miércoles, 19 de junio de 2013

AL PRINCIPIO DEL PRINCIPIO DIOS CREO LA MÚSICA


En casa tenemos una habitación convertida en zona “chill out”. Allí, Nora me sorprende escuchando música; concretamente polifonías de diversos coros europeos, americanos y africanos. Le sorprende el silencioso y necesario recogimiento con que escucho. A veces cierro los ojos para ser todo oído, nada más que oído, y sentir el mensaje y las caricias de la música a través de aquellas voces formidables. ¿Qué mensajes y qué caricias? Ante todo el mensaje de la cultura. Todos los pueblos cantan, todas las razas necesitan cantar de la misma forma que necesitan el lenguaje; y la música es un lenguaje. Cada raza y cada pueblo conforman las voces a su manera, siendo todas válidas, y cantan, cuentan, la historia de su cultura. En este punto son muy interesantes los coros americanos, porque son un crisol de razas y culturas y también las africanas, tan distintas a nuestras voces y con historias musicales tan distintas a las nuestras.
Viéndome tan abstraído, Nora esperó pacientemente, acostada a mi lado y en silencio, a que acabara de escuchar. Luego me miró fijamente y me dijo que se había sentido sorprendida por aquellas voces y que había sentido cosas agradables mientras escuchaba. A veces le compungían el corazón, otras la alegraban hasta el punto de necesitar bailar, saltar o correr de pura alegría. Me dijo que la música le había transmitido muchos y variados sentimientos y que le había contado historias. Ha sido un viaje interesante, me comentó.  
― ¿Cómo y cuándo se inventó la música? ―fue la pregunta inmediata.
―Veras, Nora; la música es una necesidad. Es un lenguaje universal tan maravilloso y sugerente, tan directo y sutil, que solo cabe una explicación, que Dios la hiciera directamente. Así creo yo que sucedió:
En el principio creó Dios la música. Esta, y no otra, fue la verdadera creación. A Dios nada le hacía falta: ni el espacio, ni el tiempo, ni la energía, ni materia alguna… Nada. Pero creó la música como expresión de su propia voz. Y le gustó oírse. Dios era melómano. Pensó luego que tal vez su voz necesitase de otros sonidos de acompañamiento, y así comenzó a experimentar creando los ecos lejanos y sonidos extraños provenientes del espacio profundo, graves y agudos, percusión en forma de explosiones estelares y silencios sobrecogedores… Y de ahí viene la posterior “orquesta” creada para hacer estos efectos especiales. Esa “orquesta “es la creación de la que habla la Biblia. Pero ya ves que omite el origen del origen. La necesidad primigenia fue la música.
Pero no acaba ahí la cosa. Según se le fue complicando la orquesta llegó al final a la conclusión de que debería someter los sonidos a su voluntad, producir sonidos nuevos e incluso componerlos, y así siguió experimentando Dios con la naturaleza. Y creo el sonido del viento y de la lluvia, del relámpago y el trueno, el grave profundo del temblor de tierra, el murmullo del agua en los ríos, de la estrepitosa cascada, el batir de las olas del mar, el zumbido de la abeja, el eco lejano… Y le gustó tanto la innovación que siguió experimentando con la voz de los animales. Y creó el rugido del león, el cantar del grillo, el balido de la oveja, el mugido de los rumiantes, el piar de los pájaros y de todas las aves y animales acuáticos y terrestres. Cada uno con su sonido los creó. Y aquella orgía de sonidos le pareció fantástica. La más impresionante orquesta jamás creada.
Pero le faltó algo más. Quería que la orquesta tocase por sí misma. Que alguien se encargase de ella, de hacerla sonar, de inventar nuevos sonidos, de unirlos entre ellos y construir lenguajes musicales que contaran la maravilla de la creación. Y así surgió la necesidad de crear al hombre. Por eso su última obra fue el humano, al que Dios le concedió la inteligencia para cantar y componer y el más maravilloso don: su voz.
Recordarás Nora que la Biblia nos dice, y nos dice bien, que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. ¿A qué semejanza crees tú que se refiere? ¿Al aspecto físico? A la música, Nora.  Dios dio al humano la inteligencia, la sensibilidad y la voz para que creara la más versátil, la más expresiva, la más colorista, la más enérgica o la más dulce expresión de sonidos que pudieran inventarse. Y le dio la inteligencia para que construyera con esos sonidos lenguajes que pudieran contar historias. Dios hizo al hombre cantante y compositor. Y el hombre aprendió a controlar su voz; al principio imitando a los propios animales y a la naturaleza, pero luego el hombre se decidió a experimentar por sí mismo los infinitos caminos de la música. Así que Dios se hizo música para habitar entre nosotros.
Nada hay nada más estremecedor, o más terrible, o más conmovedor, o más sublime, o más placentero que una polifonía de voces humanas. No hay sonido más expresivo, ni instrumentos musical más completo y complejo. La voz humana lo puede decir todo, expresar todo. No tiene límites.
Esto viene a cuento Nora, porque hace unos días tuve la oportunidad de escuchar a uno de estos coros en Ávila.  Ágora, se llama. Su origen, Segovia.  Cerré los ojos para ser todo música, y dejarme atravesar el cuerpo y el alma por aquella maravilla de voces que me contaron de todo. Voces que me estremecieron al cantar alabanzas a Dios o la Virgen (no importa ser creyente o no). Voces que me elevaron por encima de mi humanidad tan a nivel de suelo. Me estremecí con los silencios, con los prolongados y disminuyentes sonidos, tan pianísimos que quedaban suspendidos en el aire como un eco persistente y cada vez más lejano, atrapados en las manos de su directora hasta que esta se decidía a hacerlos desaparecer como átomos de aire en el aire. Porque es una mujer quien domina los hilos de ese coro y lo lleva a expresar los sentimientos más dispares, pero siempre hermosos e intensos. ¿No serán los directores de coro los auténticos sacerdotes de Dios?
En la primera parte la música religiosa te acercaba a Dios o… al misterio del mismo y culminó con un maravilloso “O magnum mysterium”, donde no tuve más remedio que cerrar los ojos y, no sé por qué pero me introdujo en el universo, y contemplé las estrellas, las nebulosas, los planetas, los cúmulos y galaxias… La creación.  Realmente un magno misterio.
En la segunda parte, una serie de tangos, versionados todos ellos en polifonía, resultaron un maravilloso baño de ritmos, de harmonías (me gusta con h), de palabras de alegría, tristeza, amor… Un acercamiento al sentir más humano, pues la música llega a todas partes.
Fue una magnífica sesión, en la que el espíritu hizo un recorrido por todas las sensaciones, las emociones humanas y, a modo de catarsis, al cabo de ellas, uno se encuentra en paz consigo mismo y da gracias por haberlo podido sentir.

Nora me sonrió como ella sabe hacer, moviendo el rabo, y me dijo que estaba conmigo y creía en cuanto le había dicho. Y repitió:
“Al principio del principio, Dios creó la música.”


                                                                   Fin



viernes, 7 de junio de 2013

EUTANASIANDO, QUE ES GERUNDIO






Hay días en que la guerra por la vida se vive de manera gloriosa y está uno dispuesto a colgarse euforizantes medallas  y a sentirse un ganador.  Otras, en cambio, es como una penosa y triste retirada, como aquella de los soldados de Napoleón a través de las inmensas y heladas llanuras rusas. Son esos días en que la vida te aconseja que aligeres tu equipaje, que el General Invierno se adueña de todo. Y comienza la catarsis. Y se hace uno la pregunta:

-¿Para qué cogno quiero yo tantas cosas? A ver, ¿tanta ropa para qué? 

Entonces hay que dar un paso al frente y acometer el sacrificio de desprenderse de parte de la vida, que ya te ha servido, y servido bien, y eutanasiarla.  No se asusten. Me refiero a ropa, ya saben, camisas, y esas cosas.

Tengo camisas tan viejas que aparecen en fotografías de hace años, cuando mis seres más queridos aun vivían, y aparezco en las fotos con la misma camisa, pero en joven. Y con pelo. Qué guay. Y la camisa sigue ahí, igualita que entonces, después de no sé cuantas horas más de vuelo. Chapó al Corte Inglés, cuyas camisas soportan el paso del tiempo como nunca he visto en otras. Está claro, lo barato sale caro a la larga. Más vale poco y bueno que mucho y malo. Lo agradecen los armarios, el espacio… y tu propia existencia, que tiene donde elegir con suficiente margen y no se pierde en fruslerías y vaguedades.  Todo lo demás es superfluo, equipaje inútil que impide movimientos, ya sean de avance o de retirada en la vida, que de todo hay en la guerra.

Nora y yo decidimos hacer un día de ‘armarios abiertos’ y darle a la ropitas el aire que necesitan, e ir eligiendo una por una cuáles van a ser eutanasiadas y cuáles no. Aparecen así cuellos raidos, puños en huida de la tela madre, botones huérfanos, ojales viudos… telas “vintage”, pantalones de tallas ya imposibles, calcetines desparejados, pañuelos casi transparentes… Nora y yo hacemos un montón con la ropa que vamos a eutanasiar.

Ustedes se preguntarán por qué llamamos eutanasiar. Bueno, le vamos a dar pasaporte. Pero no cualquier pasaporte. Somos raritos y trascendentes y estas ropas merecen un respeto.
Lo suyo sería, puesto que han servido heroicamente en la vida, darles una muerte también heroica. Y ponerles en una balsa de madera, prendida toda de fuego, y dejar que se adentre en el mar, como los vikingos. Pero nos tememos que sería muy aparatoso. No obstante, no son prendas que haya que echar a la basura. Tienen su dignidad y su historia y hay que tratarlas con el respeto que se merecen. Muchas de ellas aparecen en las fotos de la vida, y nos han acompañado en momentos felices, o trágicos, pero siempre intensos.

Nora me mira, cada vez que cojo una camisa, la huelo, la miro y remiro, me entretengo unos instantes en recordar los momentos que la he llevado puesta. Ah, esta la compré para la boda… y esta me la regaló… y aquella era muy cómoda, y esa de allá era estupenda porque me sentaba… uy, como me sentaba.
Pequeños ladridos de aprobación cuando al fin me decido a desprenderme de ella y echarla al montón. Y así poco a poco va creciendo y el armario va cobrando nueva vida, y las prendas que quedan se las ve respirar aire mejor. Es el signo de la existencia. Unos se van, para que otros se queden… un rato.

-Y ahora Nora, viene la ceremonia.

Ponemos toda la ropa en un trozo de sábana vieja, le hacemos un nudo y al atardecer, cuando ya las sombras nos esconden, nos decidimos a salir a pasear con nuestro particular equipaje. En la mano una pala pequeña, de esas que llevan una rueda y convierten la pala en una azada. Son recuerdos de tiempos de juventud, cuando uno practicaba montañismo, espeleología y esas cosas. Ahora sirve como pala enterradora.

En el enorme descampado donde solemos ir a pasear, entre conejos, arbustos, tomillos y  matorrales, nos detenemos. Nora, seria y circunspecta como soldado que hace los honores, contempla como sobre un montículo de tierra blanda y suelta, donde los conejos suelen acercarse a hacer agujeros, cabo una suficiente oquedad y allí, comprimido, entierro el bulto de indumentaria histórica. A toda prisa cumplo con el sepelio de la cosa, esparzo por encima matorrales y cacas de conejos y luego, Nora y yo nos quedamos en silencio, contemplando en la oscuridad  el túmulo. Sobre nuestras cabezas, un techo de estrellas. Entonces saco de mi bolsillo una armónica y suenan los compases del  “toque del silencio”. Entre el respeto y la emoción, un nudo nos ahoga las gargantas. Cuánta vida, cuánta historia yace en aquel lugar. Tres piedras, una sobre otra, señalan el sitio. Tres piedras como otras cualquiera. Nadie las verá extrañas; sin embargo, para nosotros aquel lugar será ya el cementerio de nuestro pasado.
Nora alza el hocico, huele el viento, y pareciera querer oler el último aire que desprendan las ropas y guardarlo en su memoria.

En silencio volvemos a casa. No estamos tristes, pero tampoco contentos. Hemos cumplido con el propósito de eutanasiar a quiénes en realidad ya estaban muertos. Pero nos queda la grave responsabilidad de vivir nuestras vidas siguiendo su ejemplo.

Como decía Miguel Delibes: “Al palpar la cercanía de la muerte, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales.”


FIN

lunes, 27 de mayo de 2013

INFORMAR, DELEITAR, INSTRUIR






Le afecta el calor a Nora. Ya comienza a huir de los lugares soleados y camina con un palmo de lengua fuera, por las sombras, al amparo de árboles y vallas, paredes y edificios… Parece una loncha de jamón york asomando por el bocadillo. Pese a todo se tiende al sol cuando está en casa, porque es una casa fría y húmeda orientada al norte. Aquí sale a la terraza a tomar el sol, como una guiri más, hasta que su cuerpo casi hierve y luego entra a aliviarse al amparo de la umbría y el suelo fresco, donde más que acostarse se desparrama entre suspiros.  Y así una y otra vez.
En medio de esta pereza llega a pensar en esas cuestiones sobre nosotros, los humanos, que tanto le sorprenden y le preocupan. Nos ve muy complicados, excesivamente complejos, contradictorios e incoherentes y a veces no acaba de entender por qué decimos que somos los más inteligentes. A menudo charlamos sobre el significado de la palabra inteligencia, como ya hemos contado otras veces. Ella insiste en que nosotros somos más «inteligentes» en el sentido práctico del término, pero la sociedad de los perros es más avanzada porque son más sabios. Le gusta distinguir entre ambos términos. A mí, la verdad, no me extrañaría nada que fuese así, teniendo en cuenta nuestra historia. Somos el único animal capaz de tropezar no dos, ni tres, sino tres millones de veces en la misma piedra. Y cuando ya nos molesta y estamos artos, simplemente la quitamos, la rompemos, la desviamos. Reconstruimos el mapa de valores para que se adapte a nosotros y no nos importa retorcerlo y desfigurarlo, al contrario que las culturas naturales.  Así el paisaje de valores humanos está tan cambiado que es muy difícil reconocerle. Los perros sencillamente la habrían evitado a la segunda y mantendrían intactos sus valores. Y así hacen.
Ella hace causa de todos nuestros males a la pésima educación que recibimos. En parte no le falta razón. Ni siquiera los nuevos tiempos, las nuevas tecnologías, las nuevas ideas que circulan por el mundo, la experiencia de nuestra vida en la tierra nos hace cambiar y repetimos una y otra vez los mismos errores. Insiste en que nuestros valores están equivocados; que en la sociedad de los perros no hacen falta colegios porque toda la sociedad de perros actúa como tal. En fin, es difícil hacerle entender nuestra variada complejidad.
Me pone como ejemplo los medios de comunicación. Y me dice que «antes» ―ay, el antes―, los medios de comunicación tenían unas normas deontológicas muy claras y sencillas. Teniendo en cuenta el alcance de los medios se aprovechaba para llevar adelante aquellas tres normas básicas, fundamentales, que nos acercaban a ese idílico paisaje de la sociedad educadora de los perritos: deleitar, enseñar, instruir. Utopía que se llevó el tiempo, ese justiciero implacable, como tantas otras cosas.
―Verás Nora, ya conoces aquella historia tan bonita de la Biblia donde el pueblo de Moisés, errante por el desierto, cansado de esperar que bajara del monte Sinaí con las tablas y ansioso de creer en algo, pero a falta de qué, creó ídolos para adorarles. Parece que necesítanos tener dioses a los que adorar, algo fuerte a lo que agarrarnos, y a falta también de que baje nuestro Moisés, hemos creados dioses que lo sustituyan. Se llama Dinero. Todo por la pasta, Nora. Así que los tres viejos principios que antes aludías, se han perdido en la travesía del desierto de nuestras vidas, y solo reconocemos al poderoso Dinero. Y para llegar a él hay una fórmula infalible: deleitar, deleitar y deleitar. Lo de informar e instruir pasó a la historia. Ya te digo que cuando una piedra nos molesta la quitamos.
Observa, por ejemplo, un noticiario. Parece que nos venden un producto. Las imágenes venden todo. Camiones incendiados in situ, guerras en primera línea, desastre a pie de calle, muertes en primer plano, robos acompañando al ladrón a robar… Y luego para mayor INRI las preguntas de los avezados periodistas. ¿Qué sintió usted cuando el cuchillo le atravesó el páncreas? ¿Se quejaba su novia cuando le aplastaba el cráneo? ¿Qué ruido hacía? ¿De qué color es el cerebro? ¿Es rosa? ¡Qué guay! ¿Sintió usted pena, remordimiento u odio cuando asestaba cuarenta puñaladas a su víctima?
Hay que impactar al espectador como sea, porque eso atrae a los públicos y por tanto a las empresas que quieren anunciarse. Y eso es dinero. Cuanto más impactante sea el programa, más gente lo verá, más caro y más empresas querrán anunciarse. Y no hay más. Desde la sonrisa de las guapísimas presentadoras ―condición indispensable, que no otra― hasta los sonrientes saludos de despedida después de habernos regado con sangre y mierda el televisor, todo es una venta. Una simple venta. ¿Deleitar e instruir? Ja, que bobada. Pasta. Time is money. TV is money.
Como verás Nora, no solo no tenemos una sociedad educadora, sino que deseduca, valora cosas intrascendentes, o aquello que nos hace reventar de facilona emoción una y otra vez. Estamos cada vez más lejos de vosotros.
¿Y sabes lo peor? Que estas cosas, que se saben, no tiene ya «sabios» que las denuncien, muchas veces porque los mismos sabios están empleados en los mismos medios de comunicación, o están ya cansados de luchar. En su lugar hay una legión de esa especie que se llama periodista, ―los nuevos sacerdotes― que comentan y sacan jugo a la más mínima noticia como si fuese algo trascendente. Y lo hacen con una bilis, una exageración y una puesta en escena tal que pasa por ser algo realmente importante. Y la verdad es que al cabo del día noticias importantes hay dos o tres, si acaso, y no más. Pero… si no hay más pues… hay que inventarlas, o elevar a categoría superior a noticias que no lo son. Hay que sacar material, hay que entretener, y así sacamos punta a lo que sea, y señores con el título de periodistas hablan y hablan y hablan, y hablan… de todo. Humano o divino, que no hay personas que sepan más de todo, oye, poniendo del revés, del derecho, boca arriba, boca abajo, cualquier intrascendencia. Y a eso hay que ponerle video, palabras, efectos, música… y ¡acción! Cling, cling, pasta para adentro. La tele es ya como una gigantesca máquina tragaperras. No importa el tema que traten; lo importante es que la cosa se ponga tensa y uno llame al otro embustero, y el otro al uno vendido, y tú más… El «share», sube como la espuma, que es de lo que se trata. El «share» es el trozo de pastel que se van a comer. A más borde más share. Y claro, ya hay programas especializados en share, especialistas en producir con sus intervenciones subidas sustanciosas de share y son contratados para ello.
En fin Nora, aquellos viejos principios que tú recordabas, son eso, viejos principios. Esa es la principal diferencia entre nosotros y los demás. Cambiamos con total impunidad sin importarnos un pimiento lo demás.
Como decía Groucho Marx en aquella película: “Esos son mis principios, si no le gustan tengo otros.” Qué forma tan sincera de expresar nuestro cinismo.
O esta otra… “Cuando muera quiero que me incineren y que el diez por ciento de mis cenizas sean vertidas sobre mi representante.” Ya ves, Nora, Groucho sabía de qué iba la cosa.
Y más: “El secreto del éxito se encuentra en la sinceridad y la honestidad. Si eres capaz de simular eso, lo tienes hecho”. Es un magnífico retrato de la tele.
Y la última: " La televisión ha hecho maravillas por mi cultura. En cuanto alguien enciende la televisión, voy a la biblioteca y me leo un buen libro."


FIN

miércoles, 22 de mayo de 2013

NORA, LLEGÓ LA LOMCE









Ahora que se avecina una nueva ley de educación, Nora, siempre atenta a estas cuestiones, me pregunta qué es lo que pasa con la cuestión, que tantas veces cambiamos de ley. Para ella, y los de su raza, la educación la tienen los padres, en primer lugar, y la manada, la sociedad, en segundo lugar, pero que son la misma cosa.  Y los valores y cuestiones que tienen que aprender son tan viejos como la tos. Vosotros, ―dice―, “que sois tan listos”, no acertáis.  No entiende tantos cambios y me pregunta el por qué de estos palos de ciego. Y yo le digo que de ciego nada. Que las leyes hechas hasta ahora tenían una finalidad, y a esa finalidad hemos llegado. Somos el pueblo más “gozosamente inculto” de Europa, en expresión de Pérez Reverte―y seguramente eso nos catapulta a los maravillosos últimos lugares en educación mundial, donde estamos tan a gustito. Nosotros, que éramos la octava o novena maravilla del mundo mundial. Seremos incultos, pero “semos felises”. Y eso es lo que mola.
La cosecha de todos estos planes de estudio son nuestros políticos, banqueros y la sociedad en general, tan vacía de todo, sobre todo de honradez y de iniciativa. Y no es porque no tengamos gente buena y capaz, sino porque está mal visto ser educado, tener conocimientos, ser honrado, trabajador, emprendedor… Los chicos en la escuela, por ejemplo, no pueden distinguirse por esos motivos, porque caerían en desgracia a los ojos de los demás, y su “rebaño” los rechazaría y serian desgraciados sociales. Los chicos sacan burla y marginan a los trabajadores, los emprendedores y los listos porque “sa’n pasao, olle, y son unos aburríos”. Ni mola mazo, ni es tope guay, ni enrolla. Y sin embargo, Nora, quien nos saque de la crisis será la educación.
Nora y yo consultamos en la Wikipedia sobre algunos países que han salido de crisis graves gracias a su educación. Entre ellas, Japón. Textualmente leemos: “. El sistema educativo japonés jugó un importante papel durante la recuperación y rápido crecimiento económico durante las décadas posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial. Tras este conflicto, la Ley Fundamental de Educación y la Ley de Educación Escolar fueron proclamadas en 1947, bajo la dirección de las fuerzas de ocupación. La última ley definió el sistema escolar, mismo que aún prevalece hasta la actualidad: seis años de educación básica, tres de secundaria, tres de bachillerato y entre dos y cuatro años de educación superior.”

Sin comentarios. Pero está claro que la sociedad japonesa, con sus dirigentes delante, vieron que el camino era la educación. Valorar la educación. No hay valor más seguro y firme que aguante los tiempos y las tempestades.
Nos quedamos pues admirados de ver cuánto les dura a los japoneses sus leyes de educación.  Nosotros en 30 años maltratamos 4 ó 5 leyes. Pero queda claro que quien saca a un país del desastre y las crisis tan grandes es la educación.
En fin Nora, ya sabes, antes muertos que sencillos.

Le digo yo que nuestros planes de estudio no están hechos para servir a la sociedad, crear sociedad, hacer civilización, sino para servir a las ideologías y por tanto a los partidos que de ellas se sirven. El resultado son leyes llenas de demagogias, cargadas de afán de adoctrinar para encauzar el rebaño a la causa y hacerlo más manejable, no dejar sobresalir  a nadie por arriba, todos iguales por abajo, a veces incluso diciendo que lo quieren liberar. Jajaja. Las palabras son muy sufridas y cuando no hay vergüenza torera se puede decir todo sin sonrojarse. Y a eso hay que añadir la dejadez de los otros, sin doctrina alguna, bien clara y definida,  sin miedos  ni complejos, que aceptan las más de las veces las propuestas de la otra orilla. Y así, entre la mucha ideología y demagogia de unos y la falta de ellas de los otros estamos en este páramo cultural, educativo, de honradez…  En fin, ya sabes. Por eso la crisis nos afecta tanto. No valen parches. No vale pan para hoy y hambre para mañana. Hay que apuntar alto y buscar soluciones definitivas, para que cuando vuelva otra crisis, que la habrá, no nos pille en pelotillas como esta.

La cara de asombro de Nora es mayúscula cuando entiende las razones de nuestros cambios incesantes, esa búsqueda por llegar al vacío absoluto, ese afán por convertirnos en un agujero negro de la educación social que se trague hasta la más insignificante luz que pueda irradiar cualquier persona que piense.  Me dice que el progreso del mundo de los perritos se debe a que sus valores son permanentes, generales, definitivos, profundos, vitales, adoptados por todos sea cual sea la raza y condición y que sirven a la comunidad a través de los siglos. Y que seguirán con ellos, naturalmente. Son fieles a sí mismos por encima de todo.

Pero nosotros no, Nora. Nuestros males vienen de lejos. Por ejemplo: hemos construido una gran mentira, nuestra democracia, acordamos creérnosla pero no nos la creemos porque los partidos políticos son los primeros en corromperla. Sobre todo porque los dos partidos grandes no son dos opciones políticas solo, sino beligerantes antagonistas.  Enemigos íntimos. Lo mejor que le puede pasar al otro partido es su desaparición por completo de la faz de la tierra. Como dicen los toreros a sus ayudantes… “dehadme zolo”.

Una vez más Nora advierte que el gran problema de fondo es la educación y el excesivo peso y manoseo de la historia, que no nos deja avanzar. Hay gente empeñada en no romper con las cadenas del pasado porque así justifican su demagogia presente. Franco, por ejemplo, ha hecho más por la izquierda en España que Marx. Qué sería de la izquierda sin Franco. Nada. Bueno, sí, una izquierda moderna. Y la derecha igual, claro. Y añadimos a los nacionalistas, esos extraños que andan buscando madre cuando la tienen delante.

Cabezona como es, Nora insiste en el valor de la escuela para transmitir nuevos y definitivos valores. Pero yo le contesto que los valores están en la sociedad, no en la escuela. La escuela es el reflejo de la sociedad, y no al revés.  La escuela encauza esos valores, les da forma, los enfatiza y extiende a todos los niños, para que, una vez insertados en la sociedad, sigan con esos valores y a su vez los transmitan a sus hijos. Pero ya sabes de la multitud de dificultades que se pone a ello.
“Pero con maestros vocacionales…”
Que no, Nora. Los maestros vocacionales son especie en extinción. Personal romántico altamente peligroso. No se quieren vocaciones sino servidores de ideologías, o autómatas de normas, procedimientos y todo eso que tú ya sabes. Como no tenemos una sociedad viva, esto es un sálvese el que pueda, y la mejor manera de salvare es apuntare a un partido, o dejarse nombrar a dedo, o militar en cualquier sindicato… y todo así. Serán decenas de miles los sueldos inútiles a gente que se deja llevar.

Pero no solo eso. Si insistieras en ser educador vocacional deberías rayar la perfección crística. Lo digo porque como Cristo, el Maestro por excelencia, dio su vida, así te la quitará la escuela si vienes a ella con la condición vocacional. No sé si recuerdas un pasaje de la vida de Jesús en el que una mujer enferma le toca el manto y Jesús manifiesta que una fuerza ha salido de él, una energía. (“Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente, y preguntaba: “¿Quién me ha tocado el manto?”. )

Pues bien, a los maestros les sucede lo mismo todos los días, jajaja.  Cada día una buena cantidad de energía vital sale de él para no volver jamás. Cada día hay que luchar con nuestros monstruos sociales tales como la pereza, la desidia, el desinterés, la desvergüenza, la falta de respeto a los profes y compañeros, la envidia, la mala educación…  Ese será el “toque del manto” que obligará al maestro a una constante salida de su energía vital.  Seres crísticos, Nora. Pagar con tu salud. A los maestros se les pide que sean seres crísticos.  Y eso que Jesús tuvo algún desahogo que otro, según la Biblia. Recuerda aquello de los vendedores del templo. Pero a los profes no se les permite desahogo alguno. La denuncia por una parte o por otra te invita a caminar sobre el filo de un cuchillo y ser… poco menos que el hielo mismo para no dejarte llevar como Jesús por sus sentimientos. Pobre Jesús, que flaqueza tuvo. En fin. Eso tal vez demuestre, según la Biblia, lo humano que fue. Y todo es porque nuestra sociedad no consigue tener unos valores comunes y vivimos en permanente confrontación.  Empujado por los intereses ideológicos, claro. De no ser así florecerían los profes vocacionales, entre otras cosas, porque la educación seria uno de esos valores.

Así que todo el día y todos los días morir en la cruz… es una “jartá de cruz”. Hasta Cristo se cansó de la paz en aquella ocasión. Imagínate que un profe hoy la emprendiera a cachetazos con los niños que no trabajan, que insultan, que marean constantemente, que revolucionan la clase, que desobedecen, que se burlan de todo y todos…  En fin. Hoy, Jesús de Nazaret estaría en la cárcel, o expulsado del sacro colegio de los seres crísticos.

Los niños, Nora, no son más que el reflejo del mundo en el que viven, de los valores que les transmiten o no, de lo que ven en la tele, en casa, en la calle,  les aplauden, les consienten…  Los valores sociales, Nora. Eso es lo que falta. Desde la simple urbanidad, que decíamos antes y que ha desaparecido por la decadencia que nos invade. Hay que volver a valores aceptados por todos, fundamentales, y que sean enseñados por todos. Todos somos escuela. La tele, la radio, la prensa, el cine, la literatura, la política, la religión, los sindicatos, los peluqueros, carpinteros, panaderos, tenderos, amas de casa, padres y madres, vecinos, bares, discotecas, La calle…  Y por supuesto la escuela. Todos somos escuela y todos estamos obligados a dar ejemplo, o por lo menos a no dar mal ejemplo.

La puerta para la salida de la crisis, de esta y de todas las que vengan, es la educación, Nora. Supongo que la ya próxima ley de educación será mejorable en muchos aspectos, pero… ¿no te parece extraño que estén contra ella todos los partidos de izquierda y los nacionalistas?
Nuestra sociedad debiera ya estar al tanto de estas cosas, y aplicarse de una vez aquel dicho de Benjamín Franklin: Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo.

miércoles, 1 de mayo de 2013

NORA Y LAS NORMAS 9001. UN JUICIO A DIOS


Llegó el auditor, con túnica negra y gorguera blanca, con toda la seria gravedad de  sabiduría de normas bajo el brazo en forma de libro. Un libro grueso, de tapas oscuras de piel repujada, donde estaban escritas en letras negras como la noche oscura del alma todos los controles celestiales, procedimientos obligatorios para la perfecta creación, estrategias de la organización celestial, listado de procesos para implementar la eficacia de la gestión y satisfacción del cliente humano. Toda la sabiduría ancestral de las normas pasadas, presentes y futuras, con la terrorífica numeración 9001, para enjuiciar la odisea del  universo creado por aquel, llamado, Dios.  La suma de los dígitos del citado número, evidencian el 10, el número perfecto  por excelencia, con el que los grandes auditores del universo querían expresar la sabiduría máxima que el libro encerraba para el presente juicio de Dios. Es un libro diez.
Se sentó frente a la mesa, sobre una tarima alta, en un sillón de noble madera oscura, de respaldo alto y tallado de rosetones y volutas, con ruido de capas y balandranes. Detrás del sillón un atlas del firmamento con un punto de luz brillantísima procedente del lejano, oscuro y profundo universo y sobresaliendo de esta luz una leyenda: SEMPER FIDELIS AD PRAECEPTA. Siempre fieles a las normas. Sobre la mesa un mantel rojo, y a ambos lados candelabros de oro de siete brazos. Puso el gran libro de las normas sobre un atril de bronce pulido, en el centro, justo delante de él. Luego del silencio entró Dios, sonriente, simpático, artista creador, canturreando bajo la lluvia de su propia alegría de vivir. Se sentó frente a la mesa del auditor, a un nivel inferior y sobre una silla de Ikea.
―Veamos, Don Dios. Hemos tenido quejas de los clientes de la tierra, dado que los supuestos planes del creador les parece un fiasco. Hemos recogido millones de firmas, que son las que nos avalan y nos transmiten la voluntad de auditarle a usted para comprobar que sus planes no correspondían a un estudio detallado, pormenorizado, con estrategias bien definidas,  con enfoques basados en procesos mediante el cumplimiento de requisitos y sí al libre imaginario e improvisado artificio de un cómico de la legua. Queremos averiguar si su estrategia organizativa estaba basada en procesos cuando la desarrollaba; necesitamos saber qué enfoques tenían los momentos de creación y, de qué forma, si la gestión fue adecuada;  así como igualmente, qué hay que hacer para que se implemente y mejore la eficacia del sistema de gestión de la creación universal y  aumentar la satisfacción de nuestros clientes.
El Gran Auditor dejó caer la gravedad del peso de sus palabras sobre la sala. Tras el enjuiciado, permaneciendo a oscuras pero atentos al desarrollo de la sesión, altos representantes del género humano de todos los continentes, altísimos representantes del colegio oficial de los auditores en cuyas pupilas se reflejaban las letras doradas del lema oficial del colegio.
Y siguió el Gran Auditor:
―En primer lugar, hagamos un breve repaso a la situación que nos ha traído hasta aquí. Habrá usted comprobado que el mundo anda muy revuelto. No hay siglo que no tenga guerras, la paz se desconoce, la muerte por violencia es algo tan normal que los humanos ya no se estremecen al conocerla; el hambre y las enfermedades devoran a los humanos en todos los continentes;  el odio, el rencor, la venganza, la envidia, la falta de honradez contra ellos mismos y los demás, la violencia de palabra y de acción es norma diaria. La contaminación de aires, aguas, tierras; la esquilmación de recursos de la tierra y el mar; la deforestación interesada por negocios egoístas; el tráfico de personas, la esclavitud, el vicio,  el egoísmo ejemplificado de miles de formas diferentes, la estafa, el robo, la mentira, la soberbia, la fábrica de armamentos, la especulación del suelo… Las enfermedades rentables para las industrias, la falta de control en las actuaciones políticas… ¿Quiere usted que siga más?...
Dios dejó de sonreír. Pareció por un momento recobrar el sentido de la verdad sobre su situación y dijo:
―Me gustó mucho la creación. Fue divertido e interesante. Pero no quise crear monigotes sin vida, marionetas con hilos ni grafiti en las paredes. Quise crear vida, y como tal, la vida tiene que ser forzosamente libre, autónoma.
―¿Libre y autónoma hasta el punto de provocar millones de muertos con graves sufrimientos por infinidad de causas? ―Gritó interrogante el Auditor― ¿Libres para estafar, engañar, mentir, hacer sufrir? ¿Libres para especular y ensuciar la vida? ¿Libres para vivir horrorizados desde la cuna hasta la sepultura? ¿No ha sido más bien un acto irresponsable de su manía creadora? ¿Un acto de soberbia egoísta?
―Nunca me planteé que la cosa pudiera tomar esos derroteros, pero la condición indispensable de libertad, llevaba consigo estos graves peligros ―contestó serenamente Dios.
―¿Graves peligros? La humanidad no le trae a usted aquí por “graves peligros”, sino por evidentes signos de hambre, enfermedad, miseria, dolor, destrucción  y muerte. Pero no perdamos más tiempo. ¿Cómo se declara usted ante este fracaso en la gestión de su creativa y artística iniciativa, culpable o inocente?
―Inocente, señoría.
―Bien, puesto que así se declara, y siguiendo el procedimiento que dictan las pautas 9001 del Libro de Normas, comienza este juicio contra Dios por desidia y abandono de sus criaturas y el mundo creado. Tiene la palabra el Venerable Fiscal General Auditor.
El Auditor Fiscal, valga la redundancia, se levantó de su asiento, paseó brevemente por la sala, mostrándose ante el abatido Dios y comenzó hablando fuerte para el público.
―El primer día dijo usted: hágase la luz, y la luz… fue hecha. Pero yo pregunto: ¿acaso el señor Dios, aquí presente, fue consciente de cuanto eso iba a provocar? ¿Midió Dios el alcance de su acto improvisado, de un fenómeno visual que iba a provocar la muerte y desesperación de millones de individuos de todas las especies? Al iniciar usted, de forma caprichosa, y sin el debido control, la aparición de luz, puso en marcha el reloj del universo, y desde entonces la vida tiene principio… y fin, y eso produce una angustia terrible en la totalidad de individuos que la sufren. Por no decir, que la aparición de luz produce en los cuerpos laceraciones, úlceras, tumores, trastornos de todo tipo que, en unos casos provoca enfermedades graves y en otras la misma muerte. Al crear usted la luz, amigo mío, creó usted la muerte.
Y dirigiéndose al público gritó la pregunta retórica señalando a Dios:
―¿¿No sabía él lo que estaba haciendo…??
Dejó que el eco de la última vocal se perdiera en la sala mientras el dedo acusador volvía a su ser. Y luego del silencio continuó:
―La más elemental norma 9001, nos dice que toda decisión corresponde a una estrategia. ¿Cuál ha sido su estrategia, bondadoso señor? ¿Crear para luego contemplar su autodestrucción, su lenta agonía?
Naturalmente esto último lo dijo con irónico tono de burla. Entonces Dios habló:
―No tenía estrategia alguna. Solo hice caso de mi impulso creador. Tan solo quería crear vida y dejar que esa vida evolucionara por sí misma. Quién sabe si, en su libertad, alguna de esas vidas pudiera alcanzar la plenitud del creador y encontrarme con alguien que realmente me comprendiera y con quien pudiera compartir mi soledad. Me pudiera hablar de tú a tú.
―Luego sí había estrategia.
―No la había. Tan solo el deseo que por sí misma, aquellas vidas evolucionaran a seres superiores… o no. Esa era y es la condición de seres libres.
―Pues ya ve usted, Don Dios, que de seres superiores nada. Hambre, miseria y crujir de dientes es lo que manifestó la criatura. ¿Y todo esto motivado por qué? Una vez más lo diré  bien claro y fuerte. ¡Porque no hubo estrategia alguna en la creación! ¡Fue una obra improvisada!
El silencio del público se encargó de acallar  el sonido de la voz. Y de nuevo el Fiscal Auditor dijo:
―El segundo día usted creó el Cielo y el Mar. Cielo que ha traído al mundo miserias en forma de falsas esperanzas, cuando no directamente en la composición química de los elementos que lo forman. La dependencia del oxígeno, que ata al hombre a la tierra y allá donde fuere, exterior a ella, deba llevar su mochila de aire a cuestas cual cruz en el calvario. ¿Es eso libertad? Y el mar, antaño repleto de vida y ahora vertedero de naciones, cementerio de millones de hombres, sepultura de civilizaciones enteras, pasto de viles robos de la vida animal para sacrificar la vida de las generaciones venideras… Es imposible que usted no previera esto… Pero claro, ¿cómo va a prever nada, si todo funcionó, chuscamente, con la alegría del festero? ¡Viva la improvisación! Aquí se ve claramente que no hubo requisitos previos, se entiende que no hubiera comprensión para el cumplimiento de los requisitos. ¡Ale, así, sin más, a lo bestia, a lo salvaje: creced y multiplicaos! ¡Y así pasó lo que pasó y pasa lo que pasa!
Y dijo Dios:
―El cielo y la tierra son solo imágenes de un paisaje. Hice al hombre libre, para que los estudiara, aprendiera de ellos y, conociéndolos, los amara y sirvieran  para su progreso Nadie es culpable de que la inclinación al  mal haya desviado la balanza del equilibrio natural.
―Naturalmente que hay un culpable. Usted, Dios, es culpable. La inagotable sabiduría del Libro de las Normas 9001 establece  la necesidad de considerar los procesos en términos que aporten valor. Usted debía haber previsto que el proceso del conocimiento de tierra y cielo pasaría mucho antes por el dominio y destrucción de esos elementos, y por tanto de la destrucción de toda vida dependiente de ellos. Que es toda.
―Una vez más el Venerable Auditor Fiscal tergiversa mis intenciones y las interpreta a su manera. Repito que en la base de la creación está el perfeccionamiento personal como base para el progreso social. Y que una cosa lleva a la otra solo con la presencia de un valor fundamental: la libertad.  Hay una tierra, y hay un cielo, y en medio hay una escalera, que es la perfección personal. Quien no sepa transformarse no encontrará el camino.
―¿Qué camino, si son millones los que, ignorantes de su suerte, campan a sus aires como el pueblo de Moisés, que cansado de esperarle renunció a su Dios y se inventó ídolos a quien adorar? La libertad, amigo Dios, no debe estar exenta de responsabilidad, información, desempeños y eficacias en los procesos. ¡Solo la libertad no basta!  ¡Solo la libertad no justifica!
Se secó la boca que arrojaba saliva como perdigones, encendido el verbo más por la cólera que por la oratoria.
Y siguió:
―Los siguientes días prosiguió usted, embriagado por la fiesta creadora, procurando a la especie humana todo un escenario para su venida posterior. A saber: plantas,  sol y luna, peces y aves, demás animales y… los seres humanos. Está claro, señorías, que el “buen Dios” dejó para el final lo que debiera haber creado al principio, y contando con él, haber dispuesto luego en orden lógico todo lo demás. Crea nuestro admirable constructor de deformidades, antes el escenario que el teatro, antes la tramoya que los personajes, antes la forma que el fondo. Una vez más tengo que citar nuestro bien amado Libro de las  Normas 9001 que nos enseña clarísimamente que hay una mejora de los procesos si se basa en mediciones objetivas. Es decir, que había que pensar antes. Antes que lanzarse a una orgía de creatividad irresponsable de la que jamás podrá salir ya el género humano. Hay que establecer con carácter de urgencia, Ilustrísimo  Auditor General, una descripción de los procedimientos documentados establecidos para el sistema de gestión de la calidad de la creación o referencia a los mismos, y una descripción de la interacción entre los procesos del sistema de gestión de la calidad. ¡Y esto es urgente! ―gritó―. Además,  hay que plantear acciones de seguimiento de revisiones por la dirección del Ilustre Colegio Editor, pensar en los cambios que podrían afectar al sistema de gestión de la calidad del universo creado, y recomendaciones para la mejora, finalizando con una revisión total de todo el proceso. Mucha faena nos ha dejado aquí, Don Dios, el “creador”.
Y dirigiéndose al público:
Señorías, hemos visto aquí que este que dice llamarse Dios Creador, lo hizo todo sin fuste ni muste, tal cual expresa el vulgo. Que una obra de semejante proporción no debiera dejarse en manos de irresponsables que solo atienden al exceso de su deseo personal, a la sensación enfebrecida de eso que llama vacuamente “sentimiento creador” sin más juicio ni sensatez que la libertad. Está demostrado que el que no sirve para nada se hace… creador, porque sí, porque la libertad todo lo justifica, sin tener además que responsabilizarse de sus actos por los que sufren millones de seres. Afortunadamente tenemos a nuestra disposición todas las normas necesarias que regulan nuestra vida, de los cielos y tierras, animales y plantas todas. Normas que fueran hechas por seres conscientes, inteligentes, que crearon un cuerpo  fundamental de normas cuyo seguimiento lleva al triunfo de la justicia, la eficacia y el orden frente a la desolación de la creatividad improvisada. Pensar menos en las libertades y más en la eficacia, señor Dios, es lo que le hizo falta. Y ahora nos deja usted la faena de corregir todo lo que hizo mal.
Se sentó el Fiscal General, encendido todo él por su indignación, y tomó la palabra nuevamente el Ilustre Auditor General.
―Tome la palabra el abogado defensor de Dios, si lo hubiere…
Y levantose Dios y dijo:
―Con la venia, señor Ilustre Auditor General, yo me defenderé a mí mismo.
Un gesto complaciente del Auditor dio la palabra a Dios, quien de pie, dando unos pasos alrededor de su silla, mirando a un público oculto entre oscuridades les habló:
―Efectivamente, he podido cometer errores. Del error también se aprende. Y tal vez sea esa una de las verdades que la libertad no enseña.  Hasta el punto en que la ciencia lo practica con asiduidad, y es el ensayo y el error uno de sus puntos fuertes en el progreso. El primer error, creer que la libertad es un don tan extraordinario y maravilloso que, sintiéndolo yo mismo, quise hacer a los hombres a mi imagen y semejanza. Seréis libres, como yo lo soy. Y toda libertad produce escalofríos de responsabilidad. Pero la responsabilidad es algo que se aprende. No se nace responsable, pero sí se nace libre. Y esa libertad desde la cuna la di yo. La otra… la dan los hombres. Es, efectivamente una desgracia el lento caminar de la humanidad  en busca de la escalera del auténtico progreso. Pero todo progreso es producto de la reflexión personal, del cambio en lo profundo, y hasta del sufrimiento. Es doloroso, pero es cierto. Hasta yo, Dios, sufro cuando veo sufrir, y por ese motivo acojo inmediatamente en el seno de la paz y la armonía a los que sufren. Pero no por eso vamos a evitar que la libertad sea el máximo exponente de la humanidad, su sello personal. El hombre es hombre porque es libre. Los animales están sometidos a su instinto. Las plantas no pueden moverse… Solo el hombre habla, construye, inventa, sufre, pelea, vive y muere por su libertad. El hombre es la libertad.
Aquel famoso Quijote dice a Sancho: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida.”
Es cierto que los horrores de la humanidad han sido producidos en su libertad, pero no es menos cierto que los grandes avances también. Todos aquellos que desean vivir mejor, que anhelan una vida más digna, que no haya tal o cual enfermedad, que se inventen máquinas que hagan los trabajos más esforzados o peligrosos… han sido hechos por personas creadoras, llevadas a ello por su libertad. Si todos fuésemos por la calle con un libro de normas bajo el brazo, la vida podrá ser muy segura, pero sería un aburrimiento mortal. Carecería de interés. Todas las normas del Gran Libro de Normas 9001, no son más que una gigantesca cadena que ata la iniciativa, frena la libertad, mata la imaginación, destruye el valor fundamental del ser humano que es la libertad. Y con ella la alegría de crear, descubrir, saber, pensar…  Vivir. Con ello desaparece la escalera de la perfección personal. El hombre está hecho para pensar, ser libre, descubrir, gozar de la creación. Todo lo contrario de las normas. Normas para subir, normas para bajar, normas para entrar, normas para salir, normas para pensar, normas para vivir, normas para morir, normas para trabajar…
Si yo, Dios, hubiese tenido normas para todo eso, nadie estaría aquí. Ningún aliciente habría tenido la creación. Si hoy estáis aquí y me juzgáis, es porque en mi libertad, os hice libres.
Si me pedís que elija, o ser dios encerrado entre normas, o ser libre, prefiero ser libre. Porque como decía Lord Byron, “aunque me quede solo, no cambiaría mis libres pensamientos por un trono”. O como decía Benedicto XVI: “En aquellos días aprendí dónde hay que interrumpir la discusión para que no se transforme en embuste y dónde ha de empezar la resistencia para salvaguardar la libertad.”

Dos golpes en la mesa con el mazo del auditor dejaron el juicio visto para sentencia.

FIN

martes, 23 de abril de 2013

NORA Y EL COLEGIO DE LAS HORMIGAS





Muchas veces, en nuestras conversaciones al amor de la luz del flexo, ya que no de la chimenea porque no tenemos, pero que debiera haber en todas las casas porque ayudan mucho a pensar (cuando yo sea jefe de estado la chimenea será obligatoria en todas las casas),   hablamos de los problemas que tenemos hoy en España. Ya saben, crisis y demás.  Pues bien, nuestro análisis sigue como siempre. Baja la prima de riesgo, suben los impuestos, sigue aumentando el paro, pero exportamos más que nunca, vienen muchos turistas, sigue habiendo mucho ladrón y gente sin escrúpulos en todas las capas sociales, hay banqueros que estafan, políticos que mienten, gente que roba a manos llenas, valores sociales necesarios desaparecidos en este río revuelto de intereses de partidos, gente que se aprovecha del poder para enriquecerse y luego tienen la desfachatez de decir que si ricos y pobres. República no, Monarquía tampoco. Desorden y desconcierto sí. Y demagogia a manos llenas… mucho. Palabras. Como decía la antigua canción italiana cantada por Mina: parole, parole parole…
A pesar de las razones económicas la crisis es una cuestión profunda porque afecta a un pilar esencial de la sociedad: la educación. Como los viejos edificios padecen de aluminosis y se rajan por todas partes, nuestra sociedad sufre de "educacionosis".  Y se resquebraja por todas sus costuras. Y es que sin educación, sin una buena educación,  no hay sociedad, sino panda de borregos. Repetimos siempre ella y yo la palabra mágica: E S E N C I A L. La educación es esencial. Entendiendo por educación todo. Todo es educar. El sentido de la justicia es educar. El sentido de la propiedad privada es educar. La honradez es educar.  No robar es educar. No despilfarrar es educar. No esperar que te lo den todo es educar. El esfuerzo, el placer del trabajo bien hecho es educar. Entender que en la vida hay que esforzarse para todo es educar. Que no hay que gastar más de lo que se tiene es educar. Atender en clase, escuchar al profesor, obedecer los hijos a los padres y no al revés es educar. En fin, tantas y tantas cosas que podíamos añadir a esta lista que sería larguísima y que llevamos años, lustros, decenios, borrando todo de ella. Hay muchas generaciones torcidas. Luego removemos cielos y tierra buscando culpables, haciendo equilibrios malabares con los ajustes económicos, enjuiciando y denunciando a estafadores de todo tipo… Pero el problema sigue ahí, latente. La sociedad, Nora, está enferma porque está mal educada. Educacionosis. Se le quitaron, gozosamente además,  los viejos valores con el pretexto de que eran viejos, osea, caducos, o mejor aún franquistas, y no se han sustituido por ninguno. Nos levantaron las faldas, nos quitaron la ropa interior con la promesa de un mundo diferente y lo que sucede es que no nos han devuelto ni siquiera la ropa y estamos en pelotillas desde hace mucho tiempo. No hay fundamentos, es decir, cimientos para construir una sociedad con los valores suficientes e indispensables para formar un mundo racional, lógico, ordenado en lo ordenable, animoso, innovador,  coherente, emprendedor…
― ¿Y en el colegio qué hacen los profes? Inquiere Nora.
La pobre busca racionalmente culpables, y puesto que le hablo de educación ella acude al inicio de la cosa, la escuela.
―Uy, Nora. Primero te diré que la primera escuela, y la que sirve para toda la vida es la casa. Los padres son los educadores máximos, y es allí donde se abonan los principios fundamentales de honradez contigo mismo y con los demás. Pero claro, los padres no son ajenos a la desgracia general, y andan también desnortados y descentrados. Y en cuanto a los profes en la escuela… te diré que han cambiado mucho. Y mal, claro. Los profes ya no son dueños de su tiempo, ni de su forma de trabajar. Antes cada “maestrillo tenía su librillo,” pero ahora menos que nunca los profes son libres para ejercer con sentido profesional, artístico y vocacional su labor. Las vocaciones son ahora contraproducentes. Es mejor la obediencia. Se busca al profe obediente. Los profes, ya lo sabes tú de otras ocasiones, están sometidos a un marcaje estrecho, un sistema rígido del que no pueden salir y ni siquiera moverse. Le llaman calidad. Sí, ya sé que es una “parajoda”, que diría Marujita Díaz. Pero todo concuerda. Imagínate que alguien quisiera que la sociedad funcionara como lo hace, es decir, con gente sin valores que relativiza todo, incluyendo la propia vida. Pues hace falta que eso se vaya haciendo desde pequeñitos. Y para eso hace falta que los maestros no puedan salirse del sistema, no fuera que alguno, rebelde, consiga formar gente capaz, pensante, decidida, responsable, trabajadora, honrada, noble y eficaz. Sería el empezose del acabose, Mafalda dixit.
― ¿Y cómo hacen eso?
―Pues ya te digo, metiendo al maestro en una cadena de montaje que se llama calidad de la gestión escolar. Incluso le ponen normas. 9001. Jaja. Industrial a tope. Ya no hay padres y alumnos, hay “clientes”. ¿Podrán hacer los coles la semana fantástica? Jaja.
― ¡No xodas!
―Así es. Como si fuesen una inspección de ITV, un taller de repuestos, un supermercado… Qué sé yo. Ya sabes mi opinión: de artista maestro a obrero industrial. Antes cantábamos con cachondeo aquel pasodoble torero emulando la banda de música en la plaza: de torero me meto albañil… chinta, chinta chinta chin. Pues bien, ahora es: de maestro me meto a industrial, chinta, chinta, chinta, juaaaa.
Nora se parte de risa ante mi sorna, aunque pronto cambia por una expresión tristona porque sabe el tono amargo con que lo digo.
―Y los profes, Nora, para estar bien controlados en esta misión suicida, pasan cada año ¡¡dos auditorías!!
― ¡No xodas!
―Así es. Dios nos podrá juzgar una vez, pero los auditores juzgan dos veces cada año a los profes. Más que Dios. Imagina a un señor/a que te hace traer tres mil folios llenos de datos, registros de todo tipo, programaciones, actividades, calificaciones y mil etc. más. Algunos llevan carritos de la compra para poder llevar todos los papeles. Y entonces viene ese vigilante de la pureza del sistema corruptor y te dice:
----- Entonces… ¿cómo ha desarrollado este objetivo, qué actividades ha desplegado en la clase y con qué tipo de preguntas ha evaluado usted su consecución? Y los profes se quedan a cuadros. Pero luego les piden los registros de faltas, las reuniones de padres, y las otras, los acuerdos, como controla la información de los padres que no acudieron, etc. etc. etc. Vamos, ni la Gestapo pregunta tanto y tan finamente cuestiones tan importantes. Esto sumerge a los profes en un mar de papeleos del que no levantan cabeza. No hay tiempo ni de enseñar. Jaja.
Y entre tanto papeleo, Nora, los niños ni saben más ni mejor. Es decir menos y peor. Y ahí están las pruebas de exámenes que se recogen en los informes internacionales. Pero sobre todo, Nora, ahí está la sociedad. Es un efecto lógico.
Imagina por un momento Nora, que la inspectora jefa de las hormigas, visita un hormiguero, y ve a una esforzada hormiguita que trae afanosamente una pajita, con la sana intención de ayudar en la despensa invernal. Y de pronto la jefa inspectora le dice: Sí, ya veo que trae usted una pajita con esfuerzo al hormiguero, pero supongo que usted me podrá decir, por dónde ha venido, qué camino ha recorrido, qué charcos ha rodeado, qué piedras ha subido, qué peligros ha evitado, de cuántas pisadas humanas ha huido, cuántos pájaros ha evitado, cuantas veces se detuvo a charlar por el camino, cuantas otras briznas de pajas dejó caer, qué parte se comió usted, cuánto tiempo perdió en recorrer la distancia… Imagino que usted lo tendrá todo registrado en un… diario de a bordo.
Piensa por un momento, Nora, la cara de esa hormiguita, que con tanto esfuerzo y evitando tantos peligros ha logrado llegar al hormiguero aportando una pajita.
―Que se le quitan las ganas de volver a por más.
―Efectivamente, Nora. Menos mal que no tiene semejantes auditores y en el colegio de las hormigas las profes no pierden el tiempo, las ganas y la ilusión,  y así instruyen bien a las hormiguitas a orientarse por el sol, por la olor de sus compañeras de hormiguero, por el rastro en el suelo,  les enseñan a ser valientes, a distinguir entre pajitas buenas y malas, a buscar los lugares mejores donde pueden encontrar comida, a resolver el problema del agua de la lluvia que intenta meterse en el hormiguero, a tenerlo siempre limpio, ventilado, útil. Les educan para ser eficaces en su sociedad. Todas son una familia y viven de unos valores sociales sólidos.
―Entiendo.
―Pues ya ves, Nora, hasta una hormiga sabría hacer las cosas bien. Y nosotros, ¿por qué no?
―Me parece que me lo pones en la boca. Ellas tienen la generosidad de servir a su sociedad, la sana alegría de sentirse útiles, la grandeza de aprender cuanto les enseñan sus profes… la falta absoluta de demagogia…
―Así es. Los enseñantes son por naturaleza gente generosa. El arte de enseñar es un acto de generosidad constante por parte de todos. La pasión de aprender y la pasión de enseñar se honran mutuamente. No se puede enseñar sin esa cualidad que se transmite por la propia sociedad, porque es un valor esencial en ella, que está en el aire y que todo el mundo respira. Igual que en el hormiguero se premia la laboriosidad. Por eso los alumnos (la sociedad, a fin de cuentas) lo adquieren como modelo y en las sociedades avanzadas no se da tanto la vagancia, la mangancia, la delincuencia, la desidia, la demagogia, la…
Saber vivir es un arte, Nora.  Y para saber vivir el arte de la vida con la pasión, generosidad y vergüenza necesarias hay que estar bien enseñados, bien educados. No perder el tiempo en burrocracias inútiles que malgastan tiempo, esfuerzo y dinero. Y estafan a la sociedad que dicen servir.
― ¡Como en la escuela de las hormigas!
― Efectiviwonder, Nora.

martes, 9 de abril de 2013

NORA Y LA REBELIÓN DE LOS CABLES



Nora intentó venir a mí, como cada mañana al despertarse, dispuesta a darme los buenos días con los lametones de rigor, pero enredó las patas traseras en los cables del ordenador, mezclado con los aún presentes de la difunta impresora, más los cables del teléfono, más los cables del flexo, más los cables de los cargadores del móvil, más los cables  del disco duro externo, más los cables de la televisión, más los cables de otra lámpara de pie, más los de otro segundo flexo, más los de la radio, más los de…
Enredada como mosca en tela de araña, incapaz de salir de allí y de entender por qué demonios los humanos estamos rodeados de cables, de tantos cables, se debatía la pobre levantando las patas, unas y otras a ver si la suerte le desenredaba pero conseguía todo lo contrario. Lo que en principio me causaba risa, poco a poco, viendo el sufrimiento de la perra, me produjo inquietud. La pobre me miraba con esa carita de pena que pone a veces, cuando espera que yo sea la solución a sus problemas. Los cables parecían tener vida propia. El lío fue tan grande que tuve que tomar parte en el asunto, y comenzar a desliar por un lado intentando saber de donde era cada cable. Eso sí, acordándome de las madres de los cables en cuestión.
Cogía un cable, que partía de un sitio, y lo seguía con la mano deslizándola por él hasta que al llegar a un cruce de cuarenta cables, era incapaz de encontrar donde seguía el que tenia de origen. Y vuelta a lo mismo, pero con otro cable. Tal vez si encontrara uno fácil… Todo es cuestión de paciencia, de ir uno por uno. Roma no se hizo en un día, así que un lío era solo cuestión de paciencia.
Y entre taco y taco, los pu…os cables y esas cosas, me recordaba aquello mis días de pescador, cuando en una barca parada, a merced del sube y baja de las olas, estuve intentando deshacer un enredo de hilos de pescar. El resultado fue que el estómago primero, y la cabeza después comenzaron también un sube y baja, un revoltijo de tripas y un mareo de tres pares de nísperos seguidos de una vomitona. El lio quedó allí, pues la persona que iba conmigo acudió en mi ayuda con una tijera, cortó el hilo y así pude deshacerme de él pues ya el enredo me comía hasta la cabeza.
Pero esto no se puede hacer con los cables eléctricos. Está claro. Así que estaba en esas otra vez pero con la única arma de la paciencia.
Y como si tuvieran vida propia no la dejaban salir. Ella, que solo quería llegar hasta mi para darme los buenos días. Pobre victima de sus sentimientos.
Intenté desenchufar todos los cables. Todos, dejando todo apagado, para poder tocar los cables sin miedo a romper nada o a que me dieran un calambrazo. Durante un rato estuve deshaciendo líos, lazos, nudos, pasando por delante y por detrás, ahora por aquí, y este lo saco por allá, y este otro lo vuelvo atrás, y este lo saco por delante, y ahora… ¡Al fin!... ¡Uno libre!
Hasta Nora movió el rabo viendo que aquello, aunque lento, iba desenredándose. Así estuvimos largos minutos, volviendo y revolviendo, siguiendo caminos confusos que nos hacían volver atrás una y otra vez.
La impaciente paciencia, unida al azar nos llevó a desenredar otro. Y así cada vez que uno salía del enredo lo celebrábamos con un alborozado grito de euforia y un taco contra los malditos cables.
Nora pudo salir al fin, y vino a mí, mansurrona, lamiéndome las manos hasta dejármelas todas mojadas y chorreantes.
Luego, cada vez que pasaba por el montón de cables, los rodeaba, temerosa de volver a caer en la trampa de aquella viuda negra que semejaba el nudo de cables.
Pasó la tarde y llegó la noche. La cama nos acogió en santa bendición de paz y cerré los ojos cuando ya Nora roncaba.
Al rato sentí un roce en mi escaso pelo, como una ráfaga de aire               que de pronto te hace estremecer el cabello. Supuse que habíamos dejado la ventana abierta y asomé los ojos pesadamente por encima del nórdico para mirar la ventana. Y de pronto, sobre mi frente, un latigazo.  Dioses, qué dolor. Creí que algo me había caído encima. Pero ¿el qué? Sobre mí no hay nada ―me dije. ¿El techo tal vez? Asomé los ojos aterrorizado, mirando el techo, no vi nada anormal, así que intenté sacar más la cabeza para descubrir qué diantres estaba ocurriendo allí. Y de pronto, junto a mi oreja, ¡zas! Otro terrible latigazo.
Joder, esto ya es algo más que raro. Está claro que allí había alguien que me hacía estas cosas. Pero lo extraño es que Nora no lo descubriera.  Comencé pues a inquietarme, y nervioso, retador, intentado coger el toro por los cuernos y enfrentarme a lo que fuera, saqué el rostro completamente fuera, en un arrebato de coraje. Cuando dos poderosos latigazos, uno en cada parte de la cara me la cruzó con gran dolor. Me oculté bajo el edredón, quejándome del daño.
Estaba “acongojadito”, ya saben. Era evidente que alguien había allí, y tal vez no uno, sino dos. Y de pronto, cuando estaba metido dentro del grueso edredón, con la cara dolorosamente cruzada por aquellos latigazos, voló el edredón por los aires cogido por unos extraños seres, largos y negros, como… como… como ¡cables eléctricos!
Parecían culebras, horribles, delgadas, flexibles serpientes negras que enredaban las esquinas del edredón y lo levantaban. Y nada más levantarlo cayeron sobre mí, a latigazo limpio. Yo intentaba cubrirme la cara con las manos, pero incluso las manos dolían ante los latigazos, y luego todo el cuerpo.
Huyendo desesperado de aquello, me levanté y corrí al salón, todo agitado, nervioso, asustado, sin comprender nada. No tuve tiempo de ver a Nora. No decía ni hacía nada. ¿Estaría muerta? ¿La habrían matado ellos?
Otra lluvia de latigazos cayó sobre mí, golpeándome por todas partes, y eran tan dolorosos que en cada uno de ellos aullaba como una bestia. Y aunque me tapara la cara y la cabeza me llovían por todas partes. La flagelación duró unos instantes inacabables, en los que yo, a trancas y barrancas, entre ayes y restallidos  de látigos logré zafarme de ellos; corrí al aseo cercano y me escondí dentro, cerrando la puerta. Me vi en el espejo. Estaba blanco, asustado, y sudaba. La cara la tenía llena de surcos rojos, ensangrentados, y sobre el cuerpo, a pesar del pijama, se veían igualmente regueros de sangre y moratones. Me dolía todo y temblaba de miedo.
Si mis ojos no daban crédito a lo que veían, mi cerebro era incapaz de entender nada. Y esa incapacidad de comprender era lo que más horror me producía en aquella ya de por sí aterradora situación.
Al momento oí golpes en la puerta del aseo. Los latigazos sobre la puerta eran tan furibundos que comprendí que la situación se ponía cada vez más peligrosa para mi vida. Comprendí que estaba atrapado y que estaban intentando romper la puerta a trallazos, para luego romperme a mí de la misma manera.
Angustiado miré por todas partes. Ya no intentaba comprender, sino huir. El ruido de los golpes era ensordecedor. Miré la ventana, y aunque la altura no era aconsejable me dije a mi mismo que más valía romperse algo que morir desollado a latigazos. Más cuando mis manos comenzaban a subir la persiana restallaron las varillas de plástico bajo fortísimos latigazos. Estaban también allí. Estaba rodeado.
Ahora sí, mi cabeza, ante una muerte segura intentaba, ya que no había escapatoria, encontrar una explicación, pero no la había, nada de aquello tenía lógica.
Comencé a escuchar ruido extraños por el interior de los sanitarios. El lavado hervía en su interior, la taza del váter… Me dije a mi mismo que era imposible, que no podía ser cierto, que no era una realidad. Pero cuando la tapadera del váter se levantó de golpe, con una furia increíble, como si fuese desplazada por la furia de un puñetazo y se rompió, y salieron por el váter multitud de aquellos largos y negros látigos, que comenzaron a fustigarme por todas partes… vi el final. La cara me estallaba en cada uno de los golpes, y el espejo, en la huida de una mirada lo encontré salpicado de sangre. Y el suelo, y las paredes…
Supe que iba a morir. En la puerta sonaban los latigazos cada vez más fuertes, y cuando se abrió a base de golpes fortísimos, uno de aquellos látigos negros se enredó en mi cuello. Yo intenté zafarme de él, pero a cada movimiento de defensa una lluvia de latigazos caía sobre todo mi cuerpo, y no tenia manos para defenderme, y las fuerzsa me abandonaban y la voluntad se me iba por momentos…
Grité, grité, grité ¡¡Socorroooooo…!!
En la desesperación logré abrir los ojos, llenos de sangre… Y me encontré a Nora, encima de mí, dándome besos en la cara, en las manos…
Mi corazón, a punto del infarto, mi cuerpo enfebrecido, el sudor recorriendo todo mi cuerpo, la respiración agitada…
Miré a mi alrededor, aún confuso, y no había nada. Un sueño, una pesadilla. Nora, asustada al oír mis gritos y convulsiones se había despertado y me ofrecía la paz y el sosiego de su cariño, que fue lo que me devolvió a la vida.
Cables, cables, cables… Cada aparato lleva uno o varios, y cada vez tenemos más y más… Quién sabe si algún día tendremos la “Rebelión de los cables”.

                                                   FIN