viernes, 20 de diciembre de 2013
jueves, 19 de diciembre de 2013
SABER, SABER SER, SABER ESTAR
Nora, motivada por el informe PISA y las historias que en España nos acompañan cada día, está empapándose de cuestiones sociales, de sistemas educativos, de sociedades, maneras y formas. Me coge por banda y me explica según ella ve el asunto, qué tal es la cosa.
—Parece ser que en esto de la educación, que no sé a estas alturas si realmente os preocupa mucho, poco o nada, hay dos modelos a seguir. Por una parte están los países de lo que llamáis Oriente, que basan buena parte de su éxito en una disciplina férrea. Estudiar es como hacer la mili, pero en serio —ya me contabas tú lo que holgazaneaste en ella—, es decir hay que esforzarse mucho, está mal visto socialmente ser una rémora para los demás, así que todo el mundo uniformado, todo el mundo con seriedad, todo el mundo a trabajar con ahínco, todo el mundo a asistir a academias y refuerzos después de las clases... Las familias, digo yo, deben vivir esto como una agobiante presión de la que socialmente no se pueden salir.
—Sí, así creo que debe ser.
— Además —prosigue—, es el estado quién vigila y se encarga de que ese sentido casi militar de la existencia se inculque desde la escuela y que nadie se libre de él. Ya sabemos todos, porque se ve, cuál es el lado negativo de la cosa. No obstante el despertar de la inteligencia, la capacidad de trabajo y por consiguiente los éxitos académicos están asegurados. Es aquello que decíais antes: la letra con sangre entra.
—Efectivamente.
—Pues bien, el otro modelo es el nórdico, basado en una asimilación social generalizada de la importancia de la educación para ser personas y darles a los niños los tiempos adecuados para aprender las cosas cuando realmente están maduros para hacerlo. Tanto en uno como el otro la aceptación social del valor de la educación es notable, tanto por imposición como por convencimiento general. Educación para todo: para saber ser personas y saber ser ciudadanos responsables. Honrados, por ejemplo. Saber, saber ser y saber estar, son las conductas humanas de más elevado sentido ético de la humanidad, sea cual fuere el país, la religión (con o sin), la raza, la clase social...
—También lo creo yo. ¿Y?
—Pues que la solución salomónica sería tomar lo suyo de cada una de las dos. Es necesaria una cierta disciplina en la escuela porque hay niños que no entienden que ni en el cole ni en ninguna parte se puede hacer lo que uno quiera y cuando uno quiera. El autocontrol es necesario, por respeto a sí mismo y a los demás. Cuantísimo daño han hecho ya a muchas de vuestras generaciones —no hay más que ver la tele, los periódicos, salir a la calle…— esa forma lúdica de entender la escuela. Y la vida toda. El contradictorio Rousseau, que tuvo con una mujer cinco hijos y la convenció de que los mandara a un hospicio según iban naciendo y luego se dedicó a escribir sobre pedagogía, tiene buena parte de la culpa, al considerar que el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad quien le pervierte.
—Hay gente mala. Yo no lo dudo por los motivos que has dicho antes. No hay más que mirar.
—Pero según dice la progresía pedagógica romántica, tan rusoniana ella, el ser humano ha nacido para ser feliz. Y está muy bien, pero no la felicidad a través del salvajismo, la indolencia y la incultura, sino la felicidad que da el conocimiento, el buen gusto, los ideales nobles y la sociedad honrada y cabal. Claro que en la escuela se debe estar a gusto, y divertirse a veces, pero sin olvidar que es un centro de educación y saber, y por tanto hay que saber, saber ser y saber estar, todo a la vez, y eso es incompatible con la falta de esfuerzo, de respeto y seriedad precisos. Disciplina pues —continúa—, la necesaria, la que ayuda a mentalizarse de que el tiempo hay que aprovecharlo, y que hay mucha gente a tu alrededor, niño o niña, chico o chica, que dedican su tiempo y esfuerzo a que te prepares para ser una persona adulta sana y sabia. Esas personas, todas ellas, merecen respeto y consideración porque sobre sus espaldas recae la gravísima responsabilidad de asegurar que la sociedad se perpetúe de forma sana, sabia, justa y noble en todo lo posible. La sociedad es como un organismo pluricelular que quiere perpetuar su especie en las mejores condiciones y triunfar en la existencia equilibrándose con el mundo que le rodea. Esto es incluso darwiniano. No nadéis pues contra corriente, no seáis ingenuamente felices o vuestra sociedad se verá en apuros graves, cuando menos, en unas cuantas generaciones. La evolución es para triunfar, para sobrevivir, para seguir siendo, seguir estando. No importa que haya buenos médicos, pintores, políticos, taxistas, mecánicos o vendedores ambulantes si no se sabe, no se sabe ser y no se sabe estar Con estos mimbres —termina—, la salud social está asegurada y sin traumas, y los di-chosos informes de PISA serán un trámite que refleje la salud social de un país y no tanto quienes saben más matemáticas, quienes leen más o se expresan mejor, porque estas cosas se darán por añadidura…
—Magnífico. ¡Nora for president!
No será más que president de su familia humana, que la adora, pero viene a mí con esa loca decisión de besarme las manos hasta que se derritan, satisfecha de cuanto dice.
Nora, mi dulce y querida Nora, si aprendiéramos de ti…
lunes, 9 de diciembre de 2013
NORA Y EL INFORME PISA
—Estremecedor —me dice Nora—,
el nuevo informe de PISA sobre la enseñanza en España. Una vez más te doy la
razón. El gran fracaso de la sociedad española desde el comienzo de la
“democracia” es la educación. La democracia entre comillas lleva su mensaje.
—Ya te lo digo una y otra vez,
Nora, pero vuelves a errar en el análisis. No ha sido un fracaso. No es en absoluto un
fracaso. Es un éxito total. Está clarísimo que los que hicieron los diferentes
planes de estudios, el sistema educativo en su conjunto, no querían hacer más
que lo que ha salido. Como decía un famoso periodista, cada niño es un Peter
Pan en un mundo feliz donde siempre se es niño y no se asumen responsabilidades
ni esfuerzos porque son frustrantes, y ser feliz es lo primero y único en la
vida. El cielo aquí y ahora. El paraíso ya. Para qué esperar más, como dice la
iglesia católica. El sistema de estudios español lleva por título: En Busca De
La Felicidad. Los padres, que también fueron adoctrinados en este sentido, no
hacen más que repetir cuando los críos entran al cole: ¡Pásatelo bien! Esa es
la consigna, el lema, el motivo de la escuela y la existencia toda.
Y claro que lo pasan bien. Como nunca. Teatros, excursiones, festivales, talleres, viajes en avión, tren, autobús,
barco… Nunca ha habido tanta actividad en el cole, nunca tanto dinero, ni
tampoco tanta burocracia. Apenas queda tiempo para estudiar y aprender cositas.
¡Estamos tan ocupados! Dicen lo maestros con toda razón.
Y entre tanta ocupación los
niños no tienen tiempo de aprender las tablas (para qué, si hay calculadoras),
o escribir (está el Word), o saber nada, ya está la Wikipedia. ¿Y el esfuerzo? Es frustrante e impide gozar de la niñez. Jajaja.
Me comentaba un profe el otro
día que puso un trabajo de música que consistía en averiguar y contar algo de
músicos que hubieran sido ciegos. Los niños que participaron lo hicieron
copiando páginas enteras y fotos de la Wikipedia o similares de Internet. Nadie
se informó y luego escribió, a su estilo, un resumen aportando algo personal.
Tan solo copia y pega. Odio al esfuerzo, premio a la abulia, la apatía el
desinterés. Todo tiene que ser a base de juegos, y la cultura, el saber, es
cosa muy seria —me decía otro profe desencantado con la profesión—. Son
millares los profesionales de la enseñanza que están hartos de todo y de todos.
Y como siempre si los unos
convierten la escuela en una fábrica de hacer Peter Panes, los otros la quieren
convertir en una fábrica de fontaneros, electricistas, carpinteros…
No estaría mal, si el dinamismo
social absorbiera luego a esos profesionales. Pero tampoco hay trabajo, no
existe tal dinamismo. Así que a la educación entre unos y otros la mataron y ella sola se
murió.
Todos los males vienen de ahí,
efectivamente, Nora. El saber, el saber ser y el saber estar no forman parte de
nuestros objetivos. Los que manejan el asunto tienen ahí, repetidamente, un
suspenso mayúsculo. Además llevan repitiendo curso ni se sabe ya cuántos años.
La cosa no es que esos políticos no sepan, que seguro que no saben, es que
además no quieren. Por eso Nora, lo primero que hay que hacer, con toda
urgencia, es arrebatar a los políticos la educación y la cultura. Que no sean
ellos quienes la modifiquen a su antojo cada vez que uno sube al poder. Hay que
sacar el sistema educativo de los vaivenes y codicias de la política.
Hay gente buena, honrada,
eficaz, capaz de hacer un plan de estudios para resucitar a la sociedad española
y ponerla en el siglo XXI. Y que dure muchos años el plan. Porque tiene que ser
un plan que modifique la conducta de los españoles, que le haga ver cuáles son
los auténticos valores y que se conviertan en parte sustancial de nuestro ADN
social. Y cuando hablamos de valores no tiene nada que ver con meapilas. El
esfuerzo, el valorar la cultura y la honradez, son tres ejemplos. Y que para
cambiar la ley, dentro de muchos años, tenga que haber un consenso súper entre todos
los componentes de ese grupo. Se hizo cuando la constitución y se puede y se
debe hacer ahora. Si no lo hacen están descalificados como dirigentes sociales ante
los ciudadanos.
—¿Y eso que dicen unos que
cuando lleguen al poder derogarán la nueva ley del señor Wert? —dice espantada
Nora.
—Bueno, eso es de una
desfachatez, sinvergonzonería y falta de todo, pero de todo, que tira de
espaldas. Hay que tener pelendengues para decir eso. Un político no puede jamás
reaccionar así. Eso no es un político. Eso es levantar con desespero la bandera
de su mamandurria y gritar… ¡que me quitan lo mío…! Y claro les entra el terror
y con él la venganza.
Ellos, los políticos, son una
de las gravísimas consecuencias del sistema educativo español, creado por ellos
mismos. Si consiguieran verse en el espejo se verían como lo que han sido y son
para nosotros, frustrantes, castrantes, embusteros, hipócritas, demagogos, palabreros,
vividores… y alguna cosilla más que tiene que ver con la economía. ¿De dónde
viene esa falta de honradez y de escrúpulos? De la falta de educación. De la
falta de estudio de ética, moral, filosofía, amén de las ciencias y letras
debidas. Ellos son la consecuencia.
Más cultura y menos política
señores.
—Y menos políticos —dice Nora.
Eso. También eso.
viernes, 15 de noviembre de 2013
LA SOMBRA
Llega el fresco, que no el frío. Adiós, por el momento, a sandalias,
mangas cortas y pantalones de lo mismo, y bienvenidos calcetines, zapatos,
camisas y cazadoras. De todas formas esto durará poco y dentro de unos días
esta tierra volverá a ser lo que es: la casa de la primavera.
Mientras sale algo de sol Nora y yo aprovechamos para pasear. Es bueno pasear junto al mar. Serán su infinitud
y color lo que relaja y hace pensar, dándole a todo una perspectiva diferente.
El mar es bueno para la salud física y
mental, facilita el pensamiento, el sosiego del espíritu y nos deja pequeños,
como lo que somos, al lado de la inmensidad azul. A Nora y a mí nos gusta sentarnos en uno de los banquitos
de madera junto al mar, en los acantilados de las calas, y allí, recibiendo el
aire y el yodo, y dejando descansar la mirada en el horizonte, nos quedamos
quietos un buen rato.
Después de tres paseos y dos buenas comidas, Nora y yo nos recogemos
al acabar la tarde. Ella, cansada, se relaja en su cama mientras yo peleo con
el Encore intentando escribir en un pentagrama la música de “Sin Ti”. La oigo
roncar. Me da pena que se duerma allí, porque luego la tengo que despertar y
subir al dormitorio donde dormimos juntos. Su camita junto a la mía. Ella y su
artrosis. Mecachis.
Pasadas las horas, a todo roncar, se despierta una vez a beber agua y
aprovecho para recoger su cama y subirla. Ella ya sabe, y después de
mentalizarse del esfuerzo que debe hacer sube los peldaños con decisión de
sufrido montañero para que el sacrificio acabe cuanto antes. Al fin la paz de
la cama, la oscuridad y silencio del dormitorio que invita a descansar.
Como sé que se levanta si yo no estoy, decido acostarme también. Ella
me oye respirar y moverme y eso la tranquiliza y la lleva al sueño profundo.
No sé cuánto tiempo pasó pero, en mi duerme vela, abrí los ojos en la
oscuridad por un frío repentino. Me incorporé y cogí la cubierta retirada a los
pies cuando observé, delante de la cama,
una extraña y oscura sombra dentro de la ya oscura habitación. Me quedé fascinado. Una negritud tan intensa, dentro de
la oscuridad… Mi cabeza, confusa, no acababa de entender el fenómeno. Todo era
frío y silencio, un silencio como pocas veces y un frío más que intenso,
helado. Poco a poco fui siendo consciente de la situación y pregunté:
—¿Eres la muerte?
No hubo respuesta, así que volví a preguntar:
—¿Vienes por mí?
La angustia se apoderó de mi mente. Muerto yo, allí, ¿qué sería de
Nora al despertar? Entonces vi que la oscura sombra se hacía más grande, y como una capa negra se
disponía a cubrir a Nora.
Tuve un gesto desesperado.
—¡Espera! ¡Ella no!
La sombra se detuvo, se irguió de nuevo, muda, plantándose ante mi
cama y yo seguí diciéndole:
—Hay mucha gente que depende de ella. Hace mucho bien. Despierta
sonrisas, abre corazones, provoca la ternura, da besos interminables. A su
alrededor no hay más que felices y agradecidos rostros… Déjala aún, tiene mucho
que dar y recibir. Llévame a mí.
Tras unos instantes la sombra se ensanchó y trató de cubrirnos a los
dos y volví a decir.
—¡Espera, no, así no!
Me levanté a por Nora. Estaba
rígida y fría y supuse que había muerto. La cogí en brazos y la puse en mi
cama, con su cabeza apoyada en la almohada. Yo me costé a su lado, la abracé,
sentí su cuerpo y me apreté a ella. Entonces la sombra se hizo enorme, nos
cubrió a los dos y se hizo la nada.
Un dolor en las caderas me decía que era hora de cambiar de postura.
Pero caramba, ¿cómo puedo pensar esto si estoy muerto? Abrí un ojo dispuesto a
contemplar con horror el vacío pero descubrí la suave luz de la madrugada en la
ventana. Mi cabeza, confundida, no sabía que pensar. No sabía si estaba arriba,
abajo, dentro o fuera. Descolocado por completo, perdida toda localización
espacio temporal, abrí los ojos completamente y pude reconocer, no sin esfuerzo
las formas familiares de la habitación. Los armarios, las sillas, la ropa, la
cama… Estoy aquí —me dije—, no me marché. Entonces…
Fue como un subidón repentino de adrenalina, algo tan fuerte que incluso me incorporé de un salto a ver… a verla… Nora
estaba allí, roncaba, respiraba profundamente. Mis ojos dejaron escapar lágrimas
de felicidad, pucheros de angustia liberada. Nora despertó. Abrió los preciosos
y brillantes ojos negros, me miró y al verme de pie se incorporó dispuesta a
repetir su ceremonia amorosa de cada mañana: llenarme las manos de besos,
incansablemente. ¿Será eso lo que deberíamos hacer todos los días?
Me arrodillé, la abracé y masajeé su cuerpo artrósico y, cuando íbamos
a bajar para comenzar un nuevo día, alcé la mano para apagar la luz junto a la
puerta y miré la cama. Estaba llena de pelos de Nora. Me dije: tengo que
cambiar las sábanas.
El nuevo día estaba allí. Aire, nubes, sol, Nora, yo, paseo, el mar…
FIN
jueves, 7 de noviembre de 2013
QUE CORRA EL AGUA
Desde
que Nora entra en Internet, bucea en los diarios digitales con la avidez del
buscador de tesoros. Su afán de comprender el artificioso mundo de los humanos
la lleva a consultar páginas y más páginas, buscando en la wikipedia, nombres,
filosofías, historias… Se admira de la complejidad del mundo que hemos creado,
pero muchas veces esa complejidad la lleva a la desilusión, porque demasiado a
menudo tropieza, como si chocara contra un muro, contra los viejos vicios de la
humanidad aun no resueltos: el odio, el rencor, la envidia, la venganza, la
desidia, la deshonestidad… No comprende que humanos que han inventado el avión,
viajado al espacio, capaces de curar enfermedades de manera increíble, de
trasplantar órganos, de levantar catedrales y de pintar cuadros, sean luego tan
mezquinos en su relación con los demás. “Hay algo que se me escapa”, me dice. Y
tanto que se le escapa.
—Ya
sabes, Nora, que regular nuestra convivencia es el invento más intenso, largo y
aun no conseguido en toda la historia de la humanidad. Esa, y no otra, es
nuestra gran creación, y por ahora, nuestro gran fracaso. Y eso teniendo en
cuenta que hemos avanzado mucho.
Los
seres humanos, Nora, tenemos dos vertientes que resolver: la personal y la
social. Vosotros, en estado natural lo tenéis resuelto. Prima la sociedad y el
individuo se amolda a ella. Si estuvieras con una manada de perritos tú sabrías
cuál es tu sitio en esa manada y adaptarías tu comportamiento individual a esa
situación. Lo que sucede es que no podrías salir nunca de esa fórmula. Pero
nosotros no. Por lo pronto, ya habrás visto que hay dos grandes corrientes de
pensamiento: aquellos que priman lo social, el grupo, y por la otra parte los
que priman lo individual. Hasta el momento no se encuentran. Las sociedades de
grupo que anulan al individuo han fracasado. Las sociedades que, pese a las
injusticias y problemas, aun quedan, son las que defienden al individuo. Uno a
uno. Para ellos la libertad es esencial. Los intentos de unión de las dos filosofías
también han fracasado porque una vez más, el humano tiende a esconder más de lo
que enseña, y muchas veces debajo de eso que venimos a llamar ideologías se
encuentran personalismos y otros “ismos” sospechosos y mezquinos. Por eso el
hombre carece de lógica. Vosotros tenéis más lógica. Nosotros no. A nosotros
nos mueven más las emociones, los sentimientos… Buenos o malos, ese es el
problema.
—Parece
mentira, porque para inventar todo lo que habéis inventado…
—Vuelvo
a lo de antes. Las cosas son cosas. Las relaciones entre las personas… son otro
cantar.
—¿Y
nunca crees tú que vais a solucionar ese problema?
—Creo
que no. Solamente las sociedades avanzadas, modificada la esencia humana por la
educación, han dado pasos positivos en este camino. Pero nosotros… tenemos a la
educación prisionera de las ambiciones partidistas. Nadie quiere perder esa
lanza que, movida a su antojo, penetra en la sociedad y conforma a los
individuos y las sociedades según los criterios de quien la maneja.
—Entonces
no sois libres.
—No,
evidentemente. Somos prisioneros de las ideologías. Aunque luego sean los
mismos que la manejan los que se saltan a la torera sus mismos principios.
—Eso
es hipocresía.
—Y
demagogia y de todo lo que digas, pero así es. Solo hay una manera de salir de
esto. Y aún así llevará años, generaciones. Pero estamos en un buen momento
para llevarlo a cabo.
—¿Ahora
con la crisis?
—Precisamente
por eso. De las crisis, si se actúa con nobleza y generosidad, se sale muy
bien. Pero ya te he dicho dos palabras importantes: nobleza y generosidad.
Aaaah… palabras del diccionario encerradas entre hojas otoñales…
—¿Y
cómo es?
—Con
un pacto por la educación. Que se reúnan representantes de toda la sociedad,
que revisen la situación y que hagan, con la generosidad suficiente, si tienen
lo que hay que tener, un plan educativo que dure años, muchos años, y que sirva
para cambiar la mentalidad de los españoles.
—¡La
mentalidad!
—Eso
es. De nada sirve saber muchas matemáticas, filosofías o ciencias de no sé qué,
si luego la sociedad no se mueve y esto es como un charco de agua estancada que
poco a poco se va pudriendo. El agua debe correr para mantenerse limpia y
fresca. Y la sociedad debe moverse para conservar su salud. Nunca beberé agua
de un charco, pero siempre lo haré del agua que corra. Esa será una sociedad
dinámica, que considere bien y premie a los que emprenden, a los que tienen iniciativa. Y no la sociedad inmóvil,
envidiosa y viviendo aun, interesadamente, con los fantasmas del pasado.
—¿No
tenéis ahora una nueva ley?
—Sí,
pero como la ley no la han hecho los unos, sino los otros, no la quieren por
muy buena que sea. Esa es la punta de lanza que te decía antes. No se sabe si
la ley será o no será, pero por principio, “sus principios”, es rechazable.
—Pobre
ministro.
—La
verdad es que sí. El señor Wert no tiene
cara, ni actitud, ni futuro político, por eso le pasa lo que le pasa. Si lo
fuera intentaría componer “apaños” y contentar a todos. Pero creo que es un
tipo loco que solo (nada más y nada menos) quiere poner orden y lógica en la
educación. Pero… Qué terribles son los peros, y cuánto tiempo vivimos mal a
causa de ellos.
Nuestros
políticos, Nora, son el ejemplo más evidente del gran fracaso de nuestra
educación. Estos políticos que han desvalijado bancos y cajas, o que han
construido aeropuertos sin aviones, o auditorios sin músicos, o polideportivos
sin deportes, o elementos arquitectónicos horribles en las ciudades que nadie
pidió, o amasado fortunas de forma no elegante, o tratado a escondidas con
mafias o terroristas o… Un amplísimo etc. Estos son los que, con igual
criterio, manejan nuestro futuro y castran la educación de todo un pueblo.
—Hay
que tener.
—Ya lo
creo. ¿Por qué crees que el pueblo no se mueve y pide al pan pan y al vino
vino? Pues porque ya sufre las consecuencias de leyes de educación anteriores.
Se llama arterioesclerosis cultural y democrática. Eso es el agua estancada.
—Joooo…
me pones depresiva.
—Lo
siento, Nora. Pero para levantarse en medio de la podredumbre, hay que ser conscientes
de que se traga “merde” todos los días, y solo entonces, alzarse con un grito de
rabia y decir aquello de Vivien Leigh… “juro por dios que jamás volveré a pasar
hambre…” Hambre de cultura, de sociedad libre y democrática.
—Pues
que corra el agua, conyo.
—Eso,
que corra. Hace mucha falta que corra.
viernes, 11 de octubre de 2013
UN LÍO ES UNA COLIENTE DE AGUA
Tienen razón los vascos y catalanes. Hay que irse. Hay que volver a
los orígenes, a lo que siempre fuimos y a lo que nos gusta ser desde los
Neandertales hasta ahora.
Hemos dicho algunas veces que todos somos hijos de La Historia. Lo que
sucede es que nuestra Historia ha sido un poco… putilla. Entre unos y otros han
acabado por ponernos un yugo para, forzadamente, unirnos a un único destino,
cuando nuestra naturaleza es otra. Nada de un destino en lo universal. Y una
mierda. No ha nacido el hijo de mi madre para unir su destino con otros. Nada
de eso. Cada uno su destino y dios, o los dioses, en el de todos. Por cierto,
nada de Dios, que es uno y por tanto unificador. Dioses suena mejor, pero como
al fin toda agua desemboca en el mar deberíamos sustituir estas expresiones por
otras menos mediatizantes. Veamos por ejemplo… ¡Meteorito! Esa podría ser buena idea. Aunque… bien pensado tampoco, porque un meteorito es
una cosa. Y eso es unificar. Además se les pone nombre, es predecible… Se sabe
su trayecto e incluso se les fotografía. No bueno. ¡Polvo cósmico! Esa sí es
buena. El polvo cósmico está formado por trillones de partículas ínfimas que
pululan por el espacio infinito sin rumbo. ¡`Perfecto! Así pues desde hora
nuestra expresión favorita será esa. Polvo cósmico. Qué bien suena. Que
relajante. No es peligroso, ni aglutinador. Ya no eres ciudadano del mundo, sino del cosmos.
Pero volvamos a nuestro discurso principal, que no hay que despistarse
en los meandros del río, ni dejarse engañar por los verdes paisajes de los
numerosos afluentes de nuestra historia…
La cosa comenzó pues a fastidiarse con los cartagineses, que vinieron
aquí a tomar posiciones y con el ánimo de dar por el saco a los romanos. Pero
claro, nos dejaron la puerta abierta, y ahí comenzó todo. Antes, los fenicios y
los griegos habían venido por las buenas, en plan comercio, vacaciones y tal.
Pero estos no. Vinieron aquí para fortalecerse y disputarles a los romanos los
límites del mar. Esa fue la primera pedrada en nuestros cogotes morenos. Luego
vinieron los romanos, que después de darles pasaporte a los cartagineses,
dijeron aquello de… ya que estamos aquí, pues… nos lo quedamos. Y ala, aunque
les costó un montón, que ya se nos veía venir, los muy burros insistieron y nos
metieron a todos en el mismo saco, que es justamente lo que no queríamos. Y sí,
algunos por el norte les dieron la calda. Ya saben que los galos lo escriben
todo y se adueñan de todo, y así, se sabe que los famosos Astérix y Obélix en
realidad, eran vascos que se llamaban Chuknorrix y Biarrix, y que como buenos
nativos no querían estar en el mismo saco.
Después de una larga pasada por los romanos que nos unieron,
malamente, pero nos unieron, llegaron los bárbaros. Y hubo uno muy listo que se
llamó Recaredo que, viendo el panorama, pensó que todo aquel conglomerado de
gentes necesitaba un pegamento, porque no había Polvo Cósmico que lo pegara. La
religión. Y esa es otra de las potencias vivas que nos unen a la fuerza.
Un tiempillo después llegaron los moros, que cumplieron con nuestras
ansias de dispersión, y eso hicieron. Pero más tarde, un nuevo empeño, desde la
política y la religión, nos metieron de nuevo en ese saco común al que nadie
quería pertenecer: los Reyes Católicos. Nos unieron. Vaya si nos unieron. Y
desde ahí hasta ahora.
Así que todos estos son los culpables de que seamos una cosa, un destino
en lo universal. Cuando nosotros lo que queremos es ser distintos, ni juntos ni
revueltos.
¿Qué otra cosa? A ver… ¿Queremos ser tribu? Nada de nacionalistas
catalanes, vascos y demás, que esos son otros fachas unificadores. Queremos ir pueblo
a pueblo, barrio a barrio, calle por calle, casa por casa, persona a persona. Queremos
ser tribus… los que quieran serlo. Yo, mejor ni eso. Cada uno solito, que el
buey solo bien se lame. Cada humano una república. Hay que volver al trueque y
a viajar caminando. El mundo, ahora tan pequeño, se nos haría otra vez muy
grande. Como debe ser.
Yo es que no le veo más que ventajas a eso de ser libres,
independientes unos de otros. Y que desaparezcan ya de una vez esos nombres que
en la historia no nos han traído más que desgracias conjuntas. Nada de España.
Ni de Iberia. Nada de Tarraconense, Bética, y demás. Tampoco Edetanos, Contestanos,
Vetones, Celtas o Turdetanos. Creo que el gran nombre que nos define, ese que
encierra pero sin encerrar, que lo abarca todo sin abarcar nada, que dice de dónde
eres pero sin decir donde es.. Lío. Seeee… Un Lío… Somos un gran Lío… y que nadie
venga con su espada a cortarlo por lo sano.
Es fantástico ser Lío. Ni leyes, ni contribuciones, ni patriotismos, ni
ejércitos, ni pagos ni nada de nada. Todo el día haciendo lo que te salga de la
mandanga. Ya lo veo por Europa, esos Estados Acojonados Unidos: mira ese… es
Lío… ¡Que fuerte tío! Ni reconoce leyes, ni estados ni haciendas, ni hablas… ¿Ni hablas…? Nada. Unos hablan el “farfullo”,
y otros la “jerga”, pero entre ellos tampoco se entienden porque no les da la
gana. Pasan de tó. A la entrada del Lío, en la frontera nuestra, que ellos no
reconocen hay una frase esculpida en piedra, una especie de leyenda medieval
que dice: “Dejadme en paz”. Eso
para que nosotros le entandamos. Los de la jerga dice… Dehamne en pah. Y
los del farfullo farfullan… jammeenpá.
Así que buenas gentes, desterremos de nosotros esas expresiones que
desprestigian el Lio. No es un estado mental confuso, ni un hilo enredado, ni
un problema de difícil solución. Un Lio es un estado del alma, un estado
anímico, la pertenencia a un mundo que no es, donde no se es nada concreto y
por eso se es todo. Lo que a uno le de la gana. Libres al fin de todo y de
todos.
¡VIVA EL LíO!
jueves, 10 de octubre de 2013
EL SACO DE DORMIR
Cada día me levanto antes que Nora, no porque ella
tenga más sueño sino porque creo que necesita dormir algo más, ya que no mejor.
Los perros, ya se sabe, duermen con los ojos cerrados pero los oídos abiertos,
y la proximidad de otros perros, la gente y los coches que pasan por la calle
hasta altas horas de la madrugada la desvelan continuamente. Emite gruñidos,
olfatea, se levanta incluso… Duerme a ratos, y lo sé porque ronca. Si ronca,
duerme. Así que por las mañanas me levanto sin hacer ruido. Creo que incluso
entonces abre un ojo a ver qué hago, pero no se levanta a menos que abra la
puerta de la calle, entonces sí, como un resorte interior la necesidad de salir
la empuja. Ya la oigo bajar.
Ya toca pues. Mi repaso matinal a los diarios digitales se ve interrumpido
por ese bajar característico conformado por los años, los escalones y, sobre
todo por su artrosis. Entonces aparece delante de mí, mansurrona, buenaza, en
busca de cariño que dar y recibir, que eso es todo lo bueno que tiene la vida. Es buena forma de empezar el día. Y es como
una ceremonia: le extiendo las manos y ella se acerca a refugiarse entre ellas
y comienza a lamer, incansable. Y mientras le acaricio y masajeo con una, ella
se ceba en la otra. Luego le abro la puerta de la calle, huele el aire fresco
de la mañana y sale perezosa a envolverse en los aromas crepusculares.
Al ratito vuelve a entrar, fija sus ojos en mí, miro el reloj y le
digo que no es hora aun de salir. Entonces me dice: he tenido un sueño.
—Aaah, ¿era eso lo que no te dejaba dormir?
—He soñado que era tú.
-¿Qué tú eras yo?
La insistencia de la mirada me confirma que así era, de modo que consumido por la curiosidad le
digo que me cuente.
—Era, eras, muy pobre. Vivía de la gente, ya sabes: los vecinos que te
conocen y te dan ropa, el bar que te obsequia con un bocadillo, el otro que te
acerca unas perrillas… la señora que ayudas con el carrito… Pero no eras
infeliz, al contrario. Te sentías parte
del barrio a tu manera. Y rico. Te considerabas rico porque tenías algo que era
para ti lo mejor del mundo, lo más entrañable, confortable y cálido: un saco de
dormir.
Solía dormir en parques, jardines, chaflanes de edificios, escaleras
recónditas… Por las noches me recogía en el saco y allí, calentito y todo
encerrado, con los ojos nada más al descubierto, contemplaba el paso del mundo.
Abrigados, con botas, paraguas, impermeables… la gente pasaba delante de mí, o
sea de ti, con paso rápido para refugiarse del tiempo en su casas confortables.
¿Serán tan confortables como la mía? —Pobre gente, pensaba yo. Salir, trabajar,
ir y venir… Y yo aquí, en la mejor tele del mundo, calentito y confortable en
mi portal, protegido de la lluvia, el viento y el frío…
El saco de dormir era el tesoro número uno de la vida. Lo cuidaba
mucho. Cada mañana lo aireaba, lo doblaba
con cuidado, lo metía dentro de su bolsa de plástico… y me solía
acompañar todo el día. Todo el mundo en el barrio conocía a ese personaje
pegado a una bolsa.
Pero aquella mañana, al levantarme vi en el suelo un billete de
lotería. Aquello de la curiosidad, ya sabes. No sin pereza me agaché a
recogerlo, leí el número y… ya lo iba a tirar de nuevo cuando se me ocurrió
mirar la fecha. ¡Cielo santo, es de hoy! De pronto la vida dio un vuelco. Y
unas emociones que había perdido volvieron a mí con inusitado interés. Una de
ellas fue la esperanza, otra fue la de la riqueza, otra fue la posesión de
cosas materiales… Ya me veía con casa, coche, comidas, lujos… Aquellos abrigos,
aquellas botas, aquel sombrero, aquella bufanda, aquella mesa llena de manjares…
Sentí que mi alma se desasosegaba por momentos y lo que recibí con
revitalizante alegría se transformó en una angustiosa sensación de ansiedad. De
pronto habían vuelto a mí sensaciones y motivos que hacía mucho que había
perdido Mi cabeza no paraba de dar vueltas y mis ojos no se apartaban del
número y la fecha. Tal vez —pensé—, el sorteo esté ya iniciado y se sepa algo…
Tengo que saberlo.
Nervioso, atolondrado, en las manos me molestaba todo menos el número
de lotería. Dejé mis cosas escondidas en la bolsa del saco de dormir, entre los
troncos de una espesa masa floral, en el jardín. Apenas era visible. Nadie se
daría cuenta. Y me alejé de allí con el alma en vilo, tembloroso, empujado por
las ansias y deseos descontrolados. Lo que creía perdido salía desbocado en
busca de la felicidad. Por primera vez sentí que no era yo quien caminaba sino
que mis pies se alejaban de mí con tal rapidez que yo tenía que hacer un esfuerzo
por seguirles. Luego fue al revés. Era tal mi necesidad de llegar que los pies
no daban abasto a caminar con la rapidez que les requería.
Veía la gente transitar, los coches, las tiendas. Incluso me pareció a
alguien saludarme. Pero yo, con el corazón por delante, a punto de salírseme
por la boca seguía y seguía incansable.
Sabía que había en la zona una céntrica plaza con un dispensario de
loterías, donde en una pantalla en la calle se exponían los números que iban saliendo
y los premios que recibían. Había gente allí. Mi ropa raída, mi barba sucia, mi
olor a pobreza se me descubrieron ante tanta gente bien afeitada, arreglada,
vestida y perfumada. Nunca antes me había dado cuenta. Alguno me miraba
extrañado, y seguro que al ver mi número de lotería en la mano se preguntarían
a quien se lo habría robado. Pero no importaban sus comentarios, sino mi
ansiedad. Mis ojos devoraban los números, intentado encontrar el mío.
Fueron apareciendo números y más números. Se escuchaban comentarios “¡Yo
tengo una aproximación!” “¡Yo una terminación! ¡Tengo los tres primeros números…!
Decía otro. La alegría se contagiaba y también la ansiedad. Mis ojos no daban
abasto a leer números. Cada vez había más gente, y muchos, la mayoría, con una
o varias papeletas en la mano.
¡Cuánta gente tiene lotería! ¿La necesitarán? Todos van bien vestidos…
No parece que la suerte les haya dado la espalda. La vida les sonríe. Y yo… yo
estoy aquí, en busca de mi oportunidad. Esta es mi oportunidad. Hoy es mi día
de suerte.
Pasaron las horas. Muchos se fueron. A veces tiraban el número al
suelo, arrugado o roto. Finalmente quedé solo, mirando el cuadro luminoso con
la lista de los números. No había caído nada. Unos pocos habían tenido
aproximaciones o pequeños premios. Miré mi número y sentí un bajón terrible
primero, y una enorme rabia después. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Los
pobres… ¿no tenemos esperanza? ¿Nos olvidó la vida?
Sentí una fuerte presión en las sienes y unos golpes en los oídos. Me
alejé de allí, despacio, con los pensamientos confundidos. Dolor, rabia,
esperanza, amor, riquezas, bienestar, miseria… Todo mezclado, todo confundido
en una soledad y un vacío estremecedor. La gente ya no me parecía tan próxima,
ni la vida tan bella. Me sentí vacío.
En un instante recobré el sentido: ¡Mi saco de dormir! ¡Dios mío, mi
saco!
Corrí, corí y corrí sacando fuerzas de mi desasosiego. Con los ojos
desorbitados, la boca abierta reclamando aire, llegué al parque donde había pasado
la noche. ¡Oh, dioses… los jardineros!
Por todas partes gente, mangueras, podadores, limpiadores… Era el día
del parque. Le tocaba aseo al parque. Allá al final estaba el arbusto bajo
cuyas ramas había dejado mi bolsa con mi saco de dormir, mi tesoro, mi vida, mi
posesión, mi riqueza… Corrí hacia él.
¡Noooo…! Grité. No estaba. Los empleados de la limpieza pública y los jardineros
me miraban. Busqué la bolsa con angustia por todas partes, revolví todos los
cubos de basura y entonces fue cuando sentí la pobreza absoluta. Me dejé caer
al suelo, de rodillas, derrumbado, perdida la guerra de la vida. Ahora sí
sentía el inmenso peso de la soledad y la miseria, el vacío más absoluto. La vida ya no valía la pena.
Ni fuerzas para llorar tenía. Los ojos se secaron al instante. El
suelo me parecía la única entrañable caricia en aquel mundo. Y en eso estaba
cuando uno de aquellos empleados se me acercó.
—¿Busca usted algo?
—Una bolsa —contesté con desgana.
—Está allí, junto al camión de la basura. La vio el jardinero y pensó…
que alguien la reclamaría…
Tardé un poco en reaccionar. La sangre volvía a mi cuerpo. Las células
parecían querer vivir. Mis ojos enrojecidos se dirigieron hacia donde el hombre
me señalaba y sí allí estaba. Allí mi sueño, allí mi vida, allí mi tesoro, allí
mi posesión, allí mi tranquilidad, allí mis noches calientes, allí la paz y
seguridad de mi hogar…
Cogí la bolsa, la abrí y contemplé mi saco, abrazándome luego a él, llenándolo
de besos y entonces me cubrí con él como un manto real y volví a sonreír y a ser
feliz.
Y colorín colorado este sueño se ha acabado.
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