire.
Y hablando de Babilonia me contó él la cena de unos vecinos ingleses y alemanes que tenía junto a su casa. Por supuesto a las siete de la tarde, y por supuesto charlaban y hablaban en voz alta, muy distendidos y alegres por aquello de las vacaciones,  y por eso se enteró de algunas de las cosas que decían.  Los niños, y los mayores, cuando pedían algo en la mesa, añadían invariablemente la palabra por favor. En inglés, por supuesto. Era una palabra ―me decía― que tienen a menudo en la boca y repiten como una muletilla. Y si algún contratiempo sucede en la mesa, algo que se cae, algo que se mancha, algo que represente un contratiempo, rápidamente la voz de lo siento, lo lamento o perdón, invariablemente expresa la contrariedad que el causante  siente sobre el asunto y aplaca las iras ―si las tuviera― del sufridor de turno.
Entre las muchas pérdidas de valores de la sociedad actual  está precisamente el haber perdido las normas de urbanidad, las habilidades sociales, y por tanto el trastrocamiento de los papeles. Los padres de los niños actuales, procedentes de aquella EGB que desmontó  tanto los valores que casi nos quedamos en nada, eran así, fueron educados ya así, y por tanto han seguido repitiendo el modelo que conocen. Y es imposible volver atrás. La autoridad, la víctima de todo esto,  se fundió como la mantequilla. Y como alguien la tiene que ejercer, ante la dejadez de los padres, temerosos de que les tachen de autoritarios o fascistas, la toman los hijos, o los nietos.
Una de las muchas consecuencias es que al buscar trabajo, no saben cómo comportarse, ni cómo saludar, ni cómo dirigirse a un superior. Porque en el trabajo siempre hay alguien que es tu superior. Y acostumbrados a ser el elemento superior en casa, y también en el colegio, no saben cómo hacerlo, porque nunca lo han hecho. Aquello de niño calla cuando hablan los mayores, se torna en todo lo contrario. Los mayores callan cuando los niños hablan.
Los padres de antes, pero no los de antes, sino los de aaannnnteeessss, no tenían tantos conocimientos, ni sabían tanta ciencia ni tantos idiomas, pero sabían comportarse, sabían las normas habituales de convivencia y eso era algo reconocido por los vecinos, cuando uno se mostraba con educación y respeto ante cualquiera. El médico, el maestro, el alcalde, el farmacéutico, el dueño del bar, el vecino, el amigo… Lo aprendieron de sus padres, esos primeros maestros de la vida. Y servía para que la vida fuera más fácil. Es como el aceite en los motores. Lubrica, facilita la fricción sin causar problemas mayores. Da respeto a quien habla y a quien escucha. Establece una distancia mínima para que cada uno conserve su categoría humana.
A los españoles, decir gracias, perdón, por favor, nos revienta. Para nosotros son palabras humillantes que nos rebajan. Un padre, llegó enojado a decirme a mí ―me cuenta―, ante su hijo, en una mesa de invitados por una comunión, y ante la forma autoritaria de desenvolverse y de pedir del niño, al que llamé la atención, por supuesto sutilmente, candorosamente,  que no hacía falta pedir por favor. Que si lo pide se le da y ya está. El buen hombre sentía que pedir por favor era una humillación. Sentía que su hijo se arrodillaba y suplicaba mendicante que le acercaran la cucharilla para comerse el helado. A ver quien es el guapo que corrige al padre ―me dice.
En cambio ―prosigue― son tres palabras que te abren puertas, te ofrecen reconocimiento y te permite que los demás te consideren. Y, en caso de roce con alguien por una causa inesperada, automáticamente disuelve los malos pensamientos y como una válvula de escape, deja salir la presión de la mala leche y tornar la crispación en una sonrisa comprensiva.
Gracias, perdón por favor, era uno de los lemas que yo ―dice recordando con nostalgia― manejaba en la clase. Pedir una goma por favor, dar las gracias al devolverla, pedir perdón ante un tropiezo, en el fútbol, en cualquier sitio… facilitaba muchísimo la convivencia. Eran ―dice entusiasmándose por momentos― las tres palabras mágicas que solucionaban muchos problemas de la vida. El abracadabra de la existencia.
Los niños estaban obligados a cumplirlas en clase, aunque de vez en cuando había que recordarlas porque la tendencia… ya venía de nacimiento y desde casa ―termina.
Es evidente que las normas sociales se han deteriorado. En el trastoque de valores que venimos sufriendo, existe una sobre protección del mundo infantil, retrasándoles la madurez. al tiempo que los padres se vuelven niños. Los niños ya no son niños, sino príncipes en su principado, y están acostumbrados a que se les agasaje sobremanera por cualquier cosa. Son los reyes del mambo.
Te cuento ―me dice―. Una tarde. Salían los niños del cole y se amontonaban como siempre en la puerta. Salgo yo el último y veo una manifestación, con pancartas y todo, formado por padres, vecinos y niños. Sin más pensé que era eso, una manifestación. Estamos en época de reivindicar todo. Lo que sea. La manifestación, con la pancarta en cabeza se detiene frente al colegio. Yo pensé que aprovechaban el público que se agrupa a esa hora para manifestarse por lo suyo. Expectación garantizada. Y me entretuve en leer la pancarta: Felicidades Paquito.
Pues sí. La manifestación era un recibimiento que los padres y amigos habían montado a un niño de la clase. Razón: cumplir nueve años. Detrás de la pancarta estaban los vecinos y amigos de los padres y del niño que participaban de la fiesta que vendría a continuación. Para el niño fue una sorpresa. Ni a los actores de Hollywood  se les recibe igual en ninguna parte, salvo esas excepciones festivaleras de alfombra roja. Imagínate a ese niño que por cumplir el gran mérito de los nueve años, se le hace una manifestación y un agasajo que para sí quisieran los premios Nobel.
De modo que si a la sobredosis de protagonismo infantil, unimos la infravaloración de las normas sociales, cuando no su ausencia…  pues resulta lo que tenemos un producto social que viene que ni pintiparado para ser espectadores continuos del Gran Hermano, Sálvame que me ahogo, la Isla, Desnudos en la Porquera y todo eso que se luce en las TV que todos sabemos. Porque  vamos a ver, hace falta pasta, mucha pasta, y gente que la produzca. Si la gente es educada y culta… no hay espectadores, no hay anuncios. Entonces… ¿quién va a pagar la fiesta? De modo que hay que desmontar, como se desmontó y se sigue desmontando, todos los valores habidos y por haber. No hay nada como tirar lo viejo para construir algo nuevo.  Abajo el pretencioso y elitista Museo del Prado y en su lugar construyamos casas de protección oficial, que luego puedan ser ocupadas por los Okupas de turno. Qué maravilla.
Eso, tú dales ideas.

martes, 4 de agosto de 2015

JUEGO DE PATRIOTAS


 

Mientras contemplamos con sonrojo la actividad política de podemitas, carmenitas y demás,  vivimos un verano sofocante y lleno de noticias que auguran  un otoño complicado. España  y yo, señora, somos así. Nos encanta vivir en la zozobra y prolongar la agonía. Al contrario que muchos, nunca acabamos de ser. Se atribuye a Bismarck la siguiente y descriptiva frase: «España es el país más fuerte del mundo, los españoles llevan siglos intentado destruirlo y no lo han conseguido».
Amén.
Tenemos de una parte la avanzadilla de las clases dirigentes catalanas, dispuestas a dar la batalla, pase lo que pase y pese a quien pese. Están deseando tener mártires para que refuercen su causa y el «molt honorable», en su papel de pequeño Moisés, ayudado por su Josué de turno, léase Junqueras, pensando que bien podría él ascender al cielo de los mártires, ya que no al de los dirigentes que han sabido desarrollar a la sufrida Cataluña, que entre paros, desobediencias, fracasos, robos, mentiras, estafas, corrupciones y engaños, sobrevive a base de ese suero artificial que es la idea de la independencia. No hay más política en aquel, otrora, privilegiado lugar.
Recuerdo una frase de Aldous Huxley: «Cuanto más siniestros son los deseos de un político, más pomposa, en general, se vuelve la nobleza de su lenguaje». Y es realmente efectivo el asunto.  Recuerden políticos y verán. El actual presidente del gobierno español, en cambio, nuestro Ramsés, no es poseedor de ese lenguaje pomposo. Un problema. No hay verbo contra verbo. Solo cifras, y las cifras no alcanzan el corazón.
Y bien sabido es que estos lodos vienen de todos los años que entre unos y otro, izquierdas y derechas, han confraternizado y condescendido con estos individuos, ya desde Madrid, ya desde la propia Cataluña, dándoles todo tipo de privilegios y mirando para otro lado cuando no respetaban las normas. Ellos, y sólo  ellos, son culpables de esta situación. Se les ha dejado ir demasiado lejos. Hay que recordar con especial amor a Zapatero I el Destructor.
Ahora llegaremos al 155, que ellos sin duda están  deseando, para forzar la situación y presentarse como víctimas. Y una sociedad secuestrada, como aquella, será lógicamente incapaz de abrir los ojos a la realidad. Llevan años viviendo en un mundo de fantasía. Lo más parecido a aquel Mundo Feliz, de Aldous Huxley. Esto es lo que pasa por pensar más en el partido que en el país, más en sus intereses personales que en los ciudadanos a los que representan. La «Cosa Nostra» debió nacer ahí.
Y ese es otro problema.  Los políticos españoles han creado escuela estos años, y de ahí la corrupción. Lo que demuestra que el compromiso para la famosa transición no fue honorablemente aceptada por parte de muchos de ellos. Ya entonces juraron en falso. Nadie les ejemplificó  que la política consiste en servir a los demás  y no en servirse de los demás. Una simple preposición cambia sustancialmente el asunto. No nos extrañe pues que haya acudido a la política tanto tahúr, mentiroso, estafador y revolucionario alucinado.
Son innumerables los personajes de izquierda y derecha que han ido a la política a tocarse los webs, y a trapichear con influencias y dinero público para forrarse. Ahí está la prensa. Y lo que faltará por descubrir. A ver cuándo hacemos nuestra Alcatraz  en el Islote de Perejil, una cárcel para meterlos a todos, porque la enfermedad es contagiosa dada la impunidad de sus actos. Hay que aislar el virus. Y por supuestísimo, menos políticos, menos sueldos y más honradez, transparencia  y eficacia. A estas alturas, cuando a cualquier profesional se le somete a auditorias en su trabajo, siendo miles, ¿cómo no es posible auditar a 200 ó  300 diputados y senadores? Claro que sí. Saber qué ha hecho cada uno de ellos en cada legislatura, en qué ha gastado los fondos utilizados, etc. etc. La ley, que nos pone sus manos encima cuando cometemos una faltita levísima, ir a 60 donde pone cincuenta, debe ser menos cándida con los políticos. A la política sólo los mejores y más honrados. Es decir, elección de candidatos directa, por los electores, y que esta gente no se esconda detrás de las siglas de los partidos. Y esa es otra cuestión.
Demasiados políticos, demasiadas prebendas, demasiada carta blanca, demasiados coches oficiales. Demasiado todo. Resulta escandaloso que más de doscientos políticos catalanes cobren el doble, el doble, del sueldo del presidente del gobierno. Escandaloso. Y los habitantes de la sufrida región a dos velas.
Los españoles de infantería no comprendemos por qué  un señor diputado, o senador, o ministrillo de autonomía, debe viajar en coche oficial hasta para mear, darle un dinero extra para pagarse una vivienda en los mejores  hoteles, viajar con todo pagado y vivir así como un pachá, cuando los demás debemos coger nuestro vehículos para ir al trabajo, pagar con nuestro sueldo el alquiler y  vivir con lo que queda. Demasiada buena vida llama continuamente a los vividores, y han ido todos a la política, claro. ¿Dónde mejor? ¿Dónde se vive con más privilegios? A la política se va a servir y no a ser servido, señores. Hace falta mucha cárcel ejemplar. Menos radares en la carretera y más en los políticos. Y que no nos vengan con que somos el país que inventó la picaresca.
Cada político es y debe ser un pedagogo  y debe ser ejemplo con su vida de todo lo que predica, como el sacerdocio, o la medicina, de lo contrario que se dedique a otra cosa. Que un sacerdote nos hable de tal o cual mandamiento pero que él no lo cumpla, no resulta ejemplar. Que un médico nos diga que no fumemos pero saca un cigarrillo, no se sostiene. La coherencia, señores, la coherencia.
Todos los pecados contra la sociedad deben ser considerados muy graves. Robar un banco es grave, pero robar el dinero público es gravísimo de necesidad extrema. Robar cien millones a un banco es grave, pero robar un millón de dinero público es grave en extremo. El dinero público debe ser considerado como sagrado, por eso su gasto debe ser bien medido y controlado. La conciencia laxa se introdujo en la política precisamente por la creencia de que el dinero público no es de nadie. Por dios, de nadie.
Por tanto, los valores, señores, es la más grave de nuestras cruces. Todo viene de ahí. Cuando la honradez  no forma parte de nuestra vida, cuando la seriedad, el trabajo, la responsabilidad no es moneda de uso cotidiano... la podredumbre y la desidia se apoderan de la vida toda.
Nos hemos creído que estos de los valores es cosa de curas. No. No sólo de ellos. Hay muchos valores sociales que deben ser de todos, compartidos por todos, creyentes o no. La honradez, el espíritu de servicio, el trabajo bien hecho y muchos valores más son flores de jardín que deben cuidarse por todos, ya desde la más tierna infancia, para tener una sociedad lo más sana posible.
Debemos exigir que la revolución social auténtica, parta desde la escuela, y desde las familias, con una vida de valores que nos orgullezca como ciudadanos y como pueblo. Debemos exigir que el sistema educativo sirva a las personas individuales para que la sociedad recoja el fruto y nos liberemos de una vez de tanto miserable. Entonces sí, esto será un juego de patriotas.

 

 

viernes, 26 de junio de 2015

AND THE WINNER IS...

Es el personaje más fiel, el más recurrente en las series de TV, en videojuegos y en el cine grande. Aunque con el tiempo ha cambiado su imagen, su actuación sigue siendo certeramente la misma, sigue siendo fiel a sí mismo; unas veces más sofisticado, otras más primitivo, pero siempre igualmente eficaz en su interpretación..
La única diferencia es que antes, las muertes por disparo de pistola eran más novelescas; tenían su «miajica de heroicidad» ―hay que justificarse ante el espectador―; tenían un cierto halo épico. Al difunto, a menudo se le daba oportunidad de hablar, y también de que el espectador contemplara la muerte con una cierta y razonable dignidad; y tal vez incluso recibiera un mensaje valedero para su vida; o al menos se afligiera con el hecho. La muerte hacía sufrir y asomar sentimientos de aborrecimiento hacia la violencia y al mismo tiempo la aceptación del tránsito como algo que conviene tomar como hecho natural. Aunque dolorosa, todos deseamos una despedida resignada y tranquila que nos deje en paz.
Pero hoy se mata en un abrir y cerrar de ojos. Y a veces incluso antes. Es un simple acto reflejo, un guiño, un tic,  y las gentes mueren con una ausencia total de emociones. Ni el que mata, ni el muerto, ni por supuesto el espectador que se acostumbra con naturalidad a la avalancha de muertes sin más complejos. Muchas veces ya ni siquiera nos transmiten la fría emoción de la venganza. No hay dolor, ni palabras, ni heroicidad. La pistola por fin alcanzó hoy su cénit en la interpretación cinematográfica. Nacida para matar. Es ella la actriz con más películas en su haber. Su facilidad de manejo y la ausencia de emociones se han acomodado con el tiempo, siendo hoy indispensable para transmitir emociones en un mundo facilonamente saturado de todas ellas. Están ahí, todo el día y todos los días. No es pues de extrañar que ese gesto mecánico, esa acción que apenas saluda a nuestra razón al cruzar nuestra mente, se vea copiada por chicos y mayores, policías… El planteamiento es que matar no supone esfuerzo ni plantea problemas graves de conciencia o personalidad al individuo. Es algo fácil y rápido. No hay dolor ni problemas de salud mental. Lo fácil, lo rápido, lo cómodo están hoy de moda. Si hay que matar se mata.
Y no sólo en EEUU, sino en todo el mundo. Matar es, cada día más, un acto reflejo sin control, y la muerte un frío y distante acto que no sugiere nada. Ni siquiera dolor ni problema de conciencia. Con la pistola, en las películas se dispara como en la feria a los patitos, sin el más mínimo estremecimiento.
Un joven o adulto que vea a menudo TV, puede ver al cabo de la semana 20 ó 30 muertes sin pestañear. Solo en una semana. Si lo multiplicamos por las cuatro semanas del mes tendremos  80 o más muertes. Por los doce meses del año… Y al cabo de los años…
Nos vacunamos contra el dolor, contra el horror. Nos hacemos insensibles al dolor ajeno. Es lógico que cada día haya más gente que quiera imitar a esta escuela permanente de insensibilidad que cuenta con estupendos anuncios y tanto colorín. No nos extrañe que pase lo que pasa en todas partes. Gente que corta cabezas, que degüella en público, que dispara a niños en un colegio, o a otro que es simplemente sospechoso, que los terrorismos sean cada vez más sádicos. O niños que torturan o matan a otros niños, cosa impensable hace cuarenta años. Mientras la violencia se automatiza y libera del dolor y la responsabilidad, nosotros nos liberamos también del repudio al acto, nos silenciamos, nos volvemos insensibles.
Hace años, una persona caída en el suelo por alguna causa, tenía a su alrededor a un grupo de voluntariosos vecinos dispuestos a levantarle, prestarle auxilio, llamar al médico o a la policía. Hoy se suele dejar en el suelo sin siquiera mirarle, no vaya a ser que nos contagie algo o nos veamos metidos en un problema.
Y la verdad es que esa máquina devoradora de conciencias que es la TV, con esa inmensa capacidad de educar a la gente, destruyéndolo todo para luego construir necios insensibles, está teniendo mucho éxito. Todo lo que salga por la tele es modelo de conducta, deseo de emulación, afán de repetir.
Si lo que no se anuncia en la tele no existe, lo que se ve cada día es lo natural, lo que es, el comportamiento a seguir. Luego se nos llena la boca de violencia de género y esas cosas, pero… Nos vacunamos diariamente para hacernos insensibles a ella.
No sé cuánto cobrará por película la «señora pistola», pero es la actriz con más éxito en la televisión. Se la ve. Se la luce. Resplandece. Se muestra sofisticada y eficaz, misteriosa y temible a la vez que próxima y amigable, haciendo que la persona que la usa parezca poderosa, segura de sí, confiada en su naturaleza, en su justicia inapelable.
«El hombre nació en la barbarie, cuando matar a su semejante era una condición normal de la existencia. Se le otorgó una conciencia. Y ahora ha llegado el día en que la violencia hacia otro ser humano debe volverse tan aborrecible como comer la carne de otro.» Martin Luther King
Pero en cambio la tele, está empeñada en no seguir a Martin. Tal vez por eso se adelantó nuestro Ortega y Gasset: «El mayor crimen está ahora, no en los que matan, sino en los que no matan pero dejan matar.» Y enseñan además. Como la tele, que fomenta el culto  a la muerte y a las armas y el desprecio a la vida sin ningún pudor.
Todavía no  nos hemos dado cuenta de que educar no solo es responsabilidad del Estado, o del gobierno, o de la escuela y maestros, o de la familia. Es cosa de todos.  De modo que todos aquellos que por su oficio influyen en la opinión pública deben tomar nota de esto. Cuando un niño mata o maltrata a otro y lo saca por internet, debemos pensar dónde aprendió a tener esa falta de escrúpulos.        
«La conciencia hace que nos descubramos, que nos denunciemos o nos acusemos a nosotros mismos, y a falta de testigos declara contra nosotros.» Michel de Montaige.



domingo, 21 de junio de 2015

RELAJÉMONOS Y GOCEMOS DE LA POLÍTICA PRESENTE


 No hago más que ver en la TV las caras, los gestos, las declaraciones de los nuevos llegados al poder a través de la política, y me hago cruces del tiempo que nos espera, en el que cada día nos sorprenderán con una nueva idea, un nuevo descaro, o un gesto soberbio de estar por encima del bien y del mal.  Nos esperan tiempos maravillosos, donde los aburridos telediarios se van a convertir en el mejor sainete de la vida política española. Vamos a sentarnos, ver la función, disfrutar y esperar a ver como los mejillones se cuecen en su propio jugo.
Y es que la soberbia es un mal endémico en la izquierda en general y de la española con perdón, en particular, como la cobardía lo es en la derecha. Desde el siglo XIX, de donde mamó y se ancló nuestra izquierda, se siente la única fuerza moral capaz de poner orden en este mundo. Su orden. Pero no les basta con poner orden. El odio al mundo establecido es tan potente en alguno de sus miembros que su deseo es hacer borrón y cuenta nueva. Y lo repiten continuamente en su locura de no aceptar el paso del tiempo. Lo ideal para ellos  es derribarlo todo, destruirlo todo, prenderle fuego, y con sus manos creadoras  hacer otro mundo puro, igualitario, equitativo, justo y bueno. Se sabe muy bien de donde viene esa emulación del mito de la creación divina. Ellos se adjudican el papel de dios creador. La izquierda no es que sea atea, es que es dios mismo. A ver quién es ese dios, o dioses de pacotilla que sin título universitario alguno, sin haber estudiado ciencias políticas, sin haber leído a Marx ni a Engels, sin haber asaltado pisos o entrado desnudo en una iglesia, se adjudican  la creación del mundo, y además este mundo tan nefasto y cruel. Solo de un dios maligno y torpe puede salir un mundo tan perverso. Por eso, desde las fuentes del XIX —donde todavía viven—, ellos se sienten la única fuerza moral en toda la faz de la tierra capaz de convertir, ahora y aquí, este infierno en un cielo. Solo ellos.

El camino recorrido hasta aquí ha sido largo, pero el relevo cultural e ideológico se ha cumplido fielmente. La izquierda, por abandono de la apática y asustadiza derecha, ha ocupado todos los estamentos culturales de la sociedad. Casi desde la escuela primaria. Más todavía en el instituto. Y mucho más todavía en la universidad. Las universidades públicas españolas están en manos de estos iluminados, estos talibanes de lo político, que se ven a sí mismo como los elegidos para tan alta misión. Lo suyo, ya se sabe, es una religión laica, una religión sin dios. Pero religión. Luego, ya sabemos lo que pasa, escarbas un poco y, como todos somos hijos de Eva, a poco te encuentras con miserias comunes que les harían descabalgar del carro de los héroes  donde están subidos, pero no hay nadie que les susurre al oído aquello que se decía a los generales romanos en la fiesta de los héroes… “recuerda que eres mortal”. Muy al contrario, es una carrera a ver quién es más. El más izquierdoso, el que más iglesias asalte, el que más pisos ocupe, el que más pancartas asome, el que más reuniones reviente, el que más vocifere, ese es más «izquierdosamente angelical». Más revolucionario. Más espíritu puro es. Y así, muchos de ellos, desde el instituto han pasado a la mamandurria política por ser gritón/a y chocarrero. Pero si luego pasas a la universidad y allí te dan el título de revolucionario oficial, entonces es ya el acabose. Qué orgásmica sensación de haber llegado a tocarle los cataplines al poder divino. Y al humano. Con licencia para matar.

Es una enfermedad por lo visto incurable. El PSOE pareció emprender el buen camino, el paso de izquierda revolucionaria a socialdemocracia, la despedida definitiva de la revolución y el caos del XIX y principios del XX, proclamando su separación del marxismo. Pero las fuerzas de base, el relevo generacional, se alimenta exclusivamente de las semillas del odio, el rencor, la venganza y la envidia y han seguido tal cual hasta ahora, esperando su oportunidad. Y ha bastado la corrupción política de unos y otros para que la soberbia latente despertara de nuevo a la bestia, que no había desaparecido a pesar del tiempo, sino que dormía. Y ahí les tenemos. Comunistas, anarquistas, revolucionarios de pacotilla…  En el fondo ansiosos de buen sueldo, poder y coche oficial. Todo muy humano y prosaico.

Ya sabemos que el Darwinismo explica la cosa de la evolución, que resulta que no es más que una adaptación al mundo que nos rodea. Y estos, con la boca llena de revoluciones, en cuanto comiencen a saborear los placeres del poder y por sus manos corra el dinero fácil de lo público, siempre tan misterioso él, pues… ya se sabe. Hay que darles tiempo. Porque la mejor manera de quitar el hambre es dando de comer. Tiempo al tiempo. Entre tanto disfrutemos del espectáculo y aprendamos la lección. Gocemos con qué descaro, con qué desparpajo, con que firme creencia en sus ideales —o eso parece— tratan con desprecio altanero a la derecha que representa a millones de españoles, y, sobre todo, manejan al PSOE… y por consiguiente a sus votantes. Lo tienen cogido por las pelotas. 
Para el PSOE ha sido una marcha atrás. Dejaron la revolución y vuelven ahora, desmañados, como muñecos rotos, sin horizontes, a los viejos revolucionarios pero con caras nuevas. Un paso adelante y dos atrás, esa es la triste historia de un  PSOE incapaz de entrar en el XXI por la puerta grande de la concordia, la paz, la libertad, la justicia y el orden necesarios.

En los tiempos del profeta  González y los compañeros que con él hicieron la transición, también hablaban con una altanería, una soberbia, un orgullo, una sensación de autoridad moral que desbordó a la derecha acomplejada y cobarde. Luego ya sabemos lo que pasó. Es historia. No ha habido en la derecha un líder que hable con claridad y diga que ellos no son los hombres del saco que se comen a los niños. Nadie lo ha dicho. Ni ha tenido eco suficiente en los medios, como lo tienen hasta los puntos y comas de la izquierda. Es más, para tener marchamo de modernos y demócratas, muchas veces han copiado o bendecido políticas de izquierda. No es que no tengan que coincidir en cuestiones elementales sería estupendo, pero no entregándose sin más aconsejado por su propio miedo a no ser vistos como modernos y demócratas. Si lo son, ¿a qué tener miedo?

Así que si el gran pecado de la derecha es la cobardía y el complejo, el de la izquierda es la soberbia y la superioridad.

«Tengo tres perros peligrosos: la ingratitud, la soberbia y la envidia. Cuando muerden dejan una herida profunda», decía Martin Lutero. Desde el XIX la nuestra no ha cicatrizado. Todavía.

La izquierda, que ha gozado estos años del tiempo suficiente para hacer el cambio del XIX al XX, e incluso al XXI persiste en el error. Siempre hay una reserva de gente a la espera, dispuesta a medrar en ese mundo de influencias, de lecturas y filosofías de revoluciones autoritarias tan usuales en la universidad española a estas alturas.
Nadie les ha dicho nunca que las personas no están jamás tan cerca de la estupidez como cuando se creen sabias.
De modo que relajémonos, veamos el espectáculo, y comprobemos una vez más aquello que decía nuestro español Quevedo: 
«La soberbia nunca baja de donde sube, porque siempre cae de donde subió».

Sean Connery, en su papel de comandante del submarino Octubre Rojo, le dice al agente de la Cía Jack Ryan (Alec Baldwin):

"Espero que de todo esto salga algo positivo. Una pequeña revolución, de cuando en cuando, es algo saludable."





miércoles, 10 de junio de 2015

EL VIEJO MAESTRO




No me gusta llamarle «viejo profesor», porque es hombre que tiende con facilidad a la melancolía, hija de la tristeza, y debe conservar el ánimo el tiempo suficiente para llegar a donde la vida le llegue. Él, como todos, tiene sus heridas del alma aun abiertas y todavía brota por ellas la sangre de sus batallas. Pero además no le gusta la palabra «profesor». Él se considera un «constructor» de personas; es decir, un «maestro».
Nuestra charla, entre azules marinos y las calas donde el mar se refugia abrazado por la tierra, se sitúa en su tema favorito: la enseñanza.
Partimos de la base común de que no se puede  enseñar sin educar ni educar sin enseñar. Son palabras unidas hija de la misma familia: la construcción personal. Me comenta el viejo maestro la frustrante incapacidad de los maestros de hoy por enseñar y/o educar. Todo está tan dirigido, tan atado y bien atado, que no pueden experimentar la sana emoción de enseñar.
Sumido en planes, subplanes, proyectos, subproyectos, estrategias, programaciones, objetivos, transversalidades y mil «puñeterías» más, ocupa todo su tiempo y esfuerzo entre reuniones, revisiones, refuerzos, evaluaciones de las evaluaciones, registros de registros y el consiguiente sinfín de papeles, gráficos y porcentajes, pareciéndose más al ejecutivo de una empresa de aceites minerales que a un conductor de almas. Mi viejo maestro llega a pensar si todo eso no es más que un invento del demonio con el fin de destruir los cimientos de la sociedad, y hacérsela a él más masticable. Lo cierto es que los resultados académicos, y no solo ellos, le dan la razón, pues son cada vez peores. Y en cuanto a la calidad humana… Pero nadie parece alarmarse. Toda la maquinaria sigue, tal cual, desvencijando las almas infantiles con mil puerilidades.
Compara el hombre a los maestros de hoy, más que los de ayer, con los peones del ajedrez en el juego de la política, donde el protagonismo educativo lo tienen los alfiles, las torres, los caballos, reinas y reyes, representados por sindicatos, asociaciones de padres, poderes autonómicos, estatales, empresariales, etc. etc. Ya se sabe que los peones son sacrificables por causa de las estrategias del juego.
Las consecuencias, enfermedades aparte, es que el maestro se siente minusvalorado, carente de motivación y voluntad, impotente y poco apto para construir nada. Y naturalmente el lema común es «resistir», es decir, llegar al final aunque sea sin honor, lo suficientemente vivo para jubilarse en las mejores condiciones de salud. Nadie se ha atrevido seriamente a considerar la pérdida de salud de los maestros, seguramente porque si se las tratara como una enfermedad laboral (que lo son), las indemnizaciones y jubilaciones serían extraordinarias.
Sin embargo ―prosigue su charla―, no cualquier tiempo pasado fue mejor, pero algunos sí lo fueron. Durante la EGB, que en verdad fue el empezose del acabose, que diría Mafalda, hubo años en que la alegría, la euforia, la libertad, la ilusión renovadora empapó a muchos maestros y se hicieron cosas importantes. Mi viejo maestro me habla del «Método de Proyectos», como uno de aquellos vivificantes logros.
El «proyecto» era en realidad una excusa, un motor de ilusiones, un provocador de esfuerzos, saberes y trabajos con sentido para el que lo realiza, porque no hay cosa más alienante que un trabajo carente de sentido, solitario, monótono y triste. Los trabajos tienen que emocionar, y el método, dice mi amigo, es/era emoción y te hace, o hacía, estar siempre motivado. Sabes por algo y para algo: el proyecto.
¿Y qué es el proyecto? dices mientras clavas en mi pupila  tu pupila azul. El proyecto eres tú. Se ríe, recordando quizá el poema de Bécquer, y explica que en realidad el proyecto es el maestro, que se convierte en un hábil canalizador de las virtudes de los infantes a través de una excusa educativa. Pero eso era antes, cuando el maestro vivía la educación. Ahora es el oscuro peón que la sufre.
Dejándose llevar por los recuerdos, advierto un brillante punto de luz en sus ojos cansados y me cuenta, rejuvenecido por momentos, de la alegría de vivir aprendiendo, de sentir y emocionarse mientras se vivía la experiencia. Y me contó un proyecto: construir a escala una masía, una casa de campo. Para los chicos de ciudad, nada más misterioso. Y para comenzar, una visita, claro, a una masía.
Recordaba el maestro aquella experiencia. Los chicos, por grupos, haciendo dibujos, que luego se convertirían en planos a escala, tomando medidas, haciendo fotos, tomando notas. Aquí el pajar, allá los animales, en esta parte los útiles de labranza, en esta zona la casa, con su cocina, sus dormitorios, su patio. Y luego en clase, primero en la pizarra y luego cada uno en su cuaderno pasar de metros a centímetros cada objeto o espacio que había medido. Luego… todo lo demás.
Hubo que volver varias veces, incluso para medir el ángulo del tejado. Y después mil tipos de problemas, y explicaciones geográficas, y palabras, vocabulario, y medidas y precios, y plantas y animales…
Entre tanto ―cuenta agitado―, en el centro de la clase se iba levantando a escala aquella masía. Y hubo que hacerle tejas con arcilla, ladrillos pequeñitos, y modelar animales de plastilina, y plantas y pequeños sembrados como si fuera un Belén. Y uno, por voluntad propia, había hecho un precioso árbol, otro una palmera con sus dátiles, otro el perro de la finca, o la noria de donde sacaban agua…Y cada día la veíamos crecer. Ocupaba el centro de la clase y todos los alumnos estaban a su alrededor, de manera que le tenían siempre presente iluminando la imaginación,  alentando la voluntad de aprender. Y hubo que pintar, recortar, dibujar, modelar, calcular, escribir… y sobre todo, trabajar para un fin con ilusión renovada. ¡Oh felices tiempos! ―exclama emocionado.
De pronto cambia la expresión de su cara, como sintiendo pena de no se sabe bien qué profundidades de su alma y me dice…
―Mis compañeros… la última vez que les vi…, ninguna sonrisa había en sus bocas…,  ninguna chispa en sus ojos... Eran miradas de resignación, de cansancio, de hastío. Como plantas que no se riegan, languidecen día a día sumidos en la tristeza del no saber por qué ni para qué, mientras a su alrededor, los infinitos papeles les bailan la danza de la muerte de su vocación.


De pronto se queda mudo, mirando al acantilado. Las aguas mansas dejan ver el fondo rocoso, pero sin vida, tal vez como su propia alma. Le pongo una mano en el hombro: Te invito a un helado maestro, allá en la playa.

domingo, 7 de junio de 2015

PEDAGOGÍA POLÍTICA


Por fin acabaron las elecciones. Con todo el torrente de imágenes, palabras, promesas, datos, mensajes, porcentajes y toda la parafernalia que lleva consigo la situación, uno viene a concluir lo pésimos comunicadores que son, en general, los políticos españoles. Algunos, sobre todo. Otros, con voces de sirena, han sabido pescar en el mar revuelto de la crisis para sacar provecho en ese caladero generoso, formado como siempre por gente con la poca sustancia para entender el proceso y que se dejan llevar fácilmente por la bilis, siendo presa fácil del descontento y toda la mala leche acumulada en estos años. Son más las ganas de convencerse que la capacidad de convencer. Entre crisis económica y crisis de valores humanos (la gran crisis), hay mucha gente que le tiene ganas a mucha otra, de distintos partidos tradicionales, de izquierda o derecha, aunque en estas cuestiones, desde luego, la izquierda tiene muchísima más tradición, facilidad y gancho.

De modo que, de entre todos, y a mi parecer, los más lamentables son los de la derecha. La derecha todavía no sabe, no entiende o no puede entender qué es la política. Al final venimos a creer que no gana elecciones sino que las pierde la izquierda.

La política, y eso lo sabe muy bien la izquierda, es comunicación, y los partidos de derecha no consiguen, porque no pueden o no saben, comunicar con los ciudadanos. Quienes les votan es porque simplemente no quieren votar a la izquierda, pero no porque el partido del gobierno (todavía) les sea atractivo. No conocemos las ideas del gobierno prácticamente en nada relacionado con la vida de la ciudadanía…  Y lo que se supo no se cumplió. No sabemos qué quieren hacer y para qué con la educación, con la agricultura, con el turismo, la industria, la sanidad…  No explican el por qué y para qué de sus políticas. No sabemos qué quieren en nada, porque ellos tampoco lo saben. No sabemos qué modelo de sociedad quieren desarrollar. Parece que solo les preocupa la economía, dejando el terreno de la política a sus adversarios, y ahí se las dan todas.

En España, votar derecha es huir de la izquierda, y eso es una decisión personal de los votantes de la derecha. Naturalmente también votar izquierda es huir de la derecha, y también es una decisión de la ciudadanía; pero además es una convicción inducida por los políticos de izquierda, que en eso de comunicar, ya digo, supera ampliamente a la derecha, a pesar de que también en la izquierda la comunicación ha estado muy floja. Comienzan a dar pena y sus votantes son fácil presa de las nuevas generaciones de políticos, con poco complejo, sin historia reciente, mucho más demagogos porque no han tenido experiencia de gobierno y hoy por hoy están «libres de pecado» En fin, que ya no hay políticos con verbo y emoción, como lo fueron Felipe González o Manuel Fraga, por ejemplo.  Los políticos españoles actuales son en general muy malos comunicadores pero especialmente malos los de la derecha, empezando por su jefe político. Qué mal comunicador es el presidente Rajoy. Aunque se le escuche una hora hablando, uno tiene la sensación de que no ha dicho nada. Los antiguos vendedores de mantas lo hacían muchísimo mejor con su verbo encendido.

Ya hemos comentado en este blog que para estar en política, hay que hacer política, ser hombre político y tener ideas políticas. Por tanto debemos saber de dónde partimos y a dónde vamos, y así tendrá sentido el camino que queramos recorrer. Hay que tener una ideología, aunque sea pequeñita, suave y tímida, Pero los ciudadanos queremos saber cuáles son las fuentes en las que se bebe culturalmente, porque será más comprensible saber cuál es la propuesta a la que se  nos quiere llevar. Es entonces cuando la política tiene sentido y el lenguaje se hace claro; es cuando la política se descubre sin cartas escondidas en la manga, y el mundo de las ideas, y por tanto de las palabras, la oratoria, los gestos tienen su sentido. Salir en público, sin papeles, emocionarse con el discurso, convencer con la emoción, de pronto una subida de tono de voz, un gesto de firmeza, o de rechazo, luego un silencio para que las palabras calen en las almas y de nuevo un tono suave que recoge la idea principal y la eleva a la razón. Para ser político hay que querer y aprender a hablar con la gente, y la gente, toda, es emoción. Nos gusta emocionarnos. Qué sería de una novela, una película, una música, un teatro, una pintura, una poesía, sin que nos transmitiera emociones. Ese es precisamente su éxito. Si no fuera así… sería pura nada. La vida toda es emoción. Sin emociones no hay buena comprensión, y sí apatía y desinterés, como la política que transmite la derecha. Da pena ver hablar al presidente Rajoy, con esa monotonía de voz, sin apenas gestos, sin más emoción que los fríos datos de la economía, con ese molesto y permanente tono agudo. Me recuerda lo que aquel director decía del joven Clint Estwood: «tiene dos expresiones, con sombrero y sin sombrero».

La política, como todo lo referente al ser humano, no es toda razón, no es sólo economía.  Somos también, y sobre todo, emoción y sentimientos. Ya lo recordaba Cervantes en el Quijote: «el corazón tiene razones que la razón no entiende».

Por eso para ser político uno debe prepararse, llenarse de razones, pero también de emociones y sentimientos. Tiene uno que leer, y no poco, porque se trata de alimentar la emoción de las ideas, del proyecto político, de los sentimientos, claro está. A dios rogando y con el mazo, dando, dice el refrán, pero cualquier persona que se dedique a la política debiera tener un cierto bagaje cultural en el que la oratoria y la sabia transmisión de emociones y sentimientos formara parte ineludible. La política no es solo economía, la política es la vida de la gente, y la gente somos sentimientos.

Un político debe hablar con la gente, toda clase de gente, y contarle sus ideales de vida  resumidos en el programa que presenta a la sociedad y que le dan sentido. Un político tiene que convencer a la gente, por eso debe hablar, constantemente, salir del palacio y frecuentar las calles, las bibliotecas, los bares, lo teatros, todo aquello donde late el pulso vital de la ciudadanía. Visitar la bolsa y las fábricas, los colegios y hospitales… Tiene que dar la sensación de que todo aquello lo tiene presente en su cabeza y que desea reflejarlo en su programa y su esfuerzo.  Y hay que convencer, y explicarse. Constantemente. Sin bajar la guardia. Porque cada vez que tú no lo haces, lo hará el otro y en sentido contrario al que tú deseas.

Y eso sabiendo que somos un país con una acusada tendencia anárquica. Ya recordaba Marañón que hemos sido el único país con un partido organizado de anarquistas. Y si  hay algo más  irracional, más fuera de un ser humano social como nosotros, cuyo éxito en la lucha por la supervivencia frente a  otras especies ha sido precisamente  la conjunción social, es el anarquismo. Es fácil pues manejar a esta grey si les hablas del fascismo controlador de las derechas, de los explotadores y explotados, de ricos y pobres, de opresores y oprimidos, de  buenos y malos, de represión y dictadura, de corrupciones (no las de ellos, claro), de barcos hundidos, de… todas esas cosas que salen de la boca sin empacho alguno, por más hiriente, falso e irracional que resulte. La izquierda sabe que los motores de la historia también lo forman la envidia, el odio, la soberbia, la vanidad, el ánimo de venganza… Estos son los auténticos protagonistas de los movimientos sociales. Pero… ya se ve que son pura emoción, puro sentimiento. La izquierda lo aprendió ya en su origen, hace mucho tiempo, y lo usa con profusión. No le ha fallado jamás. Y las más de las veces es su única arma de pedagogía política y electoral.

Y la derecha gobernante actual, que no tiene arma ideológica alguna, no sabe responder, no tiene pedagogía con la que contrarrestar ese bombardeo continuo de todos los apesebrados de la izquierda (también los hay en la derecha, pero muchos menos), que son legión, y ocupan  sindicatos, prensa, radio, televisión… Y podemos continuar con los artistas subvencionados…  La pedagogía nace del convencimiento interior y es hija de la ideología. Algo hay que tener, alguna idea sobre la que edificar.

El bueno de Chesterton decía: «el mundo se ha polarizado entre progresistas y conservadores. Los primero juegan a cometer errores, y los segundos a no corregirlos».

Y es justamente lo que sucede, entre una izquierda demagógica en extremo, y una derecha acomplejada también en extremo. Incluso muchas veces, copiando políticas de la izquierda. Pero a la izquierda no le importa que sea su política. No la va a aplaudir por eso. La POLÍTICA,  con mayúsculas, solo la hacen ellos. No vale que otros la hagan igual. Que les copien el programa. Da lo mismo. La izquierda quiere el poder, porque le pertenece por ley divina, y rechazará a la derecha siempre, siempre, siempre. Y estamos hablando de izquierda y derecha española, que no tienen igual en ningún otro país de Europa. Porque una izquierda que se alía con la derecha más extrema, que es la nacionalista, con el fin de no darle ni agua a la otra derecha que representa a tantos millones de españoles… no tiene explicación alguna racional. Hacen bueno aquello de… «el enemigo de mi enemigo es mi amigo». Véanse, si no, los planes para un «cinturón sanitario» para excluir a PP, no pensando que es un partido tan democrático como el que más y que representa a millones de españoles. Semejante irracionalidad, en una democracia, no tiene nombre. ¿En qué país se establece un cinturón sanitario contra otro partido político?

Y entre unos y otros, todos tan singulares ellos, estamos nosotros, viendo encantados a la princesa del pueblo.

En fin, somos un país extraño que hace mucho cruzó la barrera de la incultura para retroceder hasta la insensatez.

O como decía Groucho Marx: «salí de la nada y he llegado a las más altas cotas de la miseria».

jueves, 23 de abril de 2015

GOLFOS GOLFOS GOLFOS

Desde el nacimiento de esta llamada «democracia» hasta ahora, hemos hecho una colección de personajes dedicados a la política que la han convertido en una golfería común. Los habrá honrados, digo yo que sí, aunque saber de la falta de honradez de los demás y no denunciarlo… tampoco redime de los pecados. Y los personajes están en todo eso que se llama el «abanico parlamentario». Hay golfos por todas partes y parece ser que nuestra particular forma de entender la política les alienta a encontrar un sitio en ella desde donde poner en marcha su golfísima afición.
¿Cómo hemos llegado a tener varias generaciones de golfos ininterrumpidamente en la política?
Son varias las causas, porque todos somos hijos de la historia.  Por una tenemos que la picaresca es cosa común en el  alma hispana como es sabido. Lo de Rinconete y Cortadillo nos va mucho, y lo miramos incluso con simpatía. Es cosa de listos, suponemos. De ahí que en cuanto nuestro niño pequeño comienza a hacer trampas ya le decimos a nuestros vecinos muy satisfechos… «Este es más listo…» En España, ser listo significa ser pícaro y golfete. No deja de ser curiosa la cosa. Y encima lo rematamos con dichos como…«de bueno a tonto solo hay un paso». ¿Y quién quiere ser tonto? Pues marica el último.
Otra parte nos viene por las enseñanzas de la iglesia y el régimen político adscrito a ella.  Caramba, dirán algunos, ¿la iglesia enseña a robar? Bueno, la iglesia ha sido muy condescendiente en ciertos aspectos y muy intransigente en otros. Y esa es la cuestión, que elige los valores que quiere transmitir con mayor o menor intensidad. La iglesia ha pasado mucho tiempo hablándonos de los pecados de cintura para abajo (qué obsesión) pero no dejó tan clara y perseguible por los fuegos del infierno cosas tales como la honradez, la sinceridad, la honestidad, el esfuerzo, el valor del trabajo, el respeto a la naturaleza, el amor a los animales, etc. y todas esas cuestiones que empleamos más a menudo. La Iglesia ha elegido lo que quiere perseguir más y lo que menos. Eso hace que los valores sociales tan ampliamente extendidos por el magisterio de la iglesia en el marco del régimen que la amparaba, carezcan ahora de los valores tan necesitados de ellos, como la honradez. Y para más INRI (me salió sin pensar) se encargaron también los progresistas de destruir todo recuerdo, bueno o malo de aquellos viejos valores. Si malo, evidenciarlo, si bueno reducirlo al olvido. Somos como seres sin historia, entes sin sombra o pisada sin huella.
De modo que los valores, mejores o peores,  que antes eran socialmente aceptados y respetados, fueron desmantelados por la izquierda, la tercera causa, que en sus ganas por hacer desaparecer de la memoria colectiva la influencia de la religión y el llamado franquismo —mal de todos los males— para implantar su nuevo orden, destrozaron todo con sus leyes de educación. Esa es la auténtica Fragua de Vulcano donde los progres, a golpes de su interés, forjan los nuevos seres que ellos necesitan: ligeros, flexibles, alegres en su ignorancia, con la alianza de civilizaciones, europeísmo, multiculturalismo y todo lo que suponga diluir una cultura para que desaparezca. «A España no la va a conocer ni la madre que la parió.» Dijo aquel. Y así es.
De ahí nos vienen estos golfos, de aquellos lodos de la historia. En realidad cada uno de nosotros llevamos un golfo dentro. Solo que hay quien llega a su lugar y tiene opciones para desempeñar su querencia, pero todos de una forma u otra la desarrollamos a lo largo de nuestra vida, porque esto es una carrera a ver quién llega más lejos. Cuando no declaras beneficios, cuando mientes para que te den una beca, cuando no pides el IVA en la compra o la obra que acabas de hacer, cuando… etc. Somos un país de pillos (o eso creemos) ergo somos un país de golfos. De modo que no debería extrañarnos esta golfería generalizada. Seguramente, ese que descubre a otro ante los medios, el que lo estigmatiza y somete a la «pena mediática» es tan golfo como aquel. O está en vías de serlo. Ya saben el dicho: dime de qué presumes y te diré de qué careces. Estamos rodeados de ellos por todas partes ocupando todos los colores políticos. Véanse, si no, los recién llegados, con su también recién historia de golferías y engaños previos. Y ahora pretendiendo una “aureola” de intelectualidad revolucionaria que suponen les da la Universidad. Y encima nuestra universidad, que está hecha unos zorros. Ya dice, y dice bien,  el lema de la salmantina… «Quod natura non dat, Salmantica non præstat.»
Pero el ansia de poder, y sus prebendas, son así, un acicate para muchos que les hace no perder tiempo y bien temprano se dedican a ello. No hay más que ver cuánto político ha salido desde el mismísimo instituto, sin haberse curtido antes en trabajos, nutrido de cultura y responsabilidad. Cualquier follonero/a que se aprenda la aguja de marear, será fichado por partidos, sindicatos, etc., y con el tiempo lo veremos ocupando puestos en ayuntamientos, diputaciones, gobiernos autónomos y parlamento nacional. Vaya tela. Total tan solo tienen que hacer lo que se les diga. Y hablar mucho y repetir las consignas y mantras tradicionales.
De modo que menos ayes, menos dolores y más remedios, señor doctor.
Nuestro gran pecado pues, del que no sólo no hemos podido salir sino que todavía hemos profundizado más es el fracaso educativo. De ahí nos viene todo. Es este el pilar fundamental de toda sociedad. Lo vienen diciendo profesores, educadores de todas categorías… y gente apolítica y con sentido común.
 Comenzó, como viene siendo registrado, estudiado y dicho, por las políticas educativas llamadas «progresistas», palabra corrupta que perdió su inocencia bien pronto, como es habitual en estos lares plenos de demagogia. Con gran ánimo destructor, muy propio de la progresía, que considera que solo ella es la poseedora del árbol de la ciencia del bien y del mal, se sustituyó lo mucho o poco, bueno o malo que hubiera para llegar a una nada metafísica e intangible. Se comenzó por desmontar una pieza esencial: el maestro. Ya se le llamó profesor, intentando así que no fuese la persona que educa, sino tan solo que enseña. Pero no se puede enseñar sin educar ni educar sin enseñar. Se desmontó la autoridad del maestro (aquellas tarimas que había en las clases para que el maestro pudiera ver bien y que los progresistas   vieron en ella una forma de endiosamiento del profesor); se llenó de religión laica la escuela para quitar la influencia de la otra (la felicidad ya, aquí y ahora, nada de cielos futuros). Así se le hizo al niño todo fácil, para que no sintiera el más mínimo desasosiego y el cole fuera un lugar divertido, dónde no hay que esforzarse, ni sufrir por aprender, ni nada que moleste al objetivo número uno de la vida que es la felicidad. Los padres despiden a sus hijos en la puerta del cole con un juvenil… ¡pásalo bien! Los padres, siempre niños... Hemos pasado del homo sapiens al hombre feliz, directamente.
Todo fue, pues, puesto como un juego y las modernas pedagogías comenzaron a empujar hacia lo lúdico poniéndolo todo patas arriba.  Todo tenía que ser lúdico-festivo. Esa ha sido la palabra de moda. Se penalizó la memoria, a la que se vio como algo arcaico y primitivo y que hacía sufrir a las criaturas. No hay que memorizar nada. Qué burros. Sin memoria no hay aprendizaje, porque la memoria es parte fundamental. Se parte de lo que sabemos para establecer conexiones y formar en nuestra mente una comprensión del mundo que nos rodea. Sin memoria no hay nada. Entiéndase por qué a los ordenadores lo primero que se les dota es de una memoria, y luego los procesadores que llevan y traen con rapidez las órdenes como un sistema nervioso. Da gusto saber, aunque solo sea por eso,  dónde nace el Ebro, y comprobar, a su paso, que aquella es una de las ciudades por donde discurre (Mirando de Ebro, Haro, Logroño, Calahorra, Tudela, Zaragoza, Pina… etc.) Qué tiempos aquellos en el que el saber no ocupaba lugar. Ahora el lugar permanece vacío, porque no hay saber ni… recuerdo. Se lo llevó el viento de la historia.
Se cambió todo en la escuela, ya desde la escuela primaria. A veces, como dicen los profesores veteranos, solo cambiando palabras usadas y sabidas por otras, con el único fin de darle más relieve a tal o cual acción. Igual que hacía la iglesia. Por ejemplo las programaciones, la motivación, y ahora las transversalidades y mil palabritas más que no llevan a ninguna parte pero que enredan y quieren darle un cierto aire científico a la cosa. Tampoco hay padres ni alumnos, sino clientes.
A los maestros se les ha sumido, y hundido, en el trabajo arduo de papeleo. Hoy los profesores tienen que registrarlo todo. Ya solo falta que hagan análisis de orina al entrar y salir de clase, con un gráfico que demuestre cuales son los momentos del niño en que más han variado su composición química porque eso puede demostrar cuál ha sido el momento de mayor estrés. Para evitarlo claro. Seguro que fueron las tablas de multiplicar, porque ya hay voces por ahí que se preguntan para qué quieren los niños saber las tablas de multiplicar. Para qué. Para qué quieren saber nada, si ya lo tienen todo en la Wikipedia. Ja, Ja. Y ya lo más moderno: no libros, no asignaturas, no exámenes, no horarios, no deberes, no… Qué fácil se lo están poniendo a Iván Illich y su «Sociedad desescolarizada».
Estos niños, padres del futuro, padres ya hoy, no han hecho más que repetir lo que ellos han vivido desde su niñez. Y así, rodando la bola nos encontramos con esto. Y también las nuevas generaciones de maestros, perdón, profesores, han mamado ese sistema, lo que quiere decir que cuando están en clase tienden a repetir lo vivido y estudiado. La bola es pues muy gorda, porque llevamos muchos años, varias generaciones ya, perdidos en el espacio-tiempo terrestre que un día desapareció de nuestros pies y nos encontramos flotando en el limbo de la felicidad. Sin cultura, sin tradiciones, sin creencias y sin memoria, todo es lo mismo: la nada. Flotar en la nada es lo más alto en el nivel nihilista de la progresía.  Pero como hay que creer en algo, cuando las gentes dejan de creer en los valores que sostienen su mundo, comienzan a creer en cualquier chorrada. Es frase del bueno de Chesterton.
No es de extrañar pues que encantados en nuestra nada interior, proliferen los pillos y golfos como los mosquitos a la luz en las noches de verano. En su último libro dice Pérez Reverte en boca de un personaje: «El dinero de los tontos es el patrimonio de los listos.»
Y si la progresía es como la energía, que no se destruye sino que se transforma, los conservadores son autistas, observadores mudos, aunque muchos, como de los otros,  afanados golfetes, que nada tienen que decir de nada, y que les da lo mismo una cosa que la contraria, sumidos en una mediocridad de ideas que deja a la mismísima noche en el lado de la luz de sus miserias.   Como decía aquel periodista: de profesión sus crepúsculos. Así es la derecha.
Pero no se puede montar una sociedad moderna, eficiente, democrática, activa, culta y libre sin una educación que premie el esfuerzo, el interés, el trabajo bien hecho, la honradez, la responsabilidad, las buenas costumbres, etc. etc. etc. En cambio aquí estamos, entre unos y otros.
Chesterton lo decía también: Todo el moderno mundo se ha dividido en conservadores y progresistas. El negocio de los progresistas es ir a cometer errores. El negocio de los conservadores es evitar que los errores sean corregidos. 
Y la casa sin barrer y más golfos que botellines.