lunes, 26 de agosto de 2013

¿GIBRALTAR ESPAÑOL?


No sabía Nora nada de Gibraltar, y estos días al salir en los medios el problema de los bloques de cemento y a continuación las colas de la verja y luego todos los rifirrafes que la clásica chulería gibraltareña, refugio secular de golfos produce con las autoridades y gentes de la zona  se muestra muy interesada. De pronto ve como España tiene un espolón en el pie y ha vivido con él durante varios siglos. Y se pregunta por qué. Por qué no hemos puesto solución a estos problemas.
En fin Nora, ya sabes aquella historia de si son galgos o podencos. España siempre está así. No sabemos si vamos o venimos, así que lo mejor es no moverse.
Le vengo a explicar a Nora el origen de la situación. Allá por los 1700… hasta el 1713 en que se firma el tratado de Utrecht España vive una Guerra de Sucesión, como causa de la muerte sin descendencia de Carlos II de España, ultimo descendiente de los Habsburgo. Después de él se instaura en España la dinastía de los Borbones. España se dividió entonces en borbónicos y austracistas (Borbones y Austrias) por la disputa del trono. Sucedió a este rey el Borbón Felipe V. Este produjo en España y Europa una serie de cambios territoriales y de privilegios. Por ejemplo desapareció la corona de Aragón y los fueros catalanes por haber sido chicos malos que apoyaron a los Austrias. O eso dicen. Aunque otros cuentan que no fue así, y que esa es una tergiversación histórica que ha convenido al victimismo catalán para su causa independentista. El caso es que  donde Felipe V ganó la sucesión  fue en la llamada Batalla de Almansa, de ahí que en valenciano, cuando se quiere recordar la “pérdida de los fueros” se diga aquello de… “quan el mal ve d'Almansa a tots alcança.”
Sin complicar más las cosas, el Borbón, que fue proclamado rey de España en Francia (vaya tela, además en el Palacio de Versalles, donde nació) quiso establecer una relación importante entre ambos países, pero los ingleses, que no acaban de integrarse en Europa pero siempre han querido manejarla, se presentó como adversaria ante esta política.  Así que Nora, aquí tenemos lo que tantas veces ha ocurrido en la historia: Inglaterra de una parte, Francia de otra y en medio de ambas España, como  una piel de toro desgarrada a tirones por ambas partes.
Comenzaron las rebajas en las colonias del imperio español en Europa, es decir, las guerras, las políticas y de las otras, disputándose las tierras y colonias españolas allá donde estuvieren. La consecuencia de estas disputas fue el famoso tratado de Utrecht, por el cual, unos y otros despojaron a España de sus posesiones en Europa a cambio de reconocimientos, tierras y cosas así. Y una de las consecuencias fue la entrega de Gibraltar a los ingleses. También la isla de Menorca, que fue conquistada en 1708  por los ingleses (época de Master and Commander, la película, según las historias de Patrick O’Brian) y, después de pasar a lo largo del tiempo por manos francesas e inglesas, acabó de nuevo en manos españolas por el tratado de Amiens en 1802. A los reyes les importaba más su papel de rey que sus tierras. Qué hay de lo mío, decimos ahora.
En fin, que les tocó la lotería a los inglesitos.
Así que ya ves, Nora, que Europa vive todavía las consecuencias de guerras y disputas dinásticas de hace siglos. Los reyes y sus afanes sucesorios nos han dejado en esta orilla de la historia, cansados y maltrechos, cautivos y desarmados.  Es un anacronismo más.
―Y  con esas cosas no solucionadas ¿cómo se va a hacer una Europa Unida? Imposible ―dice ella candorosa.
―Efectivamente Nora, en la mente de los europeos hay mucho odio, muchos rescoldos, mucha mala leche históricamente concentrada. Hemos estado “demasiado juntos” en la historia, y aun en la historia reciente, como es el caso.
―Pero las gentes evolucionan, los países cambian, y quien más quien menos entra, o quiere entrar, con otros aires en el siglo XXI.
―Pero España no es así, Nora.
Fíjate en los partidos políticos. En estos países de primera fila europea, puedes ser del sentir político que quieras, pero siempre prevalece el afecto por tu país. Podrás ser de izquierda, pero francés, o inglés, o alemán, o… Y lo mismo con la derecha. Pero en España no, Nora. En España hay ideas políticas basadas en el odio a España hasta el punto de que los peores enemigos de España no están fuera, sino dentro. Nuestros enemigos están todos aquí. No nos hace falta un ejército porque nuestros enemigos más acérrimos están dentro y cobran del Estado, para más inri. Esta falta de unión en las cuestiones fundamentales, y entre ellas la política exterior, es lo que ha producido la leyenda negra española, el atraso de España, el odio a España de muchos españoles y el aprovechamiento de ese odio para los separatismos, terrorismos y el ninguneo internacional. Estos males perduran en el tiempo porque no hay unión entre los partidos políticos importantes en las cuestiones fundamentales. Otra historia es, Nora, saber de dónde vienen estos males. Es otra historia. Pero fíjate bien, terrorismo, por ejemplo, ha habido en Alemania, en Francia, en Italia, en Inglaterra… De todos desapareció, menos de aquí. ¿Por qué será?
Así que el poco peso que tenemos en el mundo lo debemos a que no creemos en nosotros mismos. Basta que uno diga galgos, para que el otro diga podencos, y así la historia nos va comiendo el tiempo. De modo que es comprensible que los gibraltareños no quieran ser españoles, sino ingleses, porque allí son. Y aquí no sabemos quiénes somos. Y ser o no ser es importante, como dijo el señorito Hamlet.
Fíjate en Hong Kong. Los chinos son chinos. Un bloque. Y con un par… les dijeron a los ingleses que fueran preparando el terreno, que ya tocaba. Pero con un par. Nosotros no podemos hacer eso porque siempre estamos divididos. La oposición es la primera que pone el grito en el cielo en cuanto el gobierno de turno intenta corregir el rumbo de la historia. Representamos permanentemente el divorcio entre nosotros y eso es un enorme signo de debilidad.
Gibraltar será español cuando los españoles seamos todos españoles antes que otra cosa. Y los separatismos quedarán desfasados y los terrorismos serán parte de lo que son: la prehistoria.
Tal vez deberíamos hacernos todos gibraltareños. Al menos ellos saben donde están y lo que quieren.
―Casi preferiría que nos hiciéramos americanos ―dice Nora.
―Me gusta tu idea.


FIN

domingo, 25 de agosto de 2013

¡¡ESCUELA... AL FIN LA SOLUCIÓN!!




Se acerca el cole. Ya se ven anuncios de libros y material escolar. Los padres preparan sus carteras para hacer frente a los gastos, las idas y venidas, las reuniones del cole… Y los profes apuran su tiempo de vacaciones con la espada de Damocles sobre la cabeza. Nora, me oye hablar tantas veces sobre el cole que comprende la lucha agonizante.
―Ya no hay maestros Nora. Decir maestro es una bufonada. Un maestro era antes una persona sabia. De ahí lo de maestro, pero ahora todo está cuestionado. Incluso las propias instituciones le arrinconan. Hoy se requiere de otro personal, con otras cualidades. No sé si una especie de controlador aéreo o qué, pero por ahí van los tiros. Jaja.
―Yo he tenido un sueño ―dice ella―. A ver qué te parece:
Y comienza a contarme…
“Unos niños entran a clase. En la misma puerta, un lector de rayos pasa lista. Los alumnos llevan una pulsera con un código de barras. Si alguno falta, rápidamente el ordenador central del colegio manda un ms a sus padres/madres/tutores/tutoras avisando del asunto. Si en un breve tiempo ya concertado de antemano no recibe respuesta, el ordenador se pone en contacto con los medios de seguridad del estado, informando con su foto, dirección, teléfonos, nombre de los padres… etc. Quién sabe lo que puede ocurrir.
Pensemos que todo está bien y cada alumno se sienta en su silla, frente a su mesa, saca su tableta-ordenador, lo conecta al enchufe correspondiente en la misma mesa y el programa se pone en marcha. Un programa de reconocimiento facial y otro vocal toman nota de que efectivamente el alumno sentado es el que corresponde a esa silla y esa mesa en ese lugar de la clase. El ordenador saluda al niño mediante una cara sonriente que los niños pueden elegir entre cientos de caras y personajes. Pablito escogió una de Marilyn Monroe que, con labios ahuecados y sensuales le canta el buenos días míster Pablito president. A continuación comienza la sesión.
La sesión es individual. Los alumnos se encuentran en la misma clase, pero cada uno lleva un programa y ritmo diferentes, según su capacidad y esfuerzo que el ordenador ha sabido captar sutilmente con controles previos y preguntas ad hoc. Nuestro Pablito lleva flojas las mates, por eso el ordenador le pregunta si ha repasado los conceptos que le aconsejó que hiciera para hoy. Pablito puede decir lo que quiera, pero el ordenador es insistente y le pasa un formulario con preguntas para saber si de verdad lo ha conseguido. Si es así, pasará a otro tema, pero si no lo es, volverá a desmenuzarle las cuestiones para que Pablito, al fin, como un pajarillo engulle una papilla regurgitada de sus padres, acabe por comprender y utilizar. Cada vez que Pablito no consigue un objetivo mínimo, el ordenador se replantea la programación personal completamente. Si alcanza los objetivos toma nota de los pasos que ha debido dar, el tiempo empleado, las respuestas que ha ido dando… Todo un seguimiento completísimo que se verá expresado en gráficos para quien lo quiera consultar. Por supuesto que el propio ordenador lo consulta para dar su ‘opinión evaluativa del alumno’.
Si el alumno se muestra excesivamente torpe o lento en sus respuestas y ejercicios que el ordenador le propone, pasará automáticamente al programa de consulta psíquico y vital, sospechando que el alumno no esté en perfectas condiciones físicas y/o mentales. Tras una serie de test y ejercicios será evaluado para comprender la causa de ese retraso o esa torpeza.
Nuestro Pablito se acostó muy tarde, vio dos películas en la tele y estuvo jugando con su ‘Play’. Con las consabidas preguntas y ejercicios, el ordenador averigua todo esto, toma nota para contárselo a sus padres mediante ms y propone a Pablito dejar los ejercicios durante un rato y que vaya a tomar el sol al patio y comerse el bocadillo. Un aviso al monitor de tiempo libre, mediante ms, le comunica que Pablito va a salir de clase con esas condiciones.
Luego de esas, Pablito vuelve a clase. El ordenador, sabiendo que no está del todo recuperado, le propone unos juegos para que Pablito estimule su capacidad de concentración y mejore sus respuestas. Y durante 15 minutos, Pablito juega con el ordenador, que se muestra muy simpático. La sugestiva voz de Marilyn le resulta familiar y atractiva y sus sugerencias son bien recibidas. Al cabo de un rato, y sin saber cómo, Pablito se ve envuelto de nuevo en las clases de mates, resolviendo problemas.
Los cambios de clases no existen. Ni tampoco de materia. El ordenador sabe cuánto tiempo debe dedicar para cada materia a cada alumno en particular, sin llegar a cansarle. Los pasos a otras materias se hacen pomposamente, con música y efectos especiales, invitando al alumno a relajarse haciendo otras actividades. Generalmente el ordenador pasa de una materia complicada a otra más atractiva para el alumno, que es diferente para cada uno. A Pablito le gusta pintar, así que durante un rato, el ordenador le explica a Pablito una técnica nueva para crear sombras en los dibujos. Y con el ratón del ordenador primero y lápices después, pero siempre bajo la atenta mirada del ordenador y sus instrucciones, Pablito se relaja pintando sombras a paisajes, edificios, objetos, caras… Otras veces Pablito compone música juntamente con el ordenador. Sus melodías están registradas y pasan alegremente a los móviles de los padres para que se congratulen con los éxitos y gracias de su hijo.
Cada día el ordenador ha recogido muchos datos el alumno. Tiempo de reacción, grado de dificultad, agilidad mental, memoria, concentración, vocabulario, habilidades mentales o manuales… Con todo ello va acumulando la “historia personal del alumno. Al final del curso, será el ordenador quien, con todos los datos, decida si el alumno ‘pasa de curso’, debe reforzar materias, etc. Lo hace mediante un completísimo historial mandado, vía internet, a los padres. No hay apelación posible. Con tantos datos, gráficos y pruebas registrados día a día, no hay posibilidad de equivocarse. En esos datos está todo. Absolutamente todo.
No existe la posibilidad de entrevistarse con el ordenador, que es quien dirige, con sus programas, toda la educación escolar del niño y quien informa permanentemente, día a día a los padres de la marcha del asunto. Y también les dice, en forma de consejos, lo que deben hacer para solucionar ciertos problemas de conducta o de esfuerzo. Pero no se contenta con eso. El ordenador no recibe quejas ni excusas de los padres. Simplemente examina al niño con las pruebas correspondientes para saber si sus propuestas han surtido efecto o no. Si no es así, igual que hace con el niño, el ordenador reprograma su actuación con los padres con objetivos más específicos y fáciles del alcanzar.
―¿Y los profes, qué hacen? ―pregunto yo.
―Nada. No hay profes. Tan solo vigilantes y monitores que controlan al personal. Los profes son los ordenadores.
El sistema no falla.

Fin

viernes, 2 de agosto de 2013

NORA Y LA BURROCRACIA





Nora ha hecho este verano uno de los grandes descubrimientos de su vida sobre la organización de la sociedad humana. Ella no podía ni imaginar que las cosas fueran así, y que además, los humanos estuviéramos tan indefensos ante estas situaciones. Y menos aún que las provoquen los mismos humanos. Eso es lo que más le asombra de todo.  Insiste una y otra vez que tenemos el mal metido dentro de nosotros. Y seguramente es así. No hace más que repetirme la célebre frase de Plauto: el hombre es un lobo para el hombre. A ella le parece increíble y se afirma en la inferioridad de nuestra condición humana en el planeta. Llega a decir que la humanidad es el cáncer y que nuestros políticos y burócratas la manifestación de la metástasis. Ahí queda eso.
Todo fue por unas historias que pasamos a relatarles a continuación.
Resulta que un vecino, a punto de jubilarse, quiso preguntar en el organismo correspondiente, en la ciudad de Torrevieja que tal le quedaría su pensión de jubilarse ahora o si valía la pena jubilarse un año más tarde. Ya se sabe que la jubilación viene de júbilo, y allá que se fue el hombre, todo jubiloso, en compañía de un familiar que conocía el lugar donde debía ir a preguntar. El edificio era nuevo, imponente, amplísimo, que habrá costado una millonada a las arcas públicas, con ventanales tan grandes que se ve todo el espacio interior, con una entrada que para sí quisiera el faraón Keops en su palacio, y unos jardines que serían la envidia de Nefertiti. Quedaron asombrados del tamaño del edificio en medio de jardines, más como un palacio que como una útil y eficaz oficina solucionadora de problemas. Es un edificio que dice… contra estos impresionantes muros te vas a encontrar… En fin, ya se sabe, obras faraónicas que no falten. Los antiguos egipcios debían quedar igualmente impresionados por la grandiosidad de aquellos palacios y templos, que les hacía a ellos, sencillos humanos del pueblo, parecer tan pequeños, débiles e inútiles, y a los faraones, sus burócratas, sacerdotes y cortesanos en general, tan altos, importantes, divinos y poderosos. Hoy seguimos igual. El pobre vecino decía: “a todos estos los ponía yo en un kiosco de madera en medio de la calle, sin aire acondicionado.”
Desde la entrada, siguió contando, se veían las mesas de los funcionarios, cada una con su ordenador, como mandan los cánones modernos para mayor rapidez y eficacia del sistema. Ante cada mesa había sentado uno o dos ciudadanos que consultaban sus dudas sobre el asunto que fuere. En otros asientos, pegados a las enormes cristaleras había también unas cuantas personas esperando turno, sentados en sillas. No más de ocho o diez. En total, dada la enormidad del edificio, la poca gente y la aparatosidad de ordenadores y tal, la cosa se planteaba rápida y feliz.
Según nuestro vecino, al entrar vieron un mostrador con tres jóvenes mozos, de buena crianza, a juzgar por las risas y la postura relajada y dicharachera entre ellos. También sobre el mostrador una pantalla de ordenador, no un florero. Pues viendo tan sonriente y juvenil panorama, todo contagiado del impulso vital de los tres mosqueteros se dirigió a ellos para preguntar dónde debían ir para hacer la consulta.
Oh, porras. Las risas se tornaron sonrisas, y uno de ellos se dirigió a nuestro vecino y le dijo que no podían venir así, sin más, que había que pedir cita. Oh, porras. Tras las miradas de contrariedad de uno a otro se resignaron al fin a pedir audiencia en aquel palacio de los despropósitos. Pero con la misma sonrisa complaciente el joven les respondió que no, que no podía hacerse así. Que ellos no la podían dar. Oh, porras, pensaron ellos. Tiene que ser por internet. Pues… ¿y por qué no nos lo hace usted que tiene un ordenador? La sonrisa del joven se hizo aún más amplia y les contestó con compasiva voz: No, solo puede hacerse por teléfono. Y fue entonces cuando sacó un papelito y un teléfono escrito en él. Ese era todo su trabajo.
Naturalmente nuestro vecino se hizo mil preguntas, a cual más absurda. Por ejemplo, para qué me dejó hacerle tantas preguntas, para qué un edificio tan enorme, para qué tantos ordenadores, para qué tres señores en la entrada, para qué un ordenador sobre el mostrador… Para qué… para qué… En otras dependencias, como las consultas médicas, tienes la opción de internet, el teléfono o incluso allí mismo en el consultorio, en recepción. ¿Por qué aquí esa exclusividad? Al pobre vecino le vinieron a la cabeza las mil preguntas que nos hacemos todos. Parece que nosotros estemos para servirles a ellos y no al revés. ¿Pero quién inventará esos protocolos de actuación? ¿En quién pensará, en nosotros los usuarios o en ellos…? Quien esté detrás de esto es un enemigo de la humanidad, una célula cancerosa. Y habría que extirparla.
A veces la vida deja de tener sentido, y esta fue para nuestro pobre vecino una de esas ocasiones.
Pero la historia no acaba aquí. Una hija del susodicho fue llamada a trabajar en una alegre atracción infantil en un nuevo multicentro comercial llamado pomposamente “La Zenia Boulevard”. La chica, buena estudiante de inglés, se desenvuelve en ese idioma, además de en francés, motivo por el cual fue llamada para este trabajo, dada la enorme cantidad de extranjeros en estas fechas y en esos lugares. Se le pidió para hacerle el contrato la formalidad de estar apuntada en el paro. Y allá que se fueron, padre e hija a la oficina correspondiente. Pero en esta ocasión sí se permitía el papeleo oficial sin cita previa, aunque la cosa tampoco funcionó porque debía hacerlo en el lugar donde estaba empadronada. Oh, porras. Un viaje relámpago a Alicante, a la oficina de turno. Llegados a Alicante, con la cola habitual, y pensando que allí, como en Torrevieja no haría falta cita previa, pues… resultó que sí, de forma que el viaje fue gratuito. Pérdida de tiempo, gasolina, dinero… Y el dueño de la atracción esperando el dichoso papel. Por fin se puso en contacto con quien diera los turnos (una máquina) por teléfono y cogió día y hora y volvieron a Torrevieja. Naturalmente tuvo que explicar lo sucedido al dueño en cuestión y este, aunque un tanto molesto comprendió lo sucedido.
Días después, cuando llegó el día D y la hora H, nuevo viaje a Alicante. Y allá que va la valiente humanita con la esperanza de obtener el papel que le iba a permitir trabajar un mes y sacarse unas pelillas para los estudios.  Pero… el funcionario de turno le dijo que ese número y ese día no eran correctos, porque no era allí donde había que pedirles. Y le indicó a la acongojada chica que lo hiciera en una máquina que para tal efecto existe allí. Así que al fin con su papel en la mano con día y hora volvieron a Torrevieja. Para entonces el dueño del local estaba ya mosqueado con tanta largura y le dijo que preguntaría a su asesor. El caso es que dos días después, luego de doce días de trabajo, le dijo que había estado observándola y que no le gustaba como trabajaba y la despidió. ¡No le gustaba como trabajaba! Ni que decir tiene que la chica se vino abajo.
El trabajo, explicaba el hombre, consistía en hablar con las personas que contrataban el juego para los niños, y guardarlos al final del día. Nada más. Ni estudios superiores, ni carnet de conducir, ni ninguna habilidad especial, ni experiencia de nada. Nada de nada. La pobre chica se vino abajo dándole un terrible llanto y haciéndose preguntas sobre su supuesta inutilidad. Aclaraba su padre que lleva nota media de notable en la carrera y que ha demostrado ser persona razonable y responsable.
Así que fue el padre quien tuvo que explicar a su hija que aquel mal nacido, con pinta de chulo de playa (pater dixit), le había jugado una mala faena, tal como había hecho días antes con otra compañera. La tienen unos días, les pagan cuatro perrillas y se las quitan de encima con cualquier pretexto ahorrándose así el dinero de la seguridad social. Todo son ganancias. Sin escrúpulos, eso sí. El hombre es un lobo para el hombre, ciertamente.
La pobre Nora, que no acaba de comprender la maldad humana, me hacía luego tantas peguntas y reflexiones que me obligó a hacer un esfuerzo ímprobo para explicar lo inexplicable. Porque son cosas inexplicables. Nadie se explica como el hombre puede odiar tanto al hombre.
En primer lugar a los humanos les atienden humanos, no máquinas. En segundo lugar los borrócratas de ventanilla de turno deben ser acogedores, afectuosos, simpáticos y dispuestos a ayudar en todo a los ciudadanos, a los cuales sirven. Es, o debería ser, una condición indispensable que se estudiara cuando se preparan para hacer estos trabajitos. Nosotros somos los administrados, así que son ellos los que trabajan para nosotros. Ellos sirven a los ciudadanos, y no al revés. Cara al público, siempre, obligatoriamente, simpáticos, sonrientes, dispuestos a ayudar. Siempre. De lo contrario que se dediquen a otra cosa. Pero los trabajos cara al público, y para el público, requieren forzosamente una disposición especial, un trato exquisito y amable. Se trata de una relación de humano a humano. Máquinas, antipáticos, perezosos, amorfos fuera.
En tercer lugar, es perfectamente comprensible que los empresarios tengan en España tan mala fama, y que por lo tanto todo el mundo quiera tener unas oposiciones a lo que sea y nutrirse de las tetas del estado. Es lógico. También los empresarios deben saber que tratan con personas, no con números, ni manos ni pies. Personas. Y a una persona que está haciéndose, y además buena estudiante, no se le puede decir que no le gusta cómo trabaja como pretexto para echarla y no pagar a la seguridad social. No se le puede decir. Eso es una golfada. Debe explicar las cosas mejor. No es pues de extrañar que el susodicho tenga todos sus difuntos mentados y no sea objeto de veneración ni respeto.

“La especie humana es única en el reino animal, ya que no hay correspondencia entre su dotación anatómica hereditaria y sus medios de subsistencia y defensa. Somos la especie más peligrosa del mundo no porque tengamos los dientes más grandes, las garras más afiladas, los aguijones más venenosos o la piel más gruesa, sino porque sabemos cómo proveernos de instrumentos y armas mortíferas que cumplen la función de dientes, garras, aguijones y piel con más eficacia que cualquier simple mecanismo anatómico. Nuestra forma principal de adaptación biológica es la cultura, no la anatomía.” Marvin Harris.

 Es una excelente definición de nuestra burrocracia y del trato que los humanos nos damos a nosotros mismos. Lo dicho: Homo hominis lupus est.

martes, 9 de julio de 2013

NORA EN... ¿COLES Y PROFES O PENTÁGONO Y CIA?


―Tulipán Negro llamando a Tulipán Rojo. Tulipán Rojo, conteste. Cambio.
Pirriu churrii, pipi, ripriprip vejjjjj…
―Aquí Tulipán Rojo. Hable Tulipán negro. Cambio.
―Los campos de castilla se han cubierto de amapolas. Cambio.
―¿Muchas amapolas Tulipán Negro? Cambio.
―En el campo seis un 25%. En el campo 7 un 32%. Cambio.
―Las tormentas de verano son fuertes. Cambio.
―Y la sobrasada mallorquina es buena para comer, pero no adorna las cabezas de los corderos. Cambio.
―¿Y el resto de los campos, Tulipán Negro? Cambio.
―En los demás campos hay flores malvas, verdes, blancas… Cambio.
―Ok, Ok. Recibido. Corto y cierro Tulipán negro.
Pirriu churrii, pipi, ripriprip vejjjjj…
Jajaja. Y ustedes se preguntarán a qué santo viene este lenguaje chungo-críptico. Ya saben, es el lenguaje que en las películas oímos a los soldados y espías cuando hablan en clave. El enemigo no debe entender nada.
Si tradujéramos la humorada anterior a lenguaje de la calle diríamos:
―Oye Luis, que tal han ido los exámenes finales de este año en tu comunidad?
―En nuestra Comunidad han suspendido un 25 por ciento en materias no fundamentales y un 32 en las clásicas. Ya sabes: Lengua, mates…
―Esto nos dará una reprimenda por parte de las autoridades educativas.
―Sí, pero no estudian. Tampoco vamos a regalar.
―¿Y en las demás comunidades?
―Hay de todo. Bajando exigencias, recomponiendo objetivos  y demás se llega a aprobar con diversidad de méritos.
Hasta aquí la cosa.
Pues por este camino vamos, estimados leyentes. Si en anteriores  exposiciones hemos tratado el tema de los profes, atados de pies y manos por las normas y el excesivo papeleo y burocracia, ahora llega… ¡tachaaaaannnn…! ¡¡La protección de datos!! Fina y severa cosa es esta.
Un amigo que trabaja en el asunto recibió la visita de una experta en estas cuestiones. La señora en cuestión acojonó a todos los compañeros con una estudiada exposición de la importancia de la protección de datos del alumno hasta extremo compulsivo. Por supuesto también para esto hay auditores, no crean, y compañías dedicadas a la cosa. Ea. Que no nos farte de ná.
Aaayyy… profes profes…  No tenían bastante con un plato y ahora se comen dos. Y la casa sin barrer. No queda tiempo para atender a los alumnos, porque su cabeza tiene que estar en tantos frentes, que no hay cabeza para tanto. Divide y… perderás, dijo Chu-la-pín, discípulo de Confucio. Yo directamente propongo que los profes se marchen todos y, en su lugar, los coles se llenen de ordenadores que se encarguen de todo. Otro día nos extenderemos en esta idea sustanciosa y feliz que es la solución a todos los problemas. Pero ahora volvamos a lamernos las heridas.
Resulta, amable lector, que los profes ya no pueden llevar escritos en sus cuadernos los nombres y apellidos de los alumnos, con sus anotaciones, calificaciones, etc. Por… ¿y si se pierde? ¿Eh? Aaahhh… Alguien puede cogerlos, y enterarse de la vida y milagros de los niños, y denunciarlo en el Sálvame de Luxe o cosas así. O, el más astuto, denunciarlo directamente a la oficina estatal correspondiente y caerle al cole una multa de tres pares.
Socorro, huyamos por la derecha, decía el  león Melquíades. O por la izquierda, pero huyamos.
Ya no pueden las profes de infantil hacer fotos a sus niños, ni el clásico video del curso con todos sus compañeros… Ni fotos en las excursiones… Ni en los periódicos escolares…
De internet ya ni hablar.
Los profes, en sus reuniones deben referirse a los niños con un código, o un número, o las siglas de su nombre y apellidos. O todo lo más con el nombre, a secas. Punto.
Si te reúnes con unos padres debes dejar escrito los temas que habéis hablado y los acuerdos a los que habéis llegado. Todo esto firmado, original y copia. Jeje.
Si algún padre o madre de familia desestructurada te llama por teléfono y te pide algo… naranjas de la china. Por escrito, por favor. Pasará el susodicho papelo a las altas autoridades del cole y, si viene a bien, se le entregará por escrito con el santo y seña, rúbrica, sello real y las bendiciones oportunas.
Los/las orientadoras/es, psicólogos/as están especialmente atrapados en la red. Como verdaderos comandos de la CIA, deben poner todos sus informes, reuniones, etc., en lenguaje críptico, y guardados a buen recaudo bajo códigos secretos en ordenadores o lápices de memoria. La escuela no enseñará, pero emocionante…  está a tope. Uno ya no será profe, sino espía. Si un compañero te mira mal, sospecha. Y si te mira bien, sospecha más. Ojo con las conversaciones de recreo, en el café y esas cosas. El tiempo, ese gran tema de ascensores, es lo más socorrido. Los profes ya no tendrán nombre, porque se supone que también ellos estarán protegidos por el sistema de protección de datos. Nada de hablar con padres por internet, chico malo. Los profes serán H23, J15, B 30. Hundido.
Los ordenadores, lápices de memoria, etc., todos deben llevar su código personal para entrar, por si se pierden o los roban que no pueda leerse el gravísimo contenido y no nos pase lo que el chivato ese de la CIA que va por ahí pidiendo quien le cobije. Aaahhh, amigo, habértelo pensado antes.
Antaño, estos problemas no existían. Se confiaba en el buen sentido común de los maestros, en su profesionalidad. Como la confesión en los curas o el juramento hipocrático de los médicos. Y estaba todo resuelto. A fin de cuentas el trabajo del maestro consistía en una buena dosis de paciencia y mucho sentido común. Y quieren sustituir eso por un control de plagas contra chivatos y denunciadores… Oh, la la, que vida esta mon amour…
Así que todo consiste en crear problemas donde no los había, dar trabajo a los profes porque no hacen suficiente. No es bastante con explicar, preparar lecciones, motivar, convivir, aconsejar, acompañar en el camino de la maduración personal, corregir, insistir, calificar, educar… Eso, es tan poca cosa, que debemos darle a los profes un trabajito extra: burocracia, cuanta más mejor, y ahora… un nuevo motivo, un nuevo peso a sus espaldas.
El que esto escribe recuerda sus años en la mili. Maniobras de invierno en la sierra de Madrid. Los jefes en una colina, sobre un mapa, discutiendo si galgos o podencos. Los soldaditos echados en el suelo al pie de la colina y frente a otra, cargados a tope. Casco de hierro, abrigo, ropas de abrigo, guantes, botas, mochila cargada con todo lo inimaginable, armamento (ametralladora MG 42, 15 Kilos), cinturones y cartucheras llenas de balas… Al rato de estar acostados achicharrándonos al sol suena un silbato y una voz… ¡al ataque…! Ja. Al ataque. No estábamos preparados para correr. Demasiado peso llevábamos los infantes. No había quien pudiera correr. Se caían las mochilas, se perdían las cantimploras, las latas de sardinas del ejército… En fin. Menos mal que no había enemigo, porque con una escopeta de perdigones nos aniquila a todos. Demasiado equipaje. No hay cintura, no hay agilidad, no hay disposición. Solo una cruz a cuestas que has de llevar hasta que el enemigo te pegue un tiro y tú puedas decir… “al fin… ya estoy muerto. Qué descanso.”
Mucho equipaje se le echa encima al maestro. Nadie viene a aliviar su carga, sino a cargarle más. Luego viene el informe PISA y dice que los alumnos españoles no saben. Y hay montones de listos que piensan que… hay que atar más corto a los profes, que seguro que no hacen las cosas bien. Pues si alguien llega al final de la carrera, yo les aseguro que no es por el plan de estudios, sino por el esfuerzo del profe. Los alumnos aprenden gracias al profe y a pesar de los planes de estudios y de todos los inconvenientes que aparecen en su camino.
Ya no hay cole. Es el pentágono, señores.  Ya no hay profes. Son agentes de la CIA. Todos deberíamos llevar un código de barras en… en alguna parte.  Y hablarnos con lenguaje gilipóllico-crítpico, como al principio del escrito.  
El profe del que les hablé propuso en su cole que ya no sonara música clásica en las entradas y salidas de los niños;  que fuera de las películas de 007, para así estar en el ambiente.
En fin. La escuela de hoy en la España de hoy. Entre todos la mataron y ella sola se murió.
Me pido ser James Bond. O eL Super Agente 86.

FIN

NORA Y EL ALMA DE LOS PERROS




Que los perros tienen  alma es una obviedad. Seres que se entregan, que aman a sus dueños y su familia hasta la muerte no pueden pasar por este mundo sin tener ese sello distintivo que separa lo humano de lo primitivo. No sé si una sardina, una ameba, un mejillón la tendrán, pero un perro sí. Un perro interactúa contigo. Se alegra cuando te alegras, se entristece cuando te entristeces. Te busca para besarte y a su manera decirte lo mucho que te quiere. Incondicionalmente, además. Otras mascotas están ahí, se dejan querer, acariciar, pero no pasan al siguiente nivel. Los perros  podrán ser individuos limitados en facultades intelectuales (lo mismo que muchos humanos), pero son seres trascendentes. No levantamos cementerios para enterrar pulgas, mosquitos, calamares o conejos. Pero sí para los perros, y su recuerdo permanece en nosotros durante toda la vida; y sus historias y fotos forman parte del anecdotario vital de la familia. Si no la tenían, ahora la tienen. Tal vez nosotros se la hemos dado. Ja, nosotros.
Las historias de perros que han salvado a personas, que se han dejado morir junto a la tumba de su dueño, que han hecho heroicidades mil… están ahí; son páginas escritas cada día pero que no trasformamos en noticia más que de vez en cuando. Estamos demasiado ocupados con nosotros mismos.  Los perros, protagonistas callados, no son tales hasta que nosotros no les damos entrada en el escenario de la  vida. Y ellos están ahí, callados, discretos, como esos notabilísimos actores secundarios capaces de hacernos creer a los actores principales, tantas veces anodinos. Qué sería de esos actores sin el apoyo de los secundarios. No serían personajes creíbles. La humanidad, la heroicidad, la pasión, el misterio, la bondad, la ternura, la dan los secundarios, esos profesionales que no alardean, que no salen en las fotos.
Si una persona quiere, desea irradiar una personalidad especial, ascender peldaños en el teatro de la vida, no tiene más que fotografiarse con un perro. Su perro. La foto de un perro con su dueño, enaltece al dueño, lo ennoblece, lo humaniza. Menos mal que los políticos no se han dado cuenta de esto y no salen en las fotos con sus perros. Pueden salir abrazando niños, estrechando manos humanas… Eso lo hace cualquiera. Pero estrechar contra tu pecho la cabeza noble de tu perro, cruzar tus ojos con los suyos en un gesto de complicidad llena de cariño… eso es una medalla en la vida que te convierte al instante en persona especial. Ya no eres un simple humano mortal.
Es estremecedor visitar una “perrera”. Los ojos llenos de ansiedad de los perros, cada uno con su historia de abandono, o maltrato, o de todo, se leen perfectamente en sus ojos.
¿Cómo es posible que una persona maltrate a un perro? Su perro, además. ¿Cómo es posible que lo abandone? Toda la vida del perro eres tú, somos nosotros. Tenemos que imaginarnos que un día nos quedamos sin casa, sin familia y sin amigos… Que ya no conoces a nadie y no sabes dónde estás. En un segundo todo tu mundo se viene abajo. Hay que tener… O no hay que tener. Desde luego humanidad no. No tener humanidad es lo más bajo que se puede ser en el escalafón de lo humano.
Hace unos días, paseando con Nora por los lugares habituales, llegó un coche negro, de esos pequeños. El coche se detuvo, bajó el dueño, que desde lejos no alcancé a verle ni la cara ni tampoco averiguar su edad. Abrió el portón trasero y bajaron dos perros grandes. Uno parecía pastor alemán, el otro igualmente grande, negro de raza indefinida. Pensé que los soltaba un rato para que jugaran libres. Y Los perros echaron a correr, alegres, comenzando el deporte preferido de los perros, oler. El sujeto en cuestión subió a su coche, lo puso en marcha y se marchó. Los perros ni siquiera se dieron cuenta. Pero yo sí. De pronto me sentí profundamente dolido y triste. Y me hice la pregunta:
― ¿Ellos le habrían abandonado?
Se marcharon, jugando, y no quise ver más. Nora y yo nos sentamos en un banquito, frente al mar. Ella enseguida se acuesta al amparo de mi sombra. Y pensé: ella bajo mi sombra, protegida por mí, y yo bajo la suya, protegida por su nobleza y cariño que me enriquecen como  persona. Ella es mi perro y yo soy su humano.
Gracias Nora, por ayudarme a ser humanamente mejor.

miércoles, 19 de junio de 2013

AL PRINCIPIO DEL PRINCIPIO DIOS CREO LA MÚSICA


En casa tenemos una habitación convertida en zona “chill out”. Allí, Nora me sorprende escuchando música; concretamente polifonías de diversos coros europeos, americanos y africanos. Le sorprende el silencioso y necesario recogimiento con que escucho. A veces cierro los ojos para ser todo oído, nada más que oído, y sentir el mensaje y las caricias de la música a través de aquellas voces formidables. ¿Qué mensajes y qué caricias? Ante todo el mensaje de la cultura. Todos los pueblos cantan, todas las razas necesitan cantar de la misma forma que necesitan el lenguaje; y la música es un lenguaje. Cada raza y cada pueblo conforman las voces a su manera, siendo todas válidas, y cantan, cuentan, la historia de su cultura. En este punto son muy interesantes los coros americanos, porque son un crisol de razas y culturas y también las africanas, tan distintas a nuestras voces y con historias musicales tan distintas a las nuestras.
Viéndome tan abstraído, Nora esperó pacientemente, acostada a mi lado y en silencio, a que acabara de escuchar. Luego me miró fijamente y me dijo que se había sentido sorprendida por aquellas voces y que había sentido cosas agradables mientras escuchaba. A veces le compungían el corazón, otras la alegraban hasta el punto de necesitar bailar, saltar o correr de pura alegría. Me dijo que la música le había transmitido muchos y variados sentimientos y que le había contado historias. Ha sido un viaje interesante, me comentó.  
― ¿Cómo y cuándo se inventó la música? ―fue la pregunta inmediata.
―Veras, Nora; la música es una necesidad. Es un lenguaje universal tan maravilloso y sugerente, tan directo y sutil, que solo cabe una explicación, que Dios la hiciera directamente. Así creo yo que sucedió:
En el principio creó Dios la música. Esta, y no otra, fue la verdadera creación. A Dios nada le hacía falta: ni el espacio, ni el tiempo, ni la energía, ni materia alguna… Nada. Pero creó la música como expresión de su propia voz. Y le gustó oírse. Dios era melómano. Pensó luego que tal vez su voz necesitase de otros sonidos de acompañamiento, y así comenzó a experimentar creando los ecos lejanos y sonidos extraños provenientes del espacio profundo, graves y agudos, percusión en forma de explosiones estelares y silencios sobrecogedores… Y de ahí viene la posterior “orquesta” creada para hacer estos efectos especiales. Esa “orquesta “es la creación de la que habla la Biblia. Pero ya ves que omite el origen del origen. La necesidad primigenia fue la música.
Pero no acaba ahí la cosa. Según se le fue complicando la orquesta llegó al final a la conclusión de que debería someter los sonidos a su voluntad, producir sonidos nuevos e incluso componerlos, y así siguió experimentando Dios con la naturaleza. Y creo el sonido del viento y de la lluvia, del relámpago y el trueno, el grave profundo del temblor de tierra, el murmullo del agua en los ríos, de la estrepitosa cascada, el batir de las olas del mar, el zumbido de la abeja, el eco lejano… Y le gustó tanto la innovación que siguió experimentando con la voz de los animales. Y creó el rugido del león, el cantar del grillo, el balido de la oveja, el mugido de los rumiantes, el piar de los pájaros y de todas las aves y animales acuáticos y terrestres. Cada uno con su sonido los creó. Y aquella orgía de sonidos le pareció fantástica. La más impresionante orquesta jamás creada.
Pero le faltó algo más. Quería que la orquesta tocase por sí misma. Que alguien se encargase de ella, de hacerla sonar, de inventar nuevos sonidos, de unirlos entre ellos y construir lenguajes musicales que contaran la maravilla de la creación. Y así surgió la necesidad de crear al hombre. Por eso su última obra fue el humano, al que Dios le concedió la inteligencia para cantar y componer y el más maravilloso don: su voz.
Recordarás Nora que la Biblia nos dice, y nos dice bien, que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. ¿A qué semejanza crees tú que se refiere? ¿Al aspecto físico? A la música, Nora.  Dios dio al humano la inteligencia, la sensibilidad y la voz para que creara la más versátil, la más expresiva, la más colorista, la más enérgica o la más dulce expresión de sonidos que pudieran inventarse. Y le dio la inteligencia para que construyera con esos sonidos lenguajes que pudieran contar historias. Dios hizo al hombre cantante y compositor. Y el hombre aprendió a controlar su voz; al principio imitando a los propios animales y a la naturaleza, pero luego el hombre se decidió a experimentar por sí mismo los infinitos caminos de la música. Así que Dios se hizo música para habitar entre nosotros.
Nada hay nada más estremecedor, o más terrible, o más conmovedor, o más sublime, o más placentero que una polifonía de voces humanas. No hay sonido más expresivo, ni instrumentos musical más completo y complejo. La voz humana lo puede decir todo, expresar todo. No tiene límites.
Esto viene a cuento Nora, porque hace unos días tuve la oportunidad de escuchar a uno de estos coros en Ávila.  Ágora, se llama. Su origen, Segovia.  Cerré los ojos para ser todo música, y dejarme atravesar el cuerpo y el alma por aquella maravilla de voces que me contaron de todo. Voces que me estremecieron al cantar alabanzas a Dios o la Virgen (no importa ser creyente o no). Voces que me elevaron por encima de mi humanidad tan a nivel de suelo. Me estremecí con los silencios, con los prolongados y disminuyentes sonidos, tan pianísimos que quedaban suspendidos en el aire como un eco persistente y cada vez más lejano, atrapados en las manos de su directora hasta que esta se decidía a hacerlos desaparecer como átomos de aire en el aire. Porque es una mujer quien domina los hilos de ese coro y lo lleva a expresar los sentimientos más dispares, pero siempre hermosos e intensos. ¿No serán los directores de coro los auténticos sacerdotes de Dios?
En la primera parte la música religiosa te acercaba a Dios o… al misterio del mismo y culminó con un maravilloso “O magnum mysterium”, donde no tuve más remedio que cerrar los ojos y, no sé por qué pero me introdujo en el universo, y contemplé las estrellas, las nebulosas, los planetas, los cúmulos y galaxias… La creación.  Realmente un magno misterio.
En la segunda parte, una serie de tangos, versionados todos ellos en polifonía, resultaron un maravilloso baño de ritmos, de harmonías (me gusta con h), de palabras de alegría, tristeza, amor… Un acercamiento al sentir más humano, pues la música llega a todas partes.
Fue una magnífica sesión, en la que el espíritu hizo un recorrido por todas las sensaciones, las emociones humanas y, a modo de catarsis, al cabo de ellas, uno se encuentra en paz consigo mismo y da gracias por haberlo podido sentir.

Nora me sonrió como ella sabe hacer, moviendo el rabo, y me dijo que estaba conmigo y creía en cuanto le había dicho. Y repitió:
“Al principio del principio, Dios creó la música.”


                                                                   Fin



viernes, 7 de junio de 2013

EUTANASIANDO, QUE ES GERUNDIO






Hay días en que la guerra por la vida se vive de manera gloriosa y está uno dispuesto a colgarse euforizantes medallas  y a sentirse un ganador.  Otras, en cambio, es como una penosa y triste retirada, como aquella de los soldados de Napoleón a través de las inmensas y heladas llanuras rusas. Son esos días en que la vida te aconseja que aligeres tu equipaje, que el General Invierno se adueña de todo. Y comienza la catarsis. Y se hace uno la pregunta:

-¿Para qué cogno quiero yo tantas cosas? A ver, ¿tanta ropa para qué? 

Entonces hay que dar un paso al frente y acometer el sacrificio de desprenderse de parte de la vida, que ya te ha servido, y servido bien, y eutanasiarla.  No se asusten. Me refiero a ropa, ya saben, camisas, y esas cosas.

Tengo camisas tan viejas que aparecen en fotografías de hace años, cuando mis seres más queridos aun vivían, y aparezco en las fotos con la misma camisa, pero en joven. Y con pelo. Qué guay. Y la camisa sigue ahí, igualita que entonces, después de no sé cuantas horas más de vuelo. Chapó al Corte Inglés, cuyas camisas soportan el paso del tiempo como nunca he visto en otras. Está claro, lo barato sale caro a la larga. Más vale poco y bueno que mucho y malo. Lo agradecen los armarios, el espacio… y tu propia existencia, que tiene donde elegir con suficiente margen y no se pierde en fruslerías y vaguedades.  Todo lo demás es superfluo, equipaje inútil que impide movimientos, ya sean de avance o de retirada en la vida, que de todo hay en la guerra.

Nora y yo decidimos hacer un día de ‘armarios abiertos’ y darle a la ropitas el aire que necesitan, e ir eligiendo una por una cuáles van a ser eutanasiadas y cuáles no. Aparecen así cuellos raidos, puños en huida de la tela madre, botones huérfanos, ojales viudos… telas “vintage”, pantalones de tallas ya imposibles, calcetines desparejados, pañuelos casi transparentes… Nora y yo hacemos un montón con la ropa que vamos a eutanasiar.

Ustedes se preguntarán por qué llamamos eutanasiar. Bueno, le vamos a dar pasaporte. Pero no cualquier pasaporte. Somos raritos y trascendentes y estas ropas merecen un respeto.
Lo suyo sería, puesto que han servido heroicamente en la vida, darles una muerte también heroica. Y ponerles en una balsa de madera, prendida toda de fuego, y dejar que se adentre en el mar, como los vikingos. Pero nos tememos que sería muy aparatoso. No obstante, no son prendas que haya que echar a la basura. Tienen su dignidad y su historia y hay que tratarlas con el respeto que se merecen. Muchas de ellas aparecen en las fotos de la vida, y nos han acompañado en momentos felices, o trágicos, pero siempre intensos.

Nora me mira, cada vez que cojo una camisa, la huelo, la miro y remiro, me entretengo unos instantes en recordar los momentos que la he llevado puesta. Ah, esta la compré para la boda… y esta me la regaló… y aquella era muy cómoda, y esa de allá era estupenda porque me sentaba… uy, como me sentaba.
Pequeños ladridos de aprobación cuando al fin me decido a desprenderme de ella y echarla al montón. Y así poco a poco va creciendo y el armario va cobrando nueva vida, y las prendas que quedan se las ve respirar aire mejor. Es el signo de la existencia. Unos se van, para que otros se queden… un rato.

-Y ahora Nora, viene la ceremonia.

Ponemos toda la ropa en un trozo de sábana vieja, le hacemos un nudo y al atardecer, cuando ya las sombras nos esconden, nos decidimos a salir a pasear con nuestro particular equipaje. En la mano una pala pequeña, de esas que llevan una rueda y convierten la pala en una azada. Son recuerdos de tiempos de juventud, cuando uno practicaba montañismo, espeleología y esas cosas. Ahora sirve como pala enterradora.

En el enorme descampado donde solemos ir a pasear, entre conejos, arbustos, tomillos y  matorrales, nos detenemos. Nora, seria y circunspecta como soldado que hace los honores, contempla como sobre un montículo de tierra blanda y suelta, donde los conejos suelen acercarse a hacer agujeros, cabo una suficiente oquedad y allí, comprimido, entierro el bulto de indumentaria histórica. A toda prisa cumplo con el sepelio de la cosa, esparzo por encima matorrales y cacas de conejos y luego, Nora y yo nos quedamos en silencio, contemplando en la oscuridad  el túmulo. Sobre nuestras cabezas, un techo de estrellas. Entonces saco de mi bolsillo una armónica y suenan los compases del  “toque del silencio”. Entre el respeto y la emoción, un nudo nos ahoga las gargantas. Cuánta vida, cuánta historia yace en aquel lugar. Tres piedras, una sobre otra, señalan el sitio. Tres piedras como otras cualquiera. Nadie las verá extrañas; sin embargo, para nosotros aquel lugar será ya el cementerio de nuestro pasado.
Nora alza el hocico, huele el viento, y pareciera querer oler el último aire que desprendan las ropas y guardarlo en su memoria.

En silencio volvemos a casa. No estamos tristes, pero tampoco contentos. Hemos cumplido con el propósito de eutanasiar a quiénes en realidad ya estaban muertos. Pero nos queda la grave responsabilidad de vivir nuestras vidas siguiendo su ejemplo.

Como decía Miguel Delibes: “Al palpar la cercanía de la muerte, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales.”


FIN